Es obvio que la vocación de la mayoría de los políticos es la de transformar cada solución en un problema. Entre ellos, nuestros gobernantes izquierdistas han pasado a la historia por destruir empleo y empobrecer al pueblo. Y todos se aferran al sueño insensato y malévolo de ganar tiempo para desde el poder seguir haciendo daño y enriqueciéndose. De suerte que van dejando correr el tiempo, aguantando a base de agitprop y golpes de efecto. Son recetas peligrosas, pero a ellos les va bien. Los que salimos perdiendo somos los que los sufrimos.

 

Los continuos ultrajes y la permanente propaganda de estos totalitarios, con la anuencia de sus cómplices, en vez de enardecer a la ciudadanía, han ablandado el talante del país, llenándolo de peligros intrincados y de bultos abducidos. Las asechanzas que padecemos, que no han surgido obviamente del azar, no han hallado enfrente la prudencia y firmeza de la justicia. Ni las leyes ni los magistrados que debían ejecutarlas han protegido a la verdad, a la libertad o a la vida. Y nos hemos acostumbrado a malvivir bajo las botas de los malhechores, que es humillante costumbre o dura obligación.

 

Ningún ser humano digno quiere deber su seguridad y su vida a la condescendencia o al capricho de los grandes señores del poder acogidos a los dictados de Satanás. Resulta humillante y cruel que hayamos llegado al punto en que puedan matarnos o permitirnos vivir a su antojo, que desde sus excentricidades ideológicas puedan decir: «Dejémosles la continuación de su vida en unas casas expropiadas; dejémosles el disfrute de unos bienes concedidos por nuestra magnificencia, porque nos sirven y acrecientan nuestras riquezas mediante su esclavitud».

 

Algunos, incluso, los más concienciados y críticos, llegan a confesarme: «Muchas veces me acuesto en mi casa imaginando que me traicionan y asesinan en la noche misma, y sólo pido a la fortuna que, en su caso, yo me comporte sin desfallecimiento». Y no puedo sino responderle que gran apuro supone encontrarse oprimido en el propio hogar y reposo doméstico. Porque hasta ese extremo hemos llegado en esta nueva guerra civil sin bombas ni fusiles; una guerra de terciopelo con garras ocultas, una guerra de revanchistas hipócritas y cobardes, de tramposos, de insidias, tan turbia y deleznable como los títulos que ostentan la mayoría de nuestros mandatarios, sus causantes.

 

Pero ¿qué es lo que ocurriría si fuéramos de verdad rebeldes y estuviéramos organizados? ¿Si estuviéramos decididos a romper este nudo rígido y opresor, esta sujeción civil con que los plutócratas-marxistas nos han aprisionado? ¿Si buscáramos, al fin, la libertad y la vida? ¿Qué pasaría si ya que ellos han destruido las leyes, nos lanzáramos nosotros a derribar sus murallas?

 

Donde la necesidad arrastra es obligado liberar la voluntad y encaminarla a la solución de los peligros. Los espíritus libres consideran como única opción el vivir por autoridad y derecho propios, más que por regalo o indulgencia. El hombre noble prefiere antes perder la vida que debérsela a un canalla, y huye de sometimientos u obligaciones deshonrosas. Nada encuentra tan caro como lo que se le da con ignominia; por el contrario, recibe con honor lo que ha logrado con su esfuerzo en una sociedad libre. 

 

De momento, ningún hombre de entre los buenos, quiero decir, de entre los que anhelan una sociedad y una patria libres, de entre los que defienden la propiedad privada, la justicia, la educación, la familia y la vida, veo emerger con potencia en defensa de las leyes y de este código de principios. Ni aun siendo numerosos los bravos que se resisten al atropello de los déspotas, encuentran el modo o tienen la capacidad de agruparse, dejando a un lado diferencias desdeñables, para combatir unidos contra el abuso y el terror de la bestia.

 

Pero es posible que como la olla está puesta en el fuego, y las llamas son cada vez más vivas, se esté cociendo el momento.