A cada paso, estoy más convencido de que el terror que nos han inoculado está acabando con el alma de España, con nuestra tradicional forma de ser y de socializar, algo que, a lo largo de los años, nos ha distinguido de esa otra forma, más tristona, de entender la vida de una buena parte de los países de nuestro entorno.

A día de hoy, lamentablemente, podemos asegurar que el bozal que nos han colocado se ha convertido ya en un elemento característico de nuestra indumentaria, formando parte de la etiqueta diaria, del que no podemos ni queremos prescindir.

A cada paso, es más raro cruzarte con alguien por la calle que vaya desprovisto del tapabocas reglamentario en todo tiempo y lugar. De hecho, en ocasiones, yo que no lo uso, he observado como esos que lo llevan se apartan de mi cual vulgar apestado y me miran con desprecio al considerarme una suerte de máquina de contagiar, si pararse a pensar que ellos lo son en la misma medida si nos atenemos a los informes científicos.

Todo ello es fruto de ese metódico y concienzudo lavado de cerebro al que nos llevan sometiendo desde hace más de un año, bombardeando cada día por medio de la prensa afín y los demás medios de comunicación, todos ellos bien pagados con el dinero de todos. Un lavado de cerebro a base de inocularnos un terror irracional.

Tal parece, al menos así lo cree una buena parte de esta sociedad infantiloide, desprovista de valores y acobardada, que jamás ha habido epidemias de verdad, no “plandemias” como esta, que se han llevado por delante a miles de terrícolas.

En este maremágnum de noticias y más noticias, todavía nadie ha sido capaz de explicarme el motivo de que el pasado otoño-invierno no hubiese gripe. ¡Ah, sí!, me olvidaba. Ya, no la hubo gracias al uso reiterado de los bozales. Ya, ya. Entonces, ¿cómo es posible que otro virus que se contagia de la misma forma que la gripe, haga estragos pese a llevar todos puesto el tapabocas de reglamento? Que me lo expliquen.

Incluso ahora, alguien dice que cualquier catarro no es tal ya que, en realidad, es el chinovirus haciendo de las suyas. Es decir, que tengas lo que tengas, desde un vulgar dolor de muelas hasta una gripe de verano, de esas de toda la vida, en todos los casos es el resultado de estar contagiados con el virus rojo. ¡Increíble!

En consecuencia, estoy seguro de que tardaremos en poder deshacernos del bozal ya que incluso algunos, especialmente algunas, se sienten favorecidos con él ya que te impide que les veas el rostro al completo con lo que te evitas sorpresas de pésimo gusto.

Pero esto no acaba aquí. En el colmo de esta paranoia colectiva en la que nos tiene sumidos el globalismo asesino, ahora, algún imbécil, viene con que los que más contagian el maldito virus chino son los comprendidos entre los 12 y los 19 años, sin duda la gran excusa para obligar a vacunarlos.

En este caso, la excusa que nos dan viene avalada por el hecho de que, en ese segmento de edad, hablan en alto, se reúnen, se ríen y cantan. En fin, ya era lo que faltaba. ¡Hay que ser idiota, por muy médicos que sean, para venirnos ahora con esto!

En resumen, no podemos reunirnos y si lo hacemos nos miran mal; no podemos ir al fútbol ni a ningún tipo de espectáculos de masas y si lo hacemos debemos permanecer sentados y separados; no podemos andar sin bozal por una buena parte de los sitios; no podemos fumar en la calle; no podemos reírnos; no podemos cantar; no podemos hablar en alto -curiosamente siempre aparece el mismo tiempo verbal, ¿significará algo?-. En resumen, entonces, ¿qué podemos hacer…? A lo que se ve, nada, someternos, bajar la cabeza y que meen por nosotros para así decir que está lloviendo.

¡Ah!, por cierto, que ninguna moza casadera espere en su balcón de ciudad universitaria que pase la tan española Tuna a rondarla en noche abrileña, eso también se ha terminado.

Por tanto, no sé lo que queda del alma de España, de aquella España alegre y desinhibida, convertida hoy, por el terror inoculado al pueblo acobardado, en una España triste, sin fiestas, sin alegría, sin ilusión, donde a cada paso se socializa menos y el personal es más individualista y menos solidario.

Y todo esto, ¿para qué? Si total, nos guste o no, el día que quien puede determinar sobre ello, nos llame a su divina presencia, de poco habrán servido mascarillas y vacunas ya que la cita será ineludible e inapelable.

Por mi parte, con el permiso de todos los lectores, he llegado a una conclusión que transmito a todos estos globalistas criminales y políticos en general que pretenden que no coma carne, que no use aire acondicionado ni calefacción, que vaya con bozal cual vulgar atracador de bancos, que me provea de un pasaporte especial para identificarme a camareros y matones de discoteca, que me vacune con una y mil dosis para incrementar la caja de las farmacéuticas, que no cante, que no fume, que no hable en alto, que no me ría… ¡Váyanse a la mierda! Ya estoy hasta…, bueno eso me lo callo por respeto a los que me leen. Déjenme vivir en paz. Prefiero morir de pie que vivir de rodillas.

Por cierto, que la Tuna siga saliendo a la calle a rondar en noche primaveral a las bellas damas de España, seguro que su música incluso amansará al bicho.