Vivimos instantes difíciles y complicados en los que, una vez más, los enemigos seculares de España tratan de cercarnos; sin embargo, no deja de ser una coyuntura por la que ya hemos pasado en otros instantes de nuestra historia y que, sin embargo, hemos sabido solventar con ímpetu y paciencia, gallardía y silencio como nos ha enseñado nuestro credo.

No se nos puede ocultar que el pretendido estado de bienestar, al que nos ha conducido el pernicioso liberalismo en connivencia con el mal llamado socialismo moderno, ha supuesto, cuando menos, que bajásemos la guardia y consecuencia de ello perdiésemos el horizonte de las muchas amenazas que se cernían sobre nosotros.

Hoy, a los tradicionales enemigos interiores -marxismo cultural, separatismo, terrorismo, socialismo, etc.- se ha sumado un silencioso enemigo exterior en forma de pandemia, por llamarle de alguna manera, planificada de forma minuciosa en algún centro de operaciones donde se ha diseñado un plan casi perfecto para atentar no solo contra las estructuras económicas de los países que forman el llamado primer mundo, sino también contra nuestras libertades más elementales y nuestra forma tradicional de entender la vida.

Durante meses, en una labor constante y diaria, se ha ido inoculando el terror entre la población, sometiéndola a un permanente goteo de datos que fluctuaban según la  conveniencia de cada momento y cuya veracidad jamás se ha podido verificar ni contrastar por el simple hecho de que aquel que no siguiese la doctrina oficialista era silenciado, no permitiendo que los grandes medios de comunicación ni las redes sociales de mayor difusión, debidamente financiados por el poder corrupto, se hiciesen eco de sus opiniones por muy respaldadas que estuviesen con argumentos científicos. Simplemente, a lo largo de casi dos años, nos han sometido a un único discurso, el oficial, que hemos tenido que aceptar sin rechistar.

A lo largo de varios meses nos tuvieron sometidos a un férreo control pseudo policial en el que nuestros derechos y libertades se vieron limitados y restringidos hasta límites difícilmente soportables. Arrestos domiciliarios, toques de queda, restricción de movimiento, etc., fueron los instrumentos de los que se sirvieron para llevar a delante su maquiavélico plan. Al final, tras los pertinentes recursos ante el Tribunal Constitucional, este falló sobre la ilegalidad de tales medidas absolutamente arbitrarias, aunque tal fallo no tuviese repercusión alguna en los autores de estos hechos que continuaron, de hecho, continúan, en sus puestos como si nada hubiera pasado.

Esta merma de libertades, no protestada por la gran mayoría de la población, amedrantada por un terror insuperable, ha permitido a los poderes del Estado la adopción de medidas totalitarias y absolutamente discriminatorias sin otro fundamento que la oportunidad política de cada momento, hasta tal punto que tales medidas se adoptan de forma diferente, tanto en su forma como en su intensidad, dependiendo de la Región española en la que nos encontremos.

Una de las últimas fases de esta operación de gran calado se configura a base de la exigencia de la vacunación obligatoria a toda la población, niños incluidos, poniendo en entredicho a todo aquel que se niegue a prestarse a este experimento pesando sobre él, aunque sea de forma inconcreta de momento, una seria amenaza no solo por las repercusiones administrativas que tal decisión pueda provocar en los que conculquen tal exigencia, si no, y esto es lo peor, señalándolo ante el resto de la ciudadanía como uno de los responsables de nuevos posibles brotes de este virus creado, ad hoc, en un laboratorio chino.

Entretanto, desde ese gobierno configurado sobre la base de todos los enemigos de España -socialistas, comunistas, podemitas, golpistas, filoetarras, etc.- siguen persiguiendo el único objetivo que se han marcado, su hoja de ruta como se dice ahora: la destrucción total de nuestra Nación, ante la pasividad no solo de aquellos que tienen el sagrado deber de evitar que tal cosa suceda, sino también de una población dormida y acobardada que prefiere vivir de rodillas que morir de pie con tal de poder disfrutar de ese quimérico estado del bienestar, convertido en la gran panacea universal.

Vivimos tiempos extraños y difíciles en los que la cobardía y el miedo, los peores enemigos del ser humano, se han adueñado de la situación, sin embargo, demos la bienvenida a estos tiempos pues en ellos, finalmente, se depurará a los cobardes.

Perdamos el miedo y volvamos a nuestro sitio que, como ayer, como hoy, como siempre, sigue estando fuera, al aire libre, bajo la noche clara y en lo alto la estrellas ya que, más temprano que tarde, España se liberará de estas pesadas cadenas y volverá a ser grande como en los mejores tiempos y para ello necesita contar con nosotros.