Cualquier jefe de Estado o de Gobierno, cualquier representante institucional que es capaz de poner su país en bandeja a los enemigos, no es digno de ese cargo. Más aún: es un traidor. Y en España se lleva consintiendo, aplaudiendo o votando a los traidores desde hace décadas. Algo que la sociedad española, en su mayoría, no considera ignominioso, ni siquiera grave. 

Acaba de decir Otegi, con mucha razón y mucha hispanofobia, y por enésima vez, que para que España sea roja, republicana y laica, anteriormente tendrá que estar rota. Y el Gobierno ha confirmado, por boca de una de sus componentes, que tiene un proyecto de país con ERC y Bildu. Con lo cual, hasta los ciegos de condición pueden entender que el frentepopulismo está implicado de hoz y coz, y a bola vista, en su segundo proyecto para destrozar a España, y ello de forma tan democrática como en la primera ocasión, es decir, aceptando las leyes cuando les benefician y quebrantando los códigos si les desacreditan o impiden sus objetivos.

 

Ergo, quienes sigan votando a estos chekistas o a sus cómplices de la derecha están absolutamente implicados en la destrucción de España, por mucho que cacareen tratando de irse por la tangente. Todos ellos, electores y elegidos de la casta política, están en el abyecto negocio de destruir a la patria, para su vergüenza y maldición. Y hay que añadir que esta tropa de sobornados y sobornables, de subsidiados y de tontos útiles ha venido muy bien a los amos del Sistema, que persiguen el mismo objetivo. Eso sí, tales amos no les perdonan letra, exigiéndoles rédito al salario que les pagan, pues los consideran meras hormigas a quienes echan migajas de cortesía.

 

Y porque los propios planificadores del globalismo saben que su Sistema es un fin en sí mismo, carente de salida y de dudoso futuro, no dejan de presionarlos, incluido el PP. Saben, además, que existe una crisis económico-social grave y larga, irresoluble, de consecuencias impredecibles o indeterminadas. En situaciones similares, los Estados clasistas, temerosos del derrumbe de los privilegios disfrutados por las oligarquías que protegen, se transforman directa y abiertamente en instrumentos de represión, aplastando cualquier atisbo crítico, sea este de inspiración política, social, sindical e incluso humanitaria y sanitaria.

 

Según dónde y cuándo, la estrategia del Poder para asegurar su supervivencia contra cualquier amenaza, encauza esa actividad represiva a través de alguno -o de todos- de sus cinco formidables pilares: el policíaco-militar, el religioso, el judicial, el económico y el mediático. Y por si esto no fuera suficiente, han conseguido, o están en ello, que la ciencia rompa definitivamente con la teología, pues la sensibilidad de los nuevos ideólogos se unifica con el simbolismo de Prometeo, que es a la vez su inspiración y su marco.

 

Porque estos pergeñadores de agendas no desconocen, aunque tratan de superarlo con su infatuada supremacía, aquello de «si quieres ver a Dios reírse cuéntale tus planes». Es obvio que no conseguirán implantar sus aberrantes proyectos, porque van contra el orden natural de las cosas, y contra la naturaleza acabarán estrellándose; pero eso no debe tranquilizarnos, pues el daño que harán a la humanidad hasta que sus demenciales planes revienten será largo y terrible.

 

En lo que nos afecta, y con mayor presencia cada vez, esos cinco formidables pilares a los que anteriormente me refería, ya hace tiempo que vienen funcionando para convencer al pueblo español de la bondad de un futuro sin nada digno y noble. Y ahí estamos, inmersos en una época de pesares y de repulsivas y viles prácticas impuestas por los supremacistas y sus esbirros. Una época triste para todas las gentes de bien que ven a su país ulcerado, amenazado de ruina. Pero convencidos de que, en este mundo en decadencia, acabarán surgiendo, más pronto que tarde, nuevas voces que reparen las injurias.

 

Quienes aman a España, desean acabar con su postración y aún poseen un cierto poder intelectual, ejecutivo o financiero, deben distinguir un orden de prioridades al servicio del empeño regenerador. Una de ellas es la omnipresente batalla histórica y cultural. Porque es primordial que las elites de la masa crítica se erijan en directoras de la conciencia pública. 

Poner el cascabel al gato consiste, hoy día, en lograr que ese pueblo ignorante, indiferente o alienado deje de estar en Babia, de modo que sea consciente, al fin, de quienes son sus enemigos, para repudiarlos, inhabilitarlos o encarcelarlos. Eso, o persistir en ese error suicida que consiste en dejar la propaganda y sus ecos en manos de los desleales y violentos.