Esto se ha ido de las manos, estimados lectores, esto se acaba, como la inocencia, como el estado del bienestar o como los rostros que ahora nos prohíben saludar y nos impiden ver sonreír. Digámoslo de una vez: media España se abstiene, y no sólo en política. Pero una vez transcurridas las elecciones catalanas, la abstención ya no es suficiente, porque tras hallarnos instalados en el tinglado benaventino de la antigua farsa, es necesario dar un paso adelante para acabar con los actores, la escenografía y el teatro.

 

El último y supuesto triunfo de los políticos de la casta (recordemos que los resultados son provisionales) nos produce la risa nerviosa o la vergüenza ajena, porque teniendo todas las instituciones y todos los medios informativos a su favor sólo han triunfado sobre menos de la mitad de los españoles. La otra mitad parece mostrarse irreductible, escéptica, incluso rebelde a su manera.

 

Esta mitad renuente no cree en los frentepopulistas ni en sus colaboradores porque comprende que todos ellos son una gran mentira. Envuelta en un silencio que, por propia supervivencia, alguna vez tendrá que romper, constituye una mitad ciudadana consciente de haber sido dopada de manipulación, educada artificialmente en las bondades del marxismo cultural y del globalismo capitalista. En ella están los damnificados de Soros y de sus sicarios Sánchez e Iglesias, de los informadores que desinforman, de los conspiradores víricos.

 

Es una mitad víctima de las leyes de género y de memoria histórica; de las televisiones del mangoneo, de la berza y de las mariconas redichas; de las mafias feministas y rosas, de los intelectuales angloaburridos y ateos, de los actores de carné y de los raperos de armonías incendiarias. Son los dañados por la industria farmacéutica y la ciencia luciferina, por la charanga inmigrante, delictiva y sin oficio, por el impudor de los cadáveres residenciales y sin honras fúnebres. 

 

Por todo ello, porque han transformado a España en una mafia con padrinos y víctimas a la más pura esencia siciliano-bolchevique, la pseudovictoria electoral del PSOE en Cataluña, antidemocrática, además de irracional, no blanqueará nunca sus delitos, engaños y traiciones. Esta irreal victoria renueva la situación fraudulenta para continuar impidiendo la libertad del Estado y del individuo, y se fundamenta en la corrupción múltiple y en la hegemonía propagandística. Y va a ahondar, sin duda, en la ya muy profunda crisis moral y material en que se halla sumida la sociedad española.

 

Conseguir la mayoría de votos, si ya para un gobierno democrático es razón necesaria pero insuficiente, qué decir para un gobierno frentepopulista que se halla en las antípodas de la legalidad, de la legitimidad y de la ética. El que la fuerza política del socialismo, añadida a la del resto de frentepopulistas, tenga en sus manos el usufructo del poder estatal no les dota de ninguna razón, salvo la del dominio conseguido con trampas y abyecciones de todo tipo.

 

Cuando -tras asaltar previamente las instituciones para manejarlas sectariamente, bajo intereses personales y de partido- la cantidad de votos, que además se halla bajo sospecha, es la única razón de gobierno y pretende imponerse sobre una mayoría opuesta (abstención y VOX) se está llevando a cabo una actuación represiva desde el Estado partidocrático, algo que supone un riesgo extremo de fractura social.

 

Esto, tan sencillo de comprender, tiene su viciado origen en los fundamentos doctrinales de la separación de poderes y en la supremacía informativa debida a la compra -con dinero público- de la cultura y de la propaganda. Pero contra este gigantesco fraude, contra este descarado secuestro de las instituciones y de la voluntad popular por parte de la casta frentepopulista y de sus cómplices y amos, puede oponerse la convicción de que por poderosa que sea la voluntad de uno, o de muchos, dado que son meras voluntades no se les debe obediencia ni respeto. Mucho menos cuando quienes nos gobiernan y confinan carecen de respetabilidad, patriotismo y decoro.

 

En nuestra sociedad existe una parte de españoles hastiados, pero cerca de las cuatro quintas partes de la nación aceptarían sin escrúpulos un cambio radical de gobierno si éste se produjera legalmente de la noche a la mañana, aun siendo incapaces de rebelarse si no se restablece. Y ello es así porque, al parecer, los múltiples fracasos acaecidos durante las décadas de la transición no han servido aún para despertar y sacudir activamente la conciencia de los españoles.

 

Ya nadie cree en nada, salvo en su mascarilla. Excepto aquellos espíritus más libres o inteligentes, a la mayoría social, perfilada como abstención, aún no se le ha revelado la dura verdad. Sus ojos son incapaces de distinguir la realidad en todo su descarnado dramatismo. No ven que España está empobrecida, gracias a su inmensa deuda; no ven que España está enferma, por mor de su casta partidocrática corrupta.

 

Y entre esos espíritus libres sólo unos pocos y desunidos pensadores, movidos por la buena voluntad y las más aseadas intenciones se afanan en analizar la situación. Una situación que, precisamente por su claridad, no necesita acopiar más análisis ni esclarecimientos, sino proyectos y soluciones. Ante la evidencia de que la patria se halla en una mísera situación, lo consecuente es pensar que ya no se necesitan más analistas en las escandalizadas tertulias, sino planificadores y creadores que sepan dar con la tecla oportuna, abierta a la esperanza.

 

A día de hoy, España es mayoritariamente un pueblo inerte y débil. Y si un pueblo fuerte no necesita hombres fuertes, un pueblo débil sí que los necesita para ponerse en movimiento. Conociendo la terrible crisis por la que atraviesa la nación, y habiendo profundizado suficientemente en las causas, lo que se precisa en esta hora es dedicar nuestros esfuerzos a arbitrar con sensatez los medios necesarios para sacar al país del trance, activando en el empeño a la masa abstencionista.

 

Cómo inmovilizar al Mal y dejarlo en evidencia; cómo revertir la degradación de las instituciones y restituirles la dignidad. Y cómo conseguir una educación que se plantee la reforma de los individuos como medio para reformar la sociedad, adoctrinada durante décadas por la barbarie material y espiritual.

 

VOX es el partido de la esperanza para los españoles libres. Y para justificar el acierto de esa confianza, debe mostrar sobre todo cualidades de administrador y dos sentimientos nuevos, inexistentes entre los políticos de la casta partidocrática: patriotismo y sentido de la razón de Estado. Así podrá irrumpir en el limbo de la abstención y atraer a sus silenciosos componentes hacia su causa, que, en esta hora, debiera ser la de todos los españoles libres.