La felicidad ha llegado al Partido Popular con la mayoría absoluta en Andalucía. Una mayoría que no es tal, por mucho que nos quieran hacer creer, cuando más del cincuenta por cien de los andaluces no han acudido a las urnas. Por tanto, el PP ha obtenido una mayoría absoluta de menos del cincuenta por cien de los andaluces, con lo que tenemos una región dividida entre quienes aún tienen interés en cierta actividad política (al menos acudir a las urnas) y el desinterés total ante cualquier resultado electoral.

En definitiva, no solo tenemos la división que representan los porcentajes obtenidos por los partidos políticos que han conseguido escaño, sino entre estos y la otra mayoría silenciosa que los supera. Habrá ganado el Partido Popular técnicamente pero, en la realidad sociológica de lo que puede representar España, esta pierde. Se me reprochará que estoy fuera del sistema, y es verdad, porque no comulgo con que se pueda separar unos de otros tan impunemente, y aceptando que una enorme mayoría pueda  desentenderse de los problemas que afectan a todos, y en el caso de las últimas elecciones, de los problemas andaluces, que no dejan de ser también los de España, para terminar apoyándose en un resto que no es ninguna mayoría y que forma una incongruencia de intereses contrapuestos.

Podrá felicitarse el PP de haber ganado unas elecciones andaluzas, pero no creo que sea motivo de regocijo cuando -si miramos el pasado- vemos que este partido es el mismo que teniendo una mayoría absoluta a nivel nacional, no levantó alfombras, no descorrió taquillas ni literas, no abrió ventanas ni balcones a la calle para limpiar suelos y paramentos de un edificio devastado por la suciedad y el abandono, y lo que es peor, por la rapiña de quienes debieron ser sus cuidadores.  Un partido que no ha modificado la ley general electoral para acabar con la representación de minorías separatistas; que ha terminado con el cumplimiento del servicio militar de todos los españoles eliminando el concurso espiritual de todos en una bandera y en una Patria; que no ha cambiado la ley orgánica del Poder Judicial para que sean los propios jueces los que elijan su gobierno (lo que venía haciéndose hasta 1985 con una ley de Franco); que ha dividido la administracion de justicia con Tribunales Superiores que son la última respuesta en algunas comunidades autónomas: que no ha impuesto una ley de educación a nivel nacional con un mismo y único sistema y unos únicos libros para todos los alumnos, sin distinción de territorio; que no ha impuesto una misma lengua en todas y cada una de las administraciones locales y autonómicas; que no  termina con las autonomías y con una constitución de 1978 que no refleja lo que debe ser España.

Es el PP una cara de la moneda en la que la otra es el PSOE, partidos mayoritarios ambos de este sistema en el que solo entran en el espacio político los que aceptan caminar por un mismo ancho de raíl, y al que deben adaptarse si desean mantenerse en y de la política. Alguno conozco que lleva en esto más de cuarenta años y sigue viviendo de los presupuestos generales sin rubor alguno, unos en el mismo partido y otros habiendo cambiado, varias veces, de sigla y color. Profesionales de la política en cuyas manos hemos dejado España porque no nos identificamos con esto que denominan democracia, y que debemos rescatar de aquellos antes que venza el caos y la miseria.

La lectura que podemos hacer de las elecciones andaluzas es que cuando el ciudadano está cansado de una sigla y color, se le pone otra y la propaganda masiva hace que, en un proceso selectivo la gente olvide lo que tal partido político hizo (en este caso el PP) para hacerle resurgir con una luz nueva de impoluta honorabilidad, cuando la herencia que trae es similar, sino la misma que la del partido al que sustituye.

¿De no haber obtenido la mayoría absoluta el PP hubiese sido VOX el partido regenerador de la política andaluza? Pues no. Porque el resultado que ha obtenido es por negar su propio programa. Primero, presentar sea unas elecciones autonómicas cuando propugna su desaparición, siendo la única política que ha de realizar  VOX la nacional, y precisamente para la eliminación de las autonomías; segundo,  hacer de Olona una sevillana como aquellas muñecas que se usaban en las casas cuando se compró la primera televisión, que sobre ellas se ponían un torrero y una sevillana; tercero,  el desconocimiento que demostró Olona de los problemas de la región andaluza.

El PP andaluz podrá mitigar -que no eliminar- los problemas económicos de los andaluces, pues como gestor se ha presentado, pero un gestor económico no remediará  los problemas que como raíces se agarran a la tierra mientras no exista un objetivo común a nivel nacional y para todos los españoles, sin distinción de regiones, y mientras no nos duela, como españoles, lo que pueda sufrir cualquier rincón de nuestro territorio nacional. Por el momento ha ganado el PP, pero sigue perdiendo España.