Los españoles más avisados saben o sospechan que al hilo de sus turbias y totalitarias inclinaciones políticas, al hilo de su malevolencia y de su ansia de poder, el conocido como Doctor, en su actuación como Presidente del Gobierno, no es más que un verdugo, un instrumento que obedece órdenes.

Unas órdenes que dada su naturaleza y su hispanofobia realiza con fruición, pero que ni la idea en toda su complejidad es suya, ni se le hubiera autorizado por sí mismo un asunto de ingeniería social de tanta envergadura, con tantas consecuencias, como el que está llevándose a cabo en nuestra patria, pues a la vista de sus extremas limitaciones lo hubiera desarrollado a su modo, es decir, lo hubiera conducido al fracaso.

Pero como resulta que es un individuo capaz de caminar durante unos segundos, como un ectoplasma y de manera afrentosa, junto a un Biden despreciativo y de trasmano, para justificarse ante su secta y su mundo de indignidad, como hizo en la reciente Cumbre de la OTAN; como resulta, digo, que aparte de no entender que sus amos lo tienen por el tonto útil al que en cualquier momento se abandona, es soberbio, prepotente, subido e ignorante, según dicen quienes lo conocen, nuestro protagonista se ha atrevido a estafar, secuestrar y afrentar de todas las maneras posibles a su patria y a sus compatriotas, ganándose un merecido deshonor y una justa condena futura entre rejas. 

Para los españoles más avisados, insisto, la operación que lo elevó a la presidencia del Gobierno fue fruto de un pacto, un acuerdo entre hermanos de distintas cofradías y facciones empeñadas todas ellas en la construcción globalista y en la destrucción de España. Hablo de personas vinculadas a los poderes fácticos nacionales y extranjeros, relacionadas con corrientes sociales, económicas, políticas y de mafias rosas fácilmente detectables, entre las cuales no está de más incluir a las más altas instancias institucionales, religiosas, políticas y financieras, repito, nacionales y extranjeras.

La parte concerniente al Doctor era el golpe de Estado implícito que conllevaba la farsa de una moción de censura en la que el cómplice Rajoy hizo mutis por el foro misteriosamente y el frentepopulismo instrumental, convenientemente apadrinado por los plutócratas, se alzó con el poder ante la indiferencia de millones de ciudadanos convenientemente estabulados y emasculados, en sentido cívico, al menos.

 

Aquella enésima traición al pueblo, antaño soberano, aparte de para mostrar crudamente la felonía de nuestros mandatarios y de nuestra oligarquía no sólo financiera, todos ellos apátridas, o directamente hispanicidas, y cuyo único dios es el oro, sirvió para que las hordas frentepopulistas, volvieran a pregonar que todo era en bien del pueblo y para el pueblo, que se hacía de modo dialogante y en nombre del deber, de la libertad, de la democracia, de la concordia, y de la estabilidad y seguridad del Estado. Es decir, para depredar una vez más al pueblo y a la patria, a las que insaciable e históricamente parasitan.

A diario, estos expertos en malas artes utilizan su falaz propaganda y su distorsionado lenguaje para ocultar lo que no es sino acritud, tiranía e hipócrita componenda, nacidas del interés y de la ideología privada y partidista; y llamando decisión y visión política a la conducta traidora. Con los mismos fines llaman celo a su propensión hacia el abuso y la violencia; y no es el sano esfuerzo lo que los impulsa, es el interés privado, atizando la lucha de clases y de géneros, no porque sea o la consideren justa, sino porque es lucha y origina diferencias y rencores.

El caso es que España, bajo las botas de sectas internacionales y de intereses particulares, marcha camino de su dinamitación y que el Doctor para poder mandar mantiene continuo contacto al servicio de los dinamiteros que manejan tiempos y acontecimientos. Es decir, un tenebroso arreglo entre separatistas y terroristas, y sus mentores de la plutocracia globalista, como indican los encuentros Soros-Sánchez, el primero de ellos acaecido nada más acceder el Doctor a la Moncloa. Presiones de todo tipo y a todas las instituciones para conseguir la ratificación del programa que el NOM ha trazado para España. 

