Un régimen totalitario sin precedentes emponzoña occidente; el globalismo es una realidad que amenaza la vida y la libertad. Su mejor arma es hacernos pensar que no existe, fomentar nuestra pasividad con fútiles entretenimientos y limosnas, violar la libertad de mercado mientras reduce al ser humano a conejillo de indias en un mundo que se ha convertido en un laboratorio de experimentación social.

Pero... ¿qué desea hacer de nosotros y por qué? ¿qué hemos hecho para merecer ese trato? En este artículo voy a exponer el plan globalista, que buscan las élites económicas y como han instrumentalizado el post-marxismo para lograr sus fines.

Todo comienza con unos filósofos y teólogos hace muchos años… Ellos creen que Dios  es una falsa ilusión que el hombre imagina para aliviar el dolor que le causa la muerte y la incertidumbre del mundo en el que vive.

Al no creer en Dios tampoco creen que el hombre disponga de voluntad para elegir sus acciones,  según estos postulados todo lo que le ocurre por dentro y por fuera está determinado por factores que de conocerse, se podrían calcular con fórmulas matemáticas.

En consecuencia la conciencia es otra ilusión, al no disponer de capacidad de elección –libre albedrío–, estando todas nuestras acciones determinadas: nadie es responsable de sus actos, no puede elegir entre lo bueno y lo malo; valores que son a su vez ilusiones de la conciencia: la moral no existe, es una ilusión, como tampoco existe Dios que es también ilusorio, ambas –Dios y moral: bien y mal– meros productos de la imaginación.

Por su lado los marxista han visto sus expectativas frustradas por la evidencia empírica, todas las dictaduras comunistas han fracasado constituyendo los regímenes más terroríficos de la historia de la humanidad, sin embargo, sus fanáticos seguidores lejos abandonar su fracasada ideología han decidido que el problema no es de la doctrina comunista si no de las personas a las que esta última se aplica.

Los comunistas entienden que mientras que su doctrina se aplique a individuos que son herederos del cristianismo, con una personalidad forjada generación tras generación en la santidad del evangelio, será imposible que funcione, han descubierto la necesidad de “deconstruirnos” y volvernos a construir en los postulados del marxismo para que esta vez funcione –término: deconstruir, que en la actualidad lo tenemos hasta en la sopa–, tienen la superstición irracional de que las personas no nacemos con intuiciones genuinas, si no que la mente es una tabla en blanco que ellos puede moldear, para convertir al hombre en un ciudadano perfecto y obediente en su arcadia marxista feliz. Se ven como salvadores de la humanidad, y ya sabemos en lo que terminan esas aventuras buenistas: mutilación, exterminio, genocidios...

También hay unos señoritos y señoritas con mucho dinero que sufren delirios de grandeza,  se piensan más listos, y con mejor derecho que sus congéneres –como los marxistas– pretenden moldearlos a su gusto para hacerlos “mejores”, forjando un mundo “sostenible” y dirigido por ellos mismos, erigiéndose como dioses rectores del destino de la humanidad a modo de grandes arquitectos o demiurgos, vamos… que buscan su felicidad “perfeccionando” a sus vecinos, que es definitiva hacer al hombre un obediente esclavo a su servicio.

Para conseguirlo se han propuesto utilizar el método de la deconstrucción de las personas a través del marxismo cultural, que es una vía perfecta para descristianizar al súbdito -borrando el concepto de libertad de su mente–, condenándolo a un mundo determinado por una única autoridad: la suya; todo ello con la gustosa colaboración de la intelectualidad marxista, que ha encontrado la perfecta simbiosis –y financiación–  para llevar a cabo sus locos experimentos.

Para lograrlo instrumentalizan a legiones de profesores, políticos y empresarios empleándolos como fuerza de choque: los profesores porque son unos fanáticos idealistas que se prestan con gusto al ultraje, los políticos porque sueñan con unas migajas del poder y los empresarios porque anhelan ser aceptados un día en esa nueva alta sociedad.

Así se explica que tengamos unos medios de comunicación, un profesorado, una clase política y empresarial –me refiero a las empresas del Ibex– unificada en una línea ideológica concreta y que son de facto una estructura de poder con un objetivo claro: la sumisión de los estados nacionales al poder de esas élites económicas.

La masonería fue un precedente y de ella se han extraído muchos elementos –sobre todo estéticos– pero no debemos caer en la tentación de pensar que las élites tienen mucho que ver con la mayoría de logias masónicas, con sociedades secretas o  teorías conspiranóicas: no hay ninguna conspiración secreta, la globalización es un hecho y estás élites funcionan abiertamente, toda su acción es comprobable a pesar de que los medios generalistas la omitan, sus declaraciones son abiertas y sus objetivos públicos.

Deconstrucción es el sustantivo ideológico del globalismo –como la racialización para el nazismo– consiste en formatear la mente de las personas borrando su “cristianismo patriarcal” de modo que se puedan convertir en seres comunitarios.

Sin familia y sin propiedad privada ya no tendrán problemas para someterlo a una forma de vida en la que el bien del estado totalitario sea el fin de la vida del hombre, de manera que sean las elites quienes controlen en base a criterios estadísticos cuantas personas pueden vivir en él, y cuanto se puede producir sin poner en peligro el ecosistema y la especie humana.

Para llegar al cupo han impuesto leyes que se aplican a tal fin; el aborto y la ideología de género no tienen una fundamentación axiomática, son leyes inmorales que buscan la descarada reducción de la población, que atentan contra los derechos humanos, que en el futuro serán vistas por la historia como herramientas de lesa humanidad.

Las personas tenemos que enterarnos de que ya no estamos en los años noventa, que la URSS ya cayó hace muchos años y vivimos en la realidad del nuevo siglo, en una realidad donde el campo de batalla en un plato de televisión, una red social, una aula en la universidad… esta es una guerra cultural que se libra cada día a degüello. La guerra ya no se hace sacando tanques, si no en los medios de comunicación por la fuerza de la palabra, y de la que solo podemos defendernos construyendo una nueva dialéctica de combate cimentada sobre la fuerza del verbo.

Es la vieja problemática que siglo tras siglo se presenta en la historia: idealistas que en su errática identificación de potencia y acto nos condenan a tantos conflictos, miseria, padecimientos… y lo que es peor: a la corrupción moral, la degradación cultural y la ruina intelectual.