El PSOE dedica 100.000 euros a una exposición para resaltar la figura del que fuera máximo responsable de la Guerra Civil española y se olvida de genios como don Santiago Ramón y Cajal

 

 

Han pasado 120 años desde que en 1901 se instituyeron los Premio Nobel y en todos esos años solo 2 españoles figuran en el apartado de “Ciencia”. Tal vez por aquella premonición de don Miguel de Unamuno (¡que inventen ellos!) que aunque no sea cierta refleja muy bien el escaso interés de la clase dirigente por la ciencia española.

Aquí, como se está demostrando estos días y más desde que llegó al Poder este Gobierno de coalición de Izquierdas, hay dinero y millones, muchos millones, para resaltar las figuras políticas del pasado, especialmente si son o provienen de ideologías marxistas y comunistas.

Precisamente ha llamado la atención que el PSOE haya hecho público un presupuesto especial de 100.000 euros para resaltar la figura de Francisco Largo Caballero, el hombre que luchó y vivió por implantar una Dictadura (la Dictadura del proletariado en España) y, sin embargo, no hay dinero para resaltar la obra de hombres tan grandes como fueron Santiago Ramón y Cajal (Nobel de Medicina en 1906) y Severo Ochoa (en 1959).  Y nadie haya recordado la grandeza de la obra de Ramón y Cajal, el hombre que descubrió el ser del cerebro humano y del Sistema Nervioso.

Por ello, y aunque modestamente, hoy me complace reproducir unas páginas de las que le dediqué en mi biografía y que recojo en mi obra “Grandes Personajes de la España del siglo XX”:

Las neuronas de don Santiago

Ahora sigamos los pasos del genio incipiente. En 1884 gana su primera cátedra y tiene que trasladarse a Valencia, donde como catedrático de Histología permanecerá tres años y donde culmina su "Manual de Histología y técnica micrográfica" que todavía sigue en vigor. Y en la ciudad del Turia se fue enamorando de las células, de las neuronas y del cerebro. En 1887 gana la misma cátedra en Barcelona y en su Universidad aparece ya en 1888.

 “Y llegó el año 1888, mi año cumbre, mi año de fortuna. Porque durante ese año, que se levanta en mi memoria con arreboles de aurora, surgieron al fin esos descubrimientos interesantes, ansiosamente esperados y apetecidos. Sin ellos habría yo vegetado tristemente en la Universidad provinciana, sin pasar, en el orden científico, de la categoría de jornalero más o menos detallista, más o menos estimable. Por ellos llegué a sentir el acre halado de la celebridad; mi humilde apellido, pronunciado a la alemana (Cayal), traspasó las fronteras; en fin, mis ideas, divulgadas entre sabios, discutiéronse con calor. Desde entonces el tajo de la ciencia contó con un obrero más

"Las ideas que hasta aquella época se tenían del cerebro -escribe el biógrafo Antonio Calvo- suponían que las células nerviosas componían una enorme red en la cual las células se unían unas con otras sin solución de continuidad. El quid de la cuestión consistía en averiguar el modo en que se unían las neuronas y terminaban, o no, las ramificaciones nerviosas." Era la teoría reticular del funcionamiento del sistema nervioso, que defendía el italiano Golgi y que imperaba en los ambientes científicos europeos. Teoría que Cajal no aceptaba, porque tras muchas horas de microscopio él no había podido encontrar el cómo se unían las neuronas. Y terco como era siguió su propia investigación, hasta que "una mañana -son sus palabras-  surgió la idea fundamental para descifrar el plan de organización estructural de los centros nerviosos, que nadie, hasta entonces, había visto con absoluta claridad: cada célula nerviosa es un cantón fisiológico absolutamente autónomo". De este hallazgo Cajal extrajo dos leyes anatómicas y dos corolarios fisiológicos:

1.ª  Las ramificaciones libres colaterales y terminales de todo cilindro-eje acaban en la sustancia gris, no mediante red difusa, según defendía Gerlach y Golgi con la mayoría de los neurólogos, sino mediante arborizaciones libres, dispuestas en variedad de formas (cestas o nidos pericelulares, ramas trepadoras, etc).

2.ª  Estas ramificaciones se aplican íntimamente al cuerpo y dentritas de las células nerviosas, estableciéndose un contacto o articulación entre el protoplasma receptor y los últimos ramúsculos axónicos.

De las referidas leyes anatómicas despréndese dos corolarios fisiológicos:

1.º  Puesto que el cuerpo y dentritas de las neuronas se aplican estrechamente a las ultimas raicillas de los cilindro-ejes, es preciso admitir que el soma y las expansiones protoplásticas participan en la cadena de conducción, es decir,  que reciben y propagan el impulso nervioso, contrariamente a la opinión de Golgi, para quien dichos segmentos celulares desempeñarían un papel meramente nutritivo.