La lógica esperanza debiera radicar en la justicia o en la justa y necesaria autodefensa, pero hoy muchos magistrados y muchos militares que comprenden la situación, que dicen en voz baja que todo lo que nos envuelve es un sinsentido, no tienen más remedio que seguir las instrucciones del Gobierno puesto que de lo contrario, si hacen caso omiso o actúan de forma diferente, se quedan sin sueldo, sin destino y sin futuro. Y en estos tiempos no quedan o no aparecen por las alturas personas responsables y comprometidas con lo noble.

Incluso, alguno de esos pseudojueces y pseudoguerreros que comprenden que todo está mal, que nada de lo que vemos y escuchamos tiene justicia, sentido ni razón, sienten que a pesar de todo han de estar felices, porque mantienen la vida, y aún no les han pegado un tiro. Y porque por ahí deambulan agendas y expedientes -Villarejo, Royuela- que sirven de ejemplos coactivos y a los que nadie es capaz de meter mano con afán esclarecedor, es decir, purificador y regenerador. 

Y eso es lo que hay en nuestro actual Estado de derecho, bajo las botas de dementes, delincuentes y traidores -y sus respectivos comentaristas infiltrados, dedicados a diluir las puntuales rebeldías sociales-. Y también, por supuesto, ante la siesta culpable y temeraria de la indiferente muchedumbre.

Pero no se trata, amables lectores, de negar la maldad, desplazándola del lugar que le pertenece. Esto supondría entender mal el mundo. Sabemos que el engaño sirve muy a menudo de provecho y que mantiene y alimenta la mayor parte de las acciones de los hombres, como sabemos que la vía de la verdad es siempre una y simple, y la del provecho particular, doble, desigual y fortuita. 

Por eso, el estar rodeados de codiciosos dañinos tiene un aspecto bueno, que puede resultar decisorio en un próximo futuro. Me refiero a que lo normal es que un traidor traicione a otro, pues esta clase de gente vive llena de desconfianza y no es difícil que se engañen entre sí valiéndose de su propio arte. Algo que históricamente viene ocurriendo entre las resentidas izquierdas y sus cómplices. Y no será sorprendente, aunque sí justiciero, que ocasione la ruina del traidor aquél que le encomendó la traición.

Pues si ésta puede ser en algún caso excusable, lo es solamente cuando se preocupa de castigar y vender la traición misma. Los que compran a los traidores, suelen ahorcarlos luego con la bolsa colgada del cuello. Constituiría una ejemplar parábola, un modelo público de higiene moral, que ese fuera el fin de tanto traidor como crece y prolifera en nuestras instituciones.

No obstante, los españoles de bien deben mantener la absoluta esperanza, porque acaben o no destrozándose los diablos entre sí, finalmente no pasarán. España quedará, eso sí, una vez más destrozada, como ocurre siempre que se le da una oportunidad a la ignorancia, a la barbarie y a la envidia, pero además de la lucha que, con sus particulares fuerzas, mantienen contra ellos dichos españoles de espíritu libre, los resentidos tienen en su contra las leyes naturales, la implacable inercia del ritmo universal.

Es cierto que estamos en manos de delincuentes y lunáticos, mas contra ellos existen posibilidades de éxito. Y, sin abandonar la batalla cultural ni la organización de un movimiento cívico, hay que buscar la fórmula abreviada, porque el tiempo apremia. Tal vez -entiéndaseme la metáfora- con encontrar diez hombres justos -como en Sodoma-, estratégicamente situados, coordinados y preparados, sería suficiente. Porque detrás de su odio y de su alma vengativa, detrás de su máscara de matasietes, estos demonios ocultan una rastrera cobardía y una debilidad: la de su sinrazón.