Hace dos años acudí a una comisaría de policía para inquirir sobre una cuestión. El policía que me atendió fue profesional, y me satisfizo su respuesta. Nuestra breve conversación se mantuvo con su mirada perdida, lejos de la mía. A juzgar por la expresión de su cara, diría que se encontraba triste y cansado, tal vez sólo lo primero, combinado con desánimo o decepción.

Cómo no lucir esos rasgos en el semblante si tantos hombres jóvenes e idealistas entran en el Cuerpo deseando servir y proteger, y esos mismos a los que con buena intención y voluntad tratan de ayudar (los ciudadanos), con frecuencia les desprecian e infravaloran, el gobierno al que obedecen les denigra y pone en peligro, y en ocasiones sus jefes abusan de su poder maltratándoles. Tantos uniformados españoles son golpeados a diario por los cuatro costados.

Deseé contar a ese policía que yo sí soy consciente de todo ello, que cada vez que veo un uniforme, vehículo policial o comisaría, pienso en las circunstancias de su profesión. Que conozco su tasa de suicidio, y los años de dolor acumulado, corroyendo las entrañas, que suelen preceder al gatillo. Que me doy cuenta de que a diario él contempla el producto social de la estupidez, ignorancia y crueldad humanas, una sociedad abocada al caos, la disfunción y la falta de progreso a causa de políticos incompetentes, ladrones, abusadores y psicópatas, centrados en alimentar su ego, su cartera, su sadismo y sus rencillas personales utilizando a una Nación, aniquilándola, vendiéndola.

Quise hacer partícipe a ese policía de que conozco el estrés diario que supone su labor, el hecho de que tantos de ellos viven traumatizados porque su cotidianidad consiste en estar cerca de asesinatos, violaciones, ahogamientos, droga, pederastia, heridos y quemados… Que entiendo el querer defender, ayudar, y tener las manos atadas por la propia ley. La desesperación, frustración, y la pérdida de idealismo e iniciativa que ello genera en los agentes y guardias civiles a medio plazo.

Comprendo el dolor de ver a sus compañeros cruzar el punto de no retorno y quitarse la vida, y tener que experimentar esa permanente situación de pérdida y violencia en silencio: dentro de los Cuerpos de Seguridad continúa presente, aunque afortunadamente cada vez menos, la intransigencia hacia la expresión verbal del sufrimiento emocional, por considerarlo signo de debilidad o falta de hombría. Lo que en realidad supone el silencio, es que la aflicción y el tormento se enquistan, matan en vida a la persona, la deshumanizan; así llega el día en que continuar viviendo roto por dentro, bloqueado emocionalmente, sólo por inercia como una máquina, no tiene sentido.

Los políticos y altos mandos de los Cuerpos conocen esa situación mejor que nadie, los segundos miran el rostro de sus hombres al regresar de cada misión, asalto o aviso, y a tantos no importa las heridas internas que ven comenzando a generarse. CNP y Guardia Civil llevan años luchando por la implantación de un protocolo antisuicidios: aunque es cierto que ha podido disuadirse a algún suicida, es difícil solucionar un problema cuando ha tocado fondo, cuando la oscuridad es ubicua y dejar de respirar es lo único deseable. Los problemas suelen poder solucionarse cuando están comenzando, es decir, cuando el agente regresa y se le permite expresar en voz alta no me encuentro bien. El problema de suicidios en los Cuerpos de Seguridad también podría ayudar a reducirse colocando a un competente psicólogo o psiquiatra, 24 horas al día, 365 días al año, en cada comisaría, comandancia y base militar española, en casa y el extranjero. Pero para lo importante en España nunca hay recursos; para despilfarrar en gastos superfluos y privados de políticos y altos cargos (prostitutas, banquetes, coches, viajes, droga, etc.), siempre hay millones disponibles.

Me pregunto cuál sería la reacción social y de los sobornados medios de comunicación si un ministro se suicidase: tendríamos especiales de salud mental durante un mes en cada canal y periódico. Los suicidios de guardias civiles, policías y personal de las Fuerzas Armadas, aún no han abierto el telediario un solo día. Tal vez se deba a que existen muertos de primera y de segunda categoría, o que nos hemos acostumbrado a perderles.

Los Cuerpos de Seguridad parecen un personaje más en el teatro de títeres: se utiliza astutamente un discurso de patriotismo, entrega, protección y defensa para atraerles. Les adiestran, les arman… para después los políticos cada día reprimirles, no permitiendo que vivan esos valores, y evitando que hagan su trabajo: muchos agentes no llegan a disparar una vez en toda su vida profesional porque existen bastantes posibilidades de que, si lo hacen, acaben en la cárcel, como poco destruyendo su carrera y enfrentándose a sanciones y multas importantes.

