La evaporación de la socialdemocracia en España es un hecho consumado. La pérdida de casi seis millones de votantes que ha sufrido el partido socialista obrero español en las sucesivas últimas convocatorias electorales y la disyuntiva mortal en la que se encuentra actualmente, le llevan a su insignificancia.

Tanto si permaneciera en su negativa a que el partido popular acceda al Poder en coalición con otros, -lo que conduciría inevitablemente a otras elecciones-, como una hipotética abstención en esa ya anunciada sesión de investidura – donde sería señalado a su extrema izquierda como el facilitador de devolver al gobierno al partido más corrupto de la Nación, le quitan toda vida y recorrido político de futuro.

De todas las lecciones que se pudieran extraer en estos últimos años de democracia en España cabría resaltar la inutilidad de los regímenes partitocraticos para ceder hacia otras formas de representación política cuando la ingobernabilidad y la separación radical entre clase política y sociedad civil llama a las puertas.

El régimen del setenta y ocho hace aguas. La propaganda de una constitución nacida para superar todos los demonios familiares que corrían por la piel de toro ya no da más de sí. La división engendrada por las Comunidades Autónomas, su intrínseca ruina financiera y su labor depredadora de desunir a los españoles entre sí ha llegado al paroxismo.

El sistema bipartidista pergeñado para provocar una alternancia política, en teoría contrapuesta, ha sido ya quebrado al permitir que anide en su seno la opcion secesionista y los movimientos neo izquierdistas contemplativos de estos admitiendo inexistentes “hechos plurinacionales”.

El robo de la soberanía perpetrado desde dentro -vía esas Comunidades Autónomas-, como hacia fuera, vía esa integración europea dentro de instituciones que nadie elige pero que determinan todo tipo de políticas – especialmente las económicas, ha vaciado de contenido el real ejercicio de la democracia.

España, en estos momentos, carece de una respuesta visible a las grandes cuestiones planteadas.

Ni a su izquierda ni a su derecha aparece un discurso político con voluntad resuelta de reemplazar la actual arquitectura. Las dos últimas opciones que irrumpieron han parecido venir a más a sostener todo el entramado en crisis que a sustituirlo por otro más ágil y democrático. Ninguno de ellos parece plantear temores a los poderes económicos al no cuestionar los grandes marcos ni el actual mercado internacional.

España se adentra, en un marco inestable de profundo descrédito político en una nueva etapa que, a muchos, se antoja de corto recorrido, pero que no ofrece novedad alguna más que la sensación de tener alguien que, todos los viernes, rellene el BOE con nuevas e inútiles disposiciones legales.