2.º  Excluida la continuidad substancial entre célula y célula, si impone la opinión de que el impulso nervioso se transmite por contacto, como en las articulaciones de los conductores eléctricos, o por una suerte de inducción, como en los carretes de igual nombre

¡Ay, pero ni así reaccionaron las Autoridades políticas españolas! Nadie quería saber nada de Ciencia y menos de "un loco que trabaja con bichitos", como llegó a decir un Ministro de Educación y Cultura. Tampoco la Universidad se mostró entusiasmada. Así que el pobre Cajal, aragonés de cepa, cogió sus maletas y sus "bichitos" y se marchó, con los ahorros de Dª Silveria, su mujer y compañera de fatigas, al Congreso de la Sociedad Anatómica Alemana que se celebraba ese año en Berlín.

Una vez en Berlín – continua escribiendo el biógrafo – acudió a las sesiones del congreso, esperando ansioso el momento en que podría presentar sus placas, durante una sesión abierta. Y, llegado el momento, nadie le hacía caso. Aunque fue recibido con cortesía, y probablemente con curiosidad, ya que en aquella época no abundaban los españoles en aquellos foros, “les chocaba, sin duda, encontrar un español aficionado a la ciencia y espontáneamente entregado a las andanzas de la investigación”, nadie le prestaba ninguna atención. Estaba allí, rodeado de los histólogos más importantes del mundo, tenía la demostración de que la teoría  reticular era agua pasada comprobable solo con que alguien mirase por el microscopio, y nadie se dignaba a hacerlo. Entonces se fue derecho a Rudolf Albert Von Kölliker, profesor en la universidad alemana de Wurzburgo y “maestro incontestable de la Histología alemana”, le agarró del brazo y cortés pero enérgico, le invitó a mirar la preparación colocada en el microscopio. Primero uno, luego otro, luego otro, los portas se iban sucediendo con preparaciones. Kölliker cada vez más interesado, pedía más cada vez. His, Schwalbe, Retzius, Waldeyer y Kölliker fueron los que demostraron más interés por las preparaciones y, aunque empezaron mirando muy incrédulos, “los ceños se desfruncieron” una vez que vieron las preparaciones. “Al fin, desvanecida la prevención hacia el modesto anatómico español, las felicitaciones estallaron calurosas y sinceras”

A partir de ese momento Kölliker fue uno de los que más apoyaron a Cajal y el más importante e influyente de lo convencidos.

Ese es, pues, un momento clave de su vida. Como tantas veces en España, el reconocimiento de los trabajos originales, en campos poco trillados debe venir del exterior. Y a Cajal le llegó de golpe, porque, aunque “la verdad se había abierto al fin camino” – escribe Calvo – el empujón de Kölliker, capaz de rectificar sus convicciones “adaptándose con flexibilidad juvenil” fue importantísimo, hasta el punto de que, desde el Congreso de octubre de 1889, en Berlín, Cajal fue tenido por sus colegas europeos como uno más entre ellos y, con frecuencia como él primus inter pares. Con más o menos ardor habrá de defender en algunos momentos el neuronismo frente a las críticas de los reticularistas, pero ya nadie le discutirá su talento, su lugar entre los sabios. Ya podrá escribir y publicar, fuera de España, cuánto y cómo quiera… aunque en España aún tendrá que seguir luchando con los gobiernos y los presupuestos

 

 

El Nobel de Medicina

Es una pena tener que resumir en una página de periódico los estudios y descubrimientos relacionados con el cerebro y el funcionamiento del sistema nervioso humano, las aportaciones en el descubrimiento de la visión (él descubrió la relación entre los ojos y el cerebro) o sus estudios sobre el fonógrafo, la cámara fotográfica (uno de sus inventos se lo compró la famosa empresa americana “Kodak” y gracia a su descubrimiento pudieron triunfar en el mundo las cámaras que llevan la marca americana) o sus  aportaciones salvadoras contra el cólera o sus ensayos sobres el hipnotismo y la psicología humana… Como también es una pena no poder hablar extensamente de su producción literaria y en especial de sus “Cuentos de vacaciones” (una serie de doce relatos de divulgación científica que hoy pasarían por ser de ciencia ficción), los cuales no quiso publicar en vida y sólo vieron la luz algo más de 70 años después. A pesar de la limitación de espacio no me resisto a reproducir la síntesis de dos de ellos que hace el biógrafo Antonio Calvo Roy en su obra “Cajal. Triunfar a toda costa:

“La segunda historia, “El fabricante de honradez”, trata de un sugestionador capaz de cambiar las costumbres de un pueblo y convertir en alegres a los tristes y en honrados a los delincuentes. Inventa después un licor que atenúa las pasiones y hace que todo el mundo sea bueno. Finalmente, la sociedad prefiere ser sugestionada sin darse cuenta por los políticos que de golpe con un licor.