En España la ley existe para defender al infractor, no sale a cuenta proteger la vida propia ni la de otro ciudadano, si uno es policía: un ilegal entra en propiedad privada con una motosierra en la mano, y es el anciano que se defiende quien va a la cárcel. Parece mejor opción dejar que a uno le maten, y que luego se decreten tres días de luto en el ayuntamiento correspondiente, con el político-actor acudiendo a aplaudir y fotografiarse, a mostrar solidaridad.

Los guardias civiles enviados a la frontera de Ceuta y Melilla, son agredidos con barbarismo por invasores moros y subsaharianos, y el gobierno les sanciona si hacen algo excepto aguantar que les aplasten las costillas a pedradas. Cómo no va a haber un suicidio cada veintiséis días en la Guardia Civil…

En Vascongadas los policías en casa han de colgar el uniforme para secar dentro de casa, nunca en el tendedero del patio de vecinos, para que nadie descubra su profesión, porque defender la Constitución y ofrecer seguridad, en esa zona de España hace peligrar la vida de la familia entera del agente. Mientras, etarras se sientan en el gobierno.

Dicho gobierno permite homenajes a terroristas, y cuando familia y amigos de víctimas del terrorismo demuestran más coraje y agallas que el consejo de ministros completo, colocándose físicamente frente a los asesinos para recordarles que lo son, portando una bandera de España, ese gobierno envía a la Policía para proteger a los etarras, que son sus propios asesinos.

Durante el golpe de Estado en Cataluña en octubre de 2019, Iván Álvarez, de 42 años, miembro de la Unidad de Intervención Policial, fue atacado por violentos independistas con una piedra de tal forma, que el parte médico que se le realizó tras semanas en el hospital concluyó: “imposibilitado totalmente para desempeñar las funciones propias de la Policía Nacional e inhabilitado por completo para toda profesión u oficio” (fuente: El independiente, 10/10/2021). Según dicho artículo, los cascos que los antidisturbios llevan, están hechos para soportar impactos de cinco kilos de peso cayendo desde dos metros y medio. Pese a llevar uno de esos cascos, el agente Álvarez sufrió una fractura del hueso occipital. Contamos con cámaras incluso en la puerta de urinarios, pero no sabemos quién intentó asesinar a un agente de la ley. La pensión de invalidez no debería salir de las arcas del Estado (de todos los españoles), sino del bolsillo del monstruo que lanzó la piedra.

Pese a la incapacidad permanente absoluta con la que ha quedado Iván Álvarez con poco más de 40 años, la compañía aseguradora (Axa) con la que su sindicato UFP (Unión Federal de Policía) trabajaba, le ofrece 9000 de los 60.000 € que le corresponde como indemnización por accidente. El agente defensor de la Constitución en Cataluña, a quien han robado veinte años de vida, lleva más de un año luchando con sus abogados para recibir lo que por ley le corresponde, dado que tanto la aseguradora como el sindicato, se lavan las manos y le ignoran. Quince años en la calle como agente de policía, trece como antidisturbios, incapacitado para realizar cualquier labor profesional de por vida, y ése es el trato que recibe. Mientras, un inmigrante ilegal, o legal sin oficio ni beneficio, recibe el subsidio completo y sin trabas.

El último avance del gobierno social-comunista español hacia la destrucción del orden, la convivencia y el progreso, hacia la vejación de los Cuerpos de Seguridad, consiste en entregarlos en bandeja a los asesinos, violentos, y gentuza varia, mediante la reforma de la Ley de Seguridad Ciudadana, la cual reduce el de por sí limitado material de trabajo de los antidisturbios, permite la difusión de imágenes de los agentes (pero ellos no pueden grabar a los infractores), elimina la presunción de veracidad de los uniformados (¿es más creíble un terrorista callejero que un agente de la ley?), y favorece el comportamiento delictivo entre la clase económica baja, dado que la cuantía de la multa depende los ingresos del destructor. Es decir, si trabajas y pagas impuestos, no compensa infringir la ley, mientras que si vives de subsidios, de dar pena, de ser minoría, adelante, sale casi gratis: comes a diario gracias a los impuestos que esos policías pagan, y también puedes agredirles.

Mucha moral y automotivación ha de poseer un español para tratar cada día de hacer el Bien y llevar una vida recta y de provecho, dado que el gobierno izquierdista sólo alimenta lo contrario.

Pensaba sobre todos estos asuntos, el basurero moral en que está convertida España, mientras conversaba con aquel agente de policía hace dos años. Deseé atravesar el cristal, abrazarle, decirle que su vida me importa: su cuerpo, su mente y sus emociones, que conozco el calvario que atraviesa a diario. Ansié que nuestros ojos verdes se encontrasen, para ofrecerle un instante de calidez. Hoy me gustaría decirle que sigo pensando en él, que no he podido olvidarle.