La Iglesia es fuerte, porque está construida por hombres que han elegido sufrir por ella, pero como toda institución administrada por seres humanos está expuesta a debatirse en el error, a hundirse en las profundidades de la corrupción. Dicho lo anterior, es obvio que los principios o valores fundamentales tendrían muy difícil su supervivencia sin el apoyo de la Iglesia y sin tener en consideración las raíces cristiano-humanistas.

Uno de los peligros de la modernidad, exacerbado ahora por culpa del globalismo, consiste en creer que los rasgos esenciales del cristianismo, que han conformado la conciencia y las leyes del hombre occidental, pueden sobrevivir por sí mismos, enterrando al Crucificado y a sus enseñanzas y sacrificios. Algo ilusorio, pues es precisamente la experiencia de Cristo quien los vivifica.

Pensar o afirmar que los valores fundamentales del humanismo: la verdad -natural y revelada-, la belleza y la justicia, así como la libertad, la abnegación y la igualdad de base, pueden vivir al solo amparo del capital-comunismo es llevar a los pueblos al engaño, primero, y a la esclavitud, después, ya que las oligarquías, sean plutocráticas o marxistas, se hallan en las antípodas de tales valores. La función primordial de dichas oligarquías no es la preocupación por el alma del ser humano, sino su depredación material y espiritual. Ambas oligarquías están dedicadas a enriquecerse a costa de falsificar la Historia y humillar al hombre, su protagonista.

De ahí que el tremendo error de la Iglesia contemporánea haya consistido en abandonar su autoridad y cultura milenarias y acercarse al mundo moderno con la incauta o interesada pretensión de hacerse más aceptable a sus tradicionales enemigos, dejándose atrapar en sus redes y acabando por asimilar sus agendas y relatos. Con ello ha introducido en su seno y en el de la feligresía un germen de racionalismo que, aparte de amenazar la unidad eclesial, ha confundido las creencias de sus devotos, quebrando sus conciencias personales. Lo cual nos lleva a subrayar la necesidad de mantener dicha unidad en torno a la obediencia y la fidelidad al magisterio.

Porque es necesario insistir en el desconcierto moral de los católicos -y del resto de la ciudadanía-, para superarlo. Enfrentarse, por ejemplo, a la trampa del aborto y de la sexualidad desnaturalizada, aberraciones que tratan de sustentarse en nombre de unos falsarios derechos de la mujer o de la infancia. La institución eclesiástica no puede mostrarse incapaz de oponerse a la sensatez extraviada de unas oligarquías que pretenden construir un nuevo mundo sin fe y sin libertad, ajeno al albedrío del ser humano. Al contrario, debe defender su prestigio, mostrándose competente para adentrarse en la problemática de los individuos y de las sociedades coetáneas.

El pensamiento occidental debe ser advertido del riesgo que corre una sociedad sin religiosidad. No se puede excluir a Dios de nuestras vidas, y tampoco de la vida pública, como juez que es de los acontecimientos y supremo garante contra los abusos de poder. Si el hombre se cercena su religiosidad no es más que miseria. En oposición al socialismo, al mercado capitalista, a la democracia partidocrática, a la modernidad, a la nueva ilustración y al colectivismo emancipador, que pretenden secularizar lo religioso y devolver al ser humano su autonomía, ofreciéndole falsariamente su liberación, la Iglesia debe ocupar el vacío que dejan todas esas utopías -felonías- laicas.

Todas ellas, con el marxismo a la cabeza, pretenden abrogar la religión para constituirse a sí mismas como la única religión. En estos momentos de desconcierto, debilidad o indiferencia de las sociedades occidentales, existe un amplio vacío moral y espiritual que es necesario llenar. La Iglesia parece haberse olvidado de Dios, que es el gran juez y el supremo garante de la dignidad humana, y de que ella es su instrumento en la tierra; el vehículo imprescindible para sostener los valores del humanismo cristiano.

La autonomía de la conciencia (previa amputación de la religiosidad), la divinización de la ciencia, y la emancipación de toda tutela religiosa, que son caminos que conducen al totalitarismo comunista y a la insolidaridad capitalista, son aspectos que ambas ideologías tratan de imponer en las sociedades actuales, y la Iglesia debería tener algo que decir.

Como los amos quieren un ser humano áptero, romo de espiritualidad, les perturba la extraña desesperanza que a veces invade los corazones respecto de esta vida y el énfasis que algunos ponen en la próxima. Piensan que convivir con la idea de la eternidad es limitar la capacidad materialista y ampliar el pensamiento crítico, y eso -dicen- es hacer al hombre infeliz en su vida cotidiana. Sin embargo, vivir aquí las cosas de la tierra abducidos por el pensamiento único, como ellos quieren que la sociedad las viva, es un sometimiento, una derrota, un fracaso del vuelo que debemos al espíritu, al albedrío. Uno se somete, si les sigue.

En nuestros días nos venimos desayunando con incontables abusos oligárquicos y con sus consecuentes escándalos. Los males que afectan a las instituciones, en todos los grados de la jerarquía, debieran ser muy conocidos, pero al parecer sólo lo son entre la masa crítica, no entre el común, que no parece escandalizarse, tal vez porque, aunque ininterrumpidamente denunciados, las denuncias parten de unos pocos escritores y periodistas independientes.

Y en este asunto, para dotar de voz al silenciado, consolar al afligido y defender a los perseguidos por la justicia, una de las primeras instituciones implicadas debiera ser la Iglesia, desde la silla de san Pedro hasta la menor de las parroquias. El primer deber de los obispos es predicar, y hacerlo con el ejemplo, viviendo con sencillez, visitando sus diócesis y examinando con exigencia a los candidatos al sacerdocio. En cuanto a los fieles y al resto de la ciudadanía, fomentarles la religiosidad congénita en todo ser humano.

Donde el mundo asienta el pabellón de la soberbia y del poder, Cristo fija la bandera del sacrificio y de la humildad. Un hecho conmovedor. Y el hombre, más que rendirse ante la evidencia de los hechos, lo hace ante la admiración que le producen. Lo inquietante y prodigioso cautiva su atención. Para entender la difusión de las religiones se ha acudido a analizar el impacto de lo desusado y misterioso. El milagro es esa renuncia de la inteligencia ante el desconcierto causado por un hecho. Frente a lo inusitado y arduo nuestra capacidad de comprensión aparece rebasada. El asombro obliga al hombre a aceptar que existen honduras adonde su inteligencia no tiene acceso y le muestra un camino distinto para adentrarse y comunicarse con los ocultos secretos del universo.

Cuando contemplamos algo inexplicable, que atenta contra el curso ordinario de la naturaleza, decimos que hay milagro. El milagro, como signo de algo divino, es la máxima garantía de una religión. Pero el destino de los seres humanos es expresar claramente lo que está oculto. Lo divino busca ser revelado por lo humano, a través de su innata religiosidad. Esa religiosidad y ese destino es lo que más temen los amos, por eso están obsesionados con amputárselos a la humanidad.

Y es en esta encrucijada donde la Iglesia deberá decantarse definitivamente: o luchar firmemente contra el deshumanizador globalismo o ser culpable de defección.