Así se expresaba el presidente francés Macron hace no mucho, en sus propias palabras textuales. Dejando de lado si es un lenguaje público apropiado para el presidente de una gran nación, lo importante es que así dejaba claro que, para él, el enemigo verdadero es el pueblo francés. Está combatiendo una auténtica guerra contra sus propios ciudadanos; primero en el plano psicológico, con una campaña de propaganda sistemática que va mucho más allá de cualquier necesidad médica razonable, la supresión de voces disidentes y el fomento de un estado de miedo; luego con la imposición de limitaciones en la vida cotidiana cada vez más asfixiantes y la declarada voluntad de “joder” a ese gran número de franceses que hasta ahora se han negado a pasar por el aro.

Muchos otros gobiernos están haciendo lo mismo; pero además del francés hay otros tres descuellan en la clasificación mundial de villanos liberticidas: el australiano, el italiano con el banquero Mario Draghi al que nadie ha votado, el canadiense de Justin Trudeau.

Ahora que la narrativa oficial está haciendo aguas y que efectos adversos de las vacunas poco a poco salen a la luz, el afán casi enfermizo por vacunar a toda la población incluyendo a los niños, no es que resulte sospechoso sino que directamente apesta. Y el gobierno canadiense ha sido uno de los más activos en estas imposiciones a su población; hasta el punto de que precisamente allí ha nacido una revuelta, la mayor hasta la fecha y la más peligrosa para quienes manejan los hilos.

Porque estos hilos existen como naturalmente existen también los que manejan las marionetas. Estos últimos, los políticos-marioneta, son la cara visible de un sistema que se llena la boca con la representación democrática pero que empieza a romperse por las costuras cuando sectores cada vez más amplios de su pueblo soberano se niegan a pasar por el aro.

En realidad esas costuras nunca estuvieron demasiado ocultas a una mirada penetrante: cuando la propaganda y la guerra psicológica blanda ya no funcionan, los representantes del pueblo soberano ejercen esa representación con imposiciones liberticidas y con una guerra abierta contra los representados; en obediencia supina a quienes les dan las órdenes y no vemos en televisión.

La marioneta de Ottawa, hace no mucho tiempo, se planteaba si había que “aceptar en la sociedad” a los ciudadanos que se negaban a vacunarse. Un amago de edicto de proscripción contra ese creciente número de canadienses que han dicho “basta”; esas palabras, por el momento, tienen el sabor de una ironía pues el proscrito casi parece él, que salió corriendo de su capital para esconderse, ante la protesta organizada de los camioneros apoyados por gran parte de la población.

Su nerviosismo es tal que está amenazando con medidas que van de lo ridículo a lo draconiano: intervenir cuentas corrientes, suspender licencias a los camioneros para que no puedan circular, prohibir que se les lleve gasolina y suministros, prohibir tocar las bocinas en la ciudad.

El personaje Trudeau revela, en realidad, más de lo que él mismo querría sobre el Nuevo Orden Mundial, lo que hay detrás y el nexo que existe entre aspectos aparentemente separados.

Recordaremos que su gobierno fue pionero en imponer una legislación liberticida a favor de la ideología de género y las lobbies LGTB, llegando a las multas si no se usa el lenguaje políticamente correcto; por ejemplo si uno se niega a usar pronombres femeninos cuando se dirige a un maromo que, según él, es y se siente mujer.

Además de lo anterior, Trudeau ha hablado quizá demasiado cuando ha condenado a los camioneros y quienes apoyan la protesta como homófobos, misóginos, de extrema derecha, contrarios al progresismo…

¿Qué tiene que ver una protesta contra la tiranía sanitaria con todo eso? Entiendo que un pijoprogre urbanita como Trudeau, expresión de la degenerada y decadente sociedad occidental actual, no sienta sino desprecio por los rudos camioneros; entiendo que mire por encima de su hombro, por no decir su joroba espiritual, a los que seguramente ve como palurdos y que, en realidad, son los que en alguna medida se resisten a la degeneración y están todavía sanos; a pesar de toda la basura que los amos de Trudeau vierten en las cabezas con sus medios de comunicación.

Pero este desprecio de pijoprogre no explica totalmente ese extravagante traer a colación los temas del feminismo, del género, del racismo y demás, para estigmatizar es una revuelta cuyo origen es muy distinto. En cambio, el sentido de todo ello se hace transparente cuando lo miramos como la imposición de una agenda única.

Involuntariamente Justin Trudeau, quizá porque es un poco más tontín que  Macron o Draghi, nos está revelando que todo lo que está sucediendo está relacionado. Que quienes le han ordenado la guerra contra su propio pueblo con el pretexto de la crisis sanitaria, quienes se empeñan en obligar a toda la población a someterse a productos experimentales que generan interrogantes cada vez más siniestros, son exactamente los mismos que imponen la manipulación sexual de los niños en las escuelas, la corrupción de menores, la destrucción de la masculinidad y la feminidad, la campaña racista anti-blanca en curso en todo Occidente, etcétera.

Por eso la rebelión de los canadienses contra el gobierno títere de Trudeau es tan importante; estamos entrando en unos años decisivos para nuestro porvenir. Porque el Estado y las anti-élites de degenerados que lo controlan van a hacer todo lo posible por transformar la sociedad de la información en una pesadilla de control total, donde no sólo se pueda extirpar de raíz cualquier rebelión sino que esa rebelión ni siquiera tendrá oportunidad de plantearse. Un solo ejemplo: la amenaza de congelar cuentas corrientes quizá haga que mucha gente empiece a ver, finalmente, a dónde lleva la eliminación del dinero en efectivo: a estar totalmente en manos de quien nos puede controlar a distancia y privarnos de nuestro dinero con un click de ratón.

Que todavía se puede luchar lo están demostrando los camioneros canadienses: no solamente han demostrado tener más pelotas que Trudeau (admito que esto no es muy difícil) sino también inteligencia y organización. No se trata de cuatro amigotes que han decidido tomar las carreteras, sino de una operación bien organizada que requiere coordinación, logística, suministros.

Y también requiere protección contra la intervención del Estado: hace poco han detenido a una de las organizadoras, pero llevamos tres semanas de protesta que ha creado una situación de crisis, aún no controlada por las autoridades. El solo hecho de que no hayan arrestado a todos los líderes en los primeros días y no hayan desarticulado la coordinación de la protesta, nos revela que esta rebelión ha sabido organizarse de manera competente y robusta; lo suficiente como para resistir a los esbirros informáticos del gobierno y aún más de quienes están detrás: todos conocemos, directamente o de oídas, la creciente vocación censoria de las redes sociales.

Debemos estar muy pendientes de lo que sucede en Canadá y otros lugares donde comienzan a surgir protestas más o menos organizadas. Hemos entrado en un período decisivo de lucha, donde está en juego si nuestro futuro será el de insectos en una colmena o en cambio tendremos un porvenir de hombres libres.