Es evidente que al hombre que no es capaz de defenderse, le falta algo que es una de las partes más esenciales que hacen un hombre” escribió en su tiempo el economista y filósofo Adam Smith. El hecho de que tal definición del hombre cobarde venga del padre de la escuela liberal es pura ironía; pues precisamente es el liberalismo burgués, tanto político como económico, quien tiene la culpa del debilitamiento del alma guerrera europea. La teoría de la paz perpetua de Immanuel Kant y la interdependencia económica promovida por Benjamin Constant son claves para entender la desvirilización de los nuestros. Una desvirilización que no tiene cabida para quien quiera sobrevivir en el mundo actual y futuro. 

La violencia viene de fuera

            Tenemos que entrar en el pensamiento de una época en la que vamos a estar más cerca de la Reconquista que de la Ilustración y la Guerra civil. Así nos lo explicó René Girard en Achever Clausewitz, teniendo en cuenta las grandes mutaciones que afectan al continente europeo. El rearme masivo de potencias como Turquía y Marruecos, las olas incesantes de inmigración proveniente de África, la reislamización de poblaciones que se encuentran en Europa y la traición de las élites antinacionales aliadas a la oligarquía globalista, son los principales factores de la irrupción de la violencia en nuestro país.

            No es que esta violencia haya desaparecido a lo largo del siglo XX, sino que se había deslocalizado más allá de nuestras fronteras. Los coches bomba, los atentados y los degollamientos eran imágenes de telediarios, no tenían nada que ver con el cotidiano de nuestra american way of life. Pero hoy pagamos la factura por nuestra incapacidad colectiva de entender que no todos los pueblos son los mismos, que la integración pocas veces funciona y que detrás de toda relación internacional amigable se esconde una lucha de fuerzas. Nuestra falta de virilidad política acaba poniendo a prueba nuestra virilidad física.

 

Aceptar y hacer uso de la ultima ratio populo.

            La violencia no es un fin en sí. No se trata de rehabilitar las costumbres del Lejano Oeste en la península, sino de cuestionar algunos fundamentos de las democracias demoliberales y promover la ultima ratio populo (“el último argumento del pueblo”).

            El resurgimiento de la violencia en Europa es debido, antes de todo, a la incapacidad de los Estados a regularla y detenerla. El monopolio de la violencia legítima del Estado, es decir, la competencia únicamente otorgada al aparato estatal que le permite hacer uso de la violencia para restablecer el orden, no es un dogma de fe. Mientras crecen los impuestos extraídos de la labor de millones de españoles, no parecen ser más seguras las calles del país, sino todo lo contrario. No se cumple la promesa de la seguridad. Los políticos y la alta jerarquía de las fuerzas y cuerpos de seguridad de España, prefieren dedicar sus fuerzas a multar imprudentes en las autovías de la Costa Blanca o a reprimir movimientos patriotas.

            Ante esta situación, la ultima ratio populo es sencilla de entender y ya se empezó a aplicar. Los españoles se auto organizan en Barcelona para evitar robos y atracos en el metro, también lo hacen otros pueblos europeos en sus barrios y ciudades para proteger a sus familias. La violencia ha vuelto para quedar y solo cabe aceptarla y detenerla nosotros mismos. Nadie vendrá a salvarnos: sólo el pueblo salva al pueblo.