El fuego de viejos leños, la lectura de viejos libros, la bebida de viejos vinos, la amistad de viejos amigos” Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y León

Envejecer es como escalar una montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre y la vista más amplia y serena” Ingmar Bergman, cineasta sueco

Dicen que España es un país longevo y cuya edad media de vida es de las más avanzadas del mundo, Pero… ¿Trata bien España a sus viejos?

El leonés Saturnino de la Fuente cumplió hace poco 111 años y ya es el hombre más viejo de España. Hay más personas en España que, como Saturnino, superan los 100 años. Yo les felicito y felicito a sus familiares que supieron en todo momento atenderles y cuidarles. Es un honor para ellos y un honor para quienes los arroparon y cuidaron en su larga vida llena de vivencias.

Saturnino y sus compañeros centenarios tuvieron la suerte de nacer y vivir en una época en la que el amor y el respeto a los ancianos todavía perduraba. Tuvieron la suerte de estar rodeados de una familia que los quería y cuidaba responsablemente. Tuvieron la suerte de que en los años de su longeva vida aún perduraban los valores y principios de las sociedades en las que la compasión, la caridad, el respeto, la renuncia, la entrega, el amor, eran comunes y se ejercían de forma natural y espontánea. Tuvieron la suerte de que los gobiernos, fueran los que fueran, respetaban la vida y dictaban leyes, no para exterminar, sino para articular los mecanismos que la hicieran lo más gratificante posible dentro de los límites de la medicina y, llegada la hora de la muerte, hacer el tránsito a la otra vida lo más placentero posible.

En la anterior crisis económica con el nefasto gobierno de Zapatero, fueron los viejos los que durante todos los años que duró – si es que ha terminado – soportaron sus consecuencias siendo los cimientos donde se apoyaron hijos y nietos derrumbados por una visión equivocada de la economía – creyeron que eran ricos y lo eran a perpetuidad – y un gobierno falaz e inoperante que, no solo no ayudó, sino que, con su demencial forma de gobernar, echó leña y gasolina al fuego que destruyó miles y miles de hogares. España no es país para viejos.

Hoy estamos sufriendo una pandemia que se ha llevado y se está llevando las vidas de decenas de miles de viejos. Una absoluta falta de sensibilidad hacia este sector de la población por parte del gobierno central y de los gobiernos de las comunidades, ha impedido que muchas vidas hayan podido ser salvadas de la muerte. Y las que han sido arrebatadas por la guadaña de la Parca, han pasado de ser seres humanos que han perdido la vida a números de una macabra contabilidad nunca aclarada y que, cuando la pandemia ha rebajado sus ataques, ha sido empleada por la ruindad, la mezquindad y la miseria moral de algunos políticos como dardos arrojadizos contra los otros. España no es país para viejos.

La pandemia sanitaria va a dejar paso a la pandemia económica, si no resulta que ambas se conjuguen en el tiempo y sus efectos sean devastadores. El panorama económico que se vislumbra es parecido, si no es más virulento, al que padecimos con Zapatero; si esto es así, los viejos volverán a ser esos cimientos donde se apoyen hijos y nietos hasta que todo vuelva a la normalidad, porque si alguien cree que este gobierno “no va a dejar a nadie atrás” es que vive en un cuento de hadas forjado en su mente aún no madura. Una normalidad tal y como son las “normalidades” en España donde un paro del 15% es “normal” o como los técnicos lo llaman: “estructural”. Y así, una vez más serán los viejos los que sostengan el entramado social de una sociedad empobrecida. Viejos olvidados, manipulados por los políticos y esquilmados por sus hijos y nietos, mientras pasan los últimos meses de sus vidas confinados en cárceles eufemísticamente llamadas “residencias de ancianos” Viejos a los que se acude en tiempos de penuria y se olvidan en tiempos de falsa riqueza, para volver a acordarse de ellos una vez que todo revienta. Y esto es así para el gobierno y para esta sociedad. Ambos nadan en las pútridas aguas del egoísmo y de la comodidad hedonista y no soportan nada de lo que para ellos es una carga o un contratiempo que rompa sus planes. Y así, esos hijos que están en deuda con los ancianos se acordaran poco de ellos…salvo para que se hagan cargo de los niños y paguen sus deudas. Menos aún se acordará el gobierno, que dirigirá su mirada a los viejos solo cuando se vayan a anunciar las próximas elecciones. Definitivamente, y en contra de la doctrina oficial: España no es país para viejos.