Ha llegado el momento, es la hora de los valientes. Basta ya de indiferencia, indolencia, permisividad, apatía y cobardía. Basta ya de disfraces ridículos de patriotas aborregados entregados y rendidos ante la execrable y deleznable cultura de la posverdad, verdadera mentira encubridora de falsos y sectarios propósitos. Basta ya de utilizar ridículas muletas y capotes para engañarnos huyendo de la notoria gravedad de los acontecimientos trágicos, dramáticos y lamentables que presentan los nuevos y falsos relatos que se nos quieren imponer, a fuerza de ley e intimidación, a nuestro pueblo. Basta ya de escondernos cobardemente detrás de burladeros para evitar el perverso envite del gobierno frentepopulista que nos desgobierna y maltrata. Nuestra Patria –con mayúscula- está siendo mancillada, ultrajada y vejada de manera in misericorde, sin decoro ni vergüenza alguna. Sencillamente, España está en gravísimo peligro. Y parece que no nos damos cuenta de lo que está sucediendo en nuestra amada tierra, con nuestra rica y excelsa historia y, para mayor deshonra, con aquellos cuyas memorias están siendo profanadas. Basta ya.

Hay que apretar los dientes, ser decididos, coherentes con nuestros valores, tradiciones y costumbres tantas veces cacareadas en discursos tan pueriles como intrascendentes. No debemos callar, debemos actuar y hablar fuerte y claro, El silencio de los corderos –verdadero rebaño de ovejas pastoreadas por la cultura imperante-, beneficia a los oscuros y sectarios propósitos social-comunistas. Acción, presencia y respuesta es lo que se debe de hacer. Hay que cerrar filas, olvidar estériles diferencias y divisiones cainitas entre los que amamos a nuestra Patria –con mayúscula-. Es la hora de los enanos, de los acomplejados y los tibios es la hora de demostrar aquello que decimos que somos. Somos lo que hacemos, no lo que decimos de manera meliflua y grandilocuente, con adorno innecesario e inútil efectividad. Tenemos una deuda impagable con aquellos que, inspirados en amor, no dudaron en entregar sus vidas al servicio de una empresa universal, España.

Malos presagios y peores augurios se ciernen inexorablemente sobre nosotros. La tiniebla y la oscuridad da paso a una larga noche de los tiempos si no somos capaces de, con brío, arrojo y decisión, hincar la rodilla en tierra y hacer frente a la encarnizada acometida, impía y despiadada, por parte de los acólitos del marxismo, del ateísmo más ofensivo que alcance a recordar y la cómplice partidocracia, bien aposentada en su poltrona que, de manera sonrojante y desvergonzada, asiste impasible a la demolición de nuestra Patria. Abandonad toda esperanza de salvación que venga de la mano de los tradicionales partidos, más interesados en espurios beneficios individuales y partidistas, que de trabajar por el común de los españoles.

Como decía José Antonio Primo de Rivera, “la vida no merece la pena vivirla si no es al servicio de una empresa universal”. Así pues, la vida es servicio, militancia, activismo, entrega en acendrado espíritu de sacrificio y trabajo. No se puede admitir, ni tan siquiera consentir, tanto expolio y latrocinio insultante e inmoral. No podemos ser meros espectadores pasivos, sin voz, ante tamaña afrenta. Ha comenzado el combate por España.

Durante  estos días conmemoramos fechas inolvidables para todo patriota que se precie de serlo. El patriotismo de salón y sillón no sirve para nada, quizá para purificar las falsas conciencias adormecidas, embobadas y anonadadas. No sirve el que se nos llene la boca invocando el nombre de España, alardeando obscenamente de lo que no somos ni demostramos, pretendiendo engañarnos a nosotros mismos. Acción es  pues la única respuesta ante tanta barbarie alocada y encolerizada contra todo lo que representa la esencia de nuestra Patria –con mayúscula-.

Es tiempo de homenajear a nuestro caídos por Dios y por España, es la hora de conmemorar , con lealtad y honorabilidad, a los que nos precedieron en la lucha en defensa de tan elevados ideales, es el tiempo del  emocionado recuerdo, sincero y honesto, merecido e imborrable, para quienes rendimos tributo y reconocimiento eterno. Por supuesto, faltaría más, las celebraciones son necesarias, y todo me parece poco, casi nada. Pero la mejor manera de hacerlo es ponerlo en práctica todos los días del año, en nuestra familia, en nuestros círculos sociales, en nuestro trabajo, en definitiva, en todas las esferas y dimensiones de nuestras vidas. De nada sirven los himnos de ocasión, los cánticos circunstanciales, o las oraciones proclamadas en estas memorables y emocionantes jornadas de exaltación patriótica, si luego, con vergüenza y disimulo, nos ausentamos de nuestro quehacer diario en el apostolado de nuestros valores universales.

Se avecina la lucha, la persecución, la represión, la intimidación y la censura. Hay que dar la cara, hacer frente al desafío, debemos estar prestos y dispuestos al canalla envite de, quienes sedientos de odio y rencor, harán lo posible por silenciarnos y avasallarnos con renovado ánimo de venganza y revancha. Les aseguro que no será fácil, pero he ahí la virtud y la cualidad  de nuestro empeño. En definitiva, nuestra existencia pone a prueba nuestra esencia y, ésta, debe tener como efecto o consecuencia nuestra  desigual lucha. Digo bien, lucha, pues no se puede esperar otra cosa a la luz de lo vivido y sufrido.

A todos, sin exclusión de ningún tipo, nos corresponde la gratísima tarea de mantener enarbolada la bandera del honor, la dignidad y la honra de nuestros ancestros, de nuestros caídos y de nuestros altísimos valores espirituales tantas veces exhibidos, pero en pocas ocasiones defendidos. Es una ardua y difícil tarea, pero merece todo nuestro empeño, empuje y dedicación. Estamos obligados a perpetuar nuestro legado a través de las generaciones jóvenes y venideras. Hay que transmitir a nuestros hijos la rica herencia recibida de los que nos precedieron. Solamente nosotros, no otros, podemos plantar cara al desalmado –nunca mejor dicho- desafío de los enemigos de nuestra Patria –con mayúscula- y sus cómplices testigos.

El tiempo de la lírica ha pasado, aunque siga siendo necesaria como bálsamo y consuelo, también los discursos cargados de adornos y palabras deslumbrantes y huecas han pasado, el postureo político, tan gazmoño como modosito, ha caducado Ya no sirven los pellizquitos de monja para afrontar la pelea. No es un llamamiento al enfrentamiento, es una llamada que, a forma de retreta, pretende que seamos firmes en nuestras posiciones. Nuestro mensaje, como dejaba claro José Antonio en su testamento, no plantea el odio y el rencor, más al contrario, nos invita al amor, a la generosidad y a la entrega servicial renunciando a lo individual. Estimados lectores el combate por España ya comenzó. ¡¡¡ESPAÑA!!! ¡¡¡DESPIERTA!!!.