Cuando uno es consciente de que la vida es un continuo proceso de aprendizaje ciertamente resulta poco estimulante dedicar parte de tu tiempo a narrar las peripecias de un personaje tan poco aleccionador como Pablo Iglesias. Sin embargo, por influjo de un padre de modales castrenses, pronto comprendí que en no pocas ocasiones, en aras de un bien mayor que el exclusivo beneficio personal, es necesario anteponer la obligación a la devoción, sabiendo que todo esfuerzo derivado de tal premisa se ve finalmente recompensado por la satisfacción del deber cumplido

Lo primero que cabría decir en relación a este peripatético bufón en que se ha convertido P. Iglesias es que, al ser educado por un padre terrorista en esa ideología nacida del odio a la libertad y a la prosperidad individual que es el comunismo, ya desde su más tierna infancia se vio inmerso en un ambiente gobernado por el rencor y la vileza, cualidades ambas que, a la postre, han venido a caracterizar toda su andadura política.

Así, lejos de que su paso por la Facultad de Ciencias Políticas le permitiera dejar de ver el árbol para empezar a ver el bosque, P. Iglesias no ha dudado en ningún momento en declararse un acérrimo comunista, a pesar de que, como demuestra la historia, dicha ideología, dado su carácter totalitario en lo político y su marcada ineficacia en lo económico, solo ha llevado opresión y miseria allí donde ha triunfado. De hecho, P. Iglesias ha confesado en numerosas ocasiones que su referente político no es otro que el dictador bolivariano Hugo Chávez, el cual, una vez en el poder, procedió a desnaturalizar de forma inmisericorde la democracia venezolana hasta convertirla en una narcodictadura genocida, en la que la población sobrevive sometida y empobrecida, eso sí, de forma absolutamente igualitaria. Nada de esto puede resultar sorprendente ya que, como decía Leonardo da Vinci, “La práctica debe ser edificada sobre la buena teoría”, afirmación ésta que viene a corroborar que los pésimos resultados prácticos obtenidos por el comunismo a lo largo de su recorrido no son más que la confirmación de que es una execrable teoría.

Ajeno a todo tipo de consideraciones tanto racionales como empíricas y tan solo impulsado por sus delirios mesiánicos, lo único que P. Iglesias persigue con ahínco es desestabilizar el régimen actual y así propiciar la instauración de una república populista, en la que él sería, por supuesto, el líder supremo. Para que ello sea factible es condición “sine qua non” la existencia de un clima de crispación social suficientemente elevado como para polarizar, dividir y enfrentar a la sociedad española.

Así, su estrategia pasa por un intento de deslegitimar las instituciones que son la base de nuestro modelo de convivencia, razón por la cual son continuos sus ataques a la Corona, cúspide de nuestro sistema constitucional, a la Judicatura, responsable del imperio de la ley y dique de contención del poder de político, a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, garantes del orden público, a la vez que cuestiona la propiedad privada, como demuestra su inequívoco apoyo a la ocupación delictiva de inmuebles, con la evidente intención de fomentar la inseguridad ciudadana y aumentar el caos.

A su vez, con un argumentario truculento que coloca a todo el espectro de la derecha política en el origen de todos los males de la sociedad y una oratoria permanentemente incendiaria, pretende exacerbar todo tipo de demandas sociales, para así elevar el tono de la protesta hasta llevarla al paroxismo callejero. En este patrón de conducta encaja a la perfección su intento de captación de muy diferentes colectivos de carácter identitario, los cuales muchas veces no solo no tienen nada en común, sino que incluso tiene intereses contrapuestos -como por ejemplo ocurre con movimientos tan dispares ideológicamente como el movimiento feminista, el movimiento queer y el movimiento migratorio islamista-, a pesar de lo cual se aglutinan en torno a la existencia de un ficticio enemigo común.

Además, por si la razón no estuviera suficientemente atropellada, todo ello va acompañado por un programa económico marcadamente intervencionista, a pesar de su demostrada ineficacia en términos de creación de riqueza y puestos de trabajo. En este sentido, entre otras lindezas, nos encontramos con su promesa de crear un banco público, demostrando con ello que no ha aprendido nada de la debacle de las Cajas de Ahorro que casi llevan al país a la quiebra, su política fiscal de carácter confiscatorio, que lo único que consigue es la fuga de capitales y la ausencia de inversión extranjera y su intento de crear “in aeternum” un sistema de subsidios para, de esta forma, conseguir una red clientelar de voto cautivo.

Finalmente, para completar el desaguisado e impulsado por un afán dictatorial que no parece tener límites, se ha mostrado partidario del establecimiento de un monopolio educativo de carácter público con la finalidad de poder adoctrinar a la población ya desde la escuela, así como de la supresión de los medios de comunicación privados con la intención de limitar la libertad de expresión y controlar el flujo informativo

En definitiva, P. Iglesias y su programa de gobierno son la genuina representación del pensamiento totalitario llevado a su máxima expresión. Sin embargo, sin renunciar a su ADN comunista, este malabarista del engaño no ha dudado en declararse, cuando la ocasión así lo requería, firme defensor de la democracia, lo cual no deja de ser paradójico, debido esencialmente a que ambas formas de gobernanza son antitéticas.

Pero la paradoja se desvanece cuando acudiendo a la hemeroteca, auténtico látigo de falsarios, hallamos la finalidad de tal contradicción conceptual, que no es otra que la de camuflar sus oscuras intenciones. Así, en unas jornadas de una agrupación comunista, P. Iglesias decía: “La palabra democracia mola, por lo tanto, habrá que disputársela al enemigo cuando hagamos política. La palabra dictadura no mola ni aunque sea dictadura del proletariado. No mola nada. No hay manera de vender eso ni aunque podamos teorizar que la dictadura del proletariado es la máxima expresión de la democracia” y no sigo con la cita por no extenderme demasiado y porque con lo expuesto queda suficientemente demostrado que la hipocresía del sujeto es casi infinita.

Sin embargo, la demagogia populista de P. Iglesias no se ha visto recompensada con el éxito, ya que si bien, a rebufo del movimiento 15-M, en las elecciones generales de 2015 Podemos obtuvo unos resultados que pueden considerarse decorosos para un partido de reciente creación, desde entonces no ha hecho otra cosa que perder votantes. En esta pérdida de masa electoral influyen muy diversos factores, entre los que cabe destacar: 1)la transformación del partido en un cortijo de P. Iglesias después de las purgas internas que llevaron a su división en la mayor parte de la geografía española, 2)la incoherencia demostrada por P. Iglesias al contravenir todas sus promesas, para convertirse en un miembro más de lo que él mismo denominó casta política, 3)los múltiples casos de corrupción en los que está inmerso tanto el partido como una buena parte de sus dirigentes y, por supuesto, 4)unas enloquecidas propuestas, que no han hecho otra cosa que ahuyentar a todos aquellos que tan solo votaron desde la indignación por la corrupción bipartidista, para después ver traicionadas sus expectativas regeneradoras.

En conclusión, parece evidente que P. Iglesias ha tenido mucho que ver en el declinar de la formación morada, a pesar de lo cual, demostrando una absoluta incapacidad de autocrítica, así como una arrogancia sin límites, se nos presenta a las elecciones de la Comunidad de Madrid, con la vanidosa creencia de que su sola participación servirá para revitalizar a la ultraizquierda y situarla en la senda del éxito. Sin embargo, con ello no ha hecho otra cosa que demostrar que, incapaz de asumir responsabilidades que comporten esfuerzo alguno, es tan solo un activista asambleario, un agitador de maleantes y, en definitiva, un mamarracho solo apto para balbucear disparates en garitos de mala muerte. Afortunadamente, en un Madrid permanentemente acosado por el socialcomunismo, comienzan ya a escucharse los tambores de guerra que presagian el ocaso de tan despreciable personaje.