El tercero cuenta la historia de un hombre capaz de levantar un próspero negocio donde antes solo había miasmas, por el procedimiento de desecar una laguna. “La casa maldita” es la historia del triunfo del conocimiento sobre la ignorancia, del progreso que trae consigo la ciencia. El protagonista, con ciertas semejanzas con Cajal, es un investigador romántico cuya ciencia le permite prosperidad y que acaba, a golpe de microscopio, con las falsas creencias en torno a una laguna y sus efectos sobre el ganado.”

Y resumo su vida y su obra porque no se puede hablar de Santiago Ramón y Cajal sin recordar el Premio Nobel de Medicina que recibió en 1906[1]. Premio que estuvo precedido (1905)  por la Medalla de Oro que recibió desde Alemania. Pero dejemos que sea el propio genio quien cuente lo que vivió al recibir aquellos prestigiosos galardones:

“En febrero de 1905 recibí gratísima nueva. En recompensa de mis modestos trabajos científicos, una de las Corporaciones científicas más prestigiosas del mundo, la Real Academia de Ciencias de Berlín, por acuerdo tomado a fines de 1904, tuvo la bondad de adjudicarme la medalla de oro de Helmholtz…”

Y sobre el Nobel escribió en su “Historia de mi labor científica”:

“Si la medalla de Helmholtz, galardón puramente honorífico, causome halagüeña impresión, el premio Nobel, tan universalmente conocido como generalmente codiciado, prodújome un sentimiento de contrariedad y casi de pavor. Tentado estuve de rechazar el premio por inmerecido, antirreglamentario, y, sobre todo, por peligrosísimo para mi salud física y mental. Interpretando a la letra el Reglamento de la Institución Nobel, parecía imposible otorgarlo por la Sección de Medicina y Fisiología a los histólogos, embriólogos y naturalistas. Por eso, hasta entonces habíanse solamente adjudicado a bacteriólogos, patólogos y fisiólogos….

Ante la perspectiva de felicitaciones, mensajes, homenajes, banquetes y demás sobaduras tan honrosas como molestas, hice los primeros días heroicos esfuerzos por ocultar el suceso. Vanas fueron mis cautelas. Poco después, la prensa vocinglera lo divulgó a los cuatro vientos. Y no hubo más remedio que subirse en peana y convertirse en foco de las miradas de todos…

Metódica e inexorablemente se desarrolló el temido programa de agasajos: Telegramas de felicitación; cartas y mensajes congratulatorios; homenajes de alumnos y profesores; diplomas conmemorativos; nombramientos honoríficos de Corporaciones científicas y literarias; calles bautizadas con mi nombre en ciudades y hasta en villorrios; chocolates, anisetes y otras pócimas, dudosamente higiénicas, rotuladas con mi apellido; ofertas de pingüe participación en empresas arriesgadas o quiméricas; demanda apremiante de pensamientos para álbumes y colecciones de autógrafos; petición de destinos y sinecuras...; de todo hubo y a todo debí resignarme, agradeciéndolo y deplorándolo a un tiempo, con la sonrisa en los labios y la tristeza en el alma. En resolución, cuatro largos meses gastados en contestar a felicitaciones, apretar manos amigas o indiferentes, hilvanar brindis vulgares, convalecer de indigestiones y hacer muecas de simulada satisfacción. ¡Y pensar que yo, para garantizar la paz del espíritu y huir de toda posible popularidad, escogí deliberadamente la más obscura, recóndita y antipopular de las ciencias!...

¿Cómo tomarán —me decía— mis contradictores extranjeros los dones de mi buena estrella? ¿Qué dirán de mí todos esos sabios cuyos errores tuve la desgracia de poner en evidencia? ¿Cómo justificar a los ojos de tantos preclaros investigadores pretéritos, cuyos superiores merecimientos me complazco en reconocer, las preferencias del Instituto Carolino?» En fin, y volviendo los ojos a nuestra querida España, ¿qué haría yo para consolar a ciertos profesores —algunos paisanos míos—, para quienes fui siempre una medianía pretenciosa, cuando no un mentecato trabajador? Porque —¡doloroso es reconocerlo!— los mayores enemigos de los españoles son los españoles mismos…”

Pero aquel Ministro de Educación que se había referido a él como “ese loco que trabaja con bichitos” llegaría a ser Presidente del Gobierno de España.

¡Así es España!

[1] NOTA: Cajal recibió el Nobel de Medicina, con un “cierto lacónico telegrama expedido en Estocolmo”, la mañana del día 25 de octubre de 1906 y el premio llevaba añadida una cantidad de 23.000 duros, o sea 115.000 pesetas de las de entonces. Con el dinero del premio, Cajal se construyó una casa en la calle Alfonso XII de Madrid, junto al Retiro, y allí vivió y trabajó hasta su muerte.