El peor invento del siglo 20 no ha sido la bomba atómica ni el macro-mercado financiero secundario, sino el macro-Estado que, además, ha producido los dos anteriores.

El macro-Estado es el resultado inevitable de la evolución de la democracia en sociedades ricas.

Desde hace décadas se dice que los grandes medios de comunicación están institucionalizados, sumándose a la propaganda institucional.

Desde el principio, el macro-Estado ha dominado el sector social (asociaciones), controlando sus normas, su legalización, su condición de “utilidad pública” (imprescindible para obtener publicidad gratuita en las redes sociales) y con millonarias subvenciones públicas.

El poder económico del macro-Estado es inmenso. Tanto directamente con el gasto y la deuda públicos, como a través de las leyes mercantiles, tributarias, laborales, asistenciales, etc., y otros intervencionismos como los aranceles, subvenciones y beneficios fiscales. Por ello, el macro-Estado es un tipo de planificación centralizada, por lo que se debe hablar de economías occidentales neocomunistas.

Este neointervencionismo de la economía (neoliberalismo según la propaganda neocomunista), está destruyendo la economía, como en todo sistema comunista.

Por otra parte, la corrupción es el resultado inevitable del macro-Estado, creando la metamafia institucional. La decadencia (las generaciones de jóvenes viven peor que las de sus padres) y el totalitarismo son el resultado de la metamafia institucional de las democracias ricas.

En este contexto decadente, Naciones Unidas, la Unión Europea y otras organizaciones internacionales, desde principios del siglo 21 empezaron a incluir en sus mensajes la defensa de las instituciones, de la democracia y del Estado de derecho. Durante años, sus páginas web eran prácticamente iguales.

De esta forma hicieron que los políticos y periodistas incluyeran insistentemente sus proclamas, hasta el punto de que si alguien dice que no es demócrata, se le califica de fascista o de comunista.

En este escenario, “No nos representan” fue la frase más pronunciada en una manifestación en Madrid, el 15 de mayo de 2011 (15-M). Con esta frase se expresaba que los políticos no les representaban a ellos ni, tal vez, a la mayoría de los españoles o de los occidentales.

El movimiento de los “chalecos amarillos”, iniciado en Francia y extendido por todo el mundo, es parte de los indignados.

Con el coronavirus, las instituciones han institucionalizado la ciencia y la asistencia sanitaria, apoyadas por la propaganda mediática.

En otros artículos, hemos afirmado que el coronavirus ha supuesto, sobre todo, una intensificación del totalitarismo en todo el mundo.

El coronavirus ha supuesto una confrontación entre la imposición institucional y la reacción popular. La ONU ha conseguido que su versión oficial y sus protocolos genocidas, fueran respaldados por la UE y por la mayoría de los gobiernos del mundo. Las instituciones y los medios institucionalizados han creado un temor exagerado al SAR-Co2 y a la COVID-19, como estrategia para que la población aceptara un aumento del totalitarismo, sin precedentes en las democracias occidentales.

La fuerte oposición social ha sido minimizada por las instituciones y por los grandes medios.

En este contexto y por primera vez en la historia, desafiando el conocimiento científico, incluso universitario, se ha calificado de vacunas a terapias biológicas experimentales, se ha aprobado su uso, se inyectan en plena pandemia, sin prescripción médica ni consentimiento informado. Las instituciones se han saltado todas las normas científicas y médicas. Algunos expertos hablan de que con su institucionalización, la ciencia ha muerto.

Por primera vez en tiempos de paz, se ha confinado a la población sana y se ha prohibido trabajar a la gente y a las empresas abrir sus oficinas, causando una crisis sin precedentes.

A pesar del terror creado, lo menos comprensible es la confianza que ha mostrado la mayoría de la población en las instituciones y en los grandes medios. Las masas arriesgan su vida obedeciendo e inyectándose esas terapias tóxicas que ya han causado decenas de miles de muertes y millones de afectados con reacciones adversas graves.

Con falsedades, las instituciones han fomentado una confrontación social entre personas que llevaban mascarillas y las que no, entre los “vacunados” y quienes eligen no hacerlo. Se han utilizado discursos de odio.

Naciones Unidas ha defendido la versión de China sobre el origen del coronavirus y sus trabas a la investigación. Podría interpretarse como que la ONU deja de defender la democracia para impulsar más abiertamente el neocomunismo, con independencia de la forma de gobierno.

Desde hace años, se ha creado una versión oficial sobre que no habrá trabajo para todos, porque la inteligencia artificial y los robots realizarán la mayoría de las actividades. Se ha aprovechado esta falsedad y el coronavirus para empezar a implantar la renta básica, de forma que la población se sienta protegida y defienda las instituciones. Las instituciones impiden trabajar, para empobrecer a todos con impuestos y beneficiar a unas crecientes masas parasitarias.

Las instituciones cada día crean más problemas para aumentar la dependencia de una mayoría indoctrinada, idiotizada e infantilizada, aumentando la incertidumbre y la inseguridad de las masas.

Las instituciones impiden que se creen trabajos, que éstos sean productivos y generen ingresos razonables a los trabajadores, dañando su salud mental y física, dificultan que cada persona pueda construirse su propio proyecto de vida.

Éste es el Nuevo Orden Mundial. Unas instituciones que utilizan armas de destrucción masiva de la salud y de la economía, con respuestas totalitarias y deshumanizadoras, con defensa a ultranza del poder de las instituciones.

Una gran parte de las grandes empresas, los super ricos, los medios y las asociaciones impulsan el totalitarismo institucional, para obtener beneficios a corto plazo, sin ser conscientes de que están siendo dirigidos hacia su destrucción o están siendo sustituidos por nuevas instituciones o por organizaciones nacionalizadas.

La democracia y su metamafia institucional han destruido la sociedad y están acelerando la decadencia, reduciendo las posibilidades de resistencia social y cambio.

La creciente sustitución de la libertad por el aumento constante del totalitarismo y del parasitismo social, ha creado una espiral de esclavismo institucional y decadencia.

La mayoría está renunciando a su libertad por una aparente seguridad, sin saber que esta seguridad conlleva la pérdida de todos los derechos, que empezó hace décadas en los países más avanzados, y el empobrecimiento masivo continuado.

Los gobernantes y la mayoría de los gobernados “no nos representan” (a los intereses generales); por ello, debemos pensar en una alternativa a la democracia y en la forma de realizar la transición.

Cada persona debe elegir entre no hacer nada, defendiendo la democracia y sus instituciones, o la defensa de la libertad y del progreso, creando la Era #postdemocracia.

Dado que la metamafia institucional del macro-Estado es una supermaquinaria de corrupción social que no puede pararse, cualquier propuesta de mejora institucional es pura propaganda decadente.

Por múltiples razones, la alternativa sólo puede crearse en el sector social, aunque debemos desinstitucionalizarlo.

 

Javier Marzal

Presidente de la International Association to Change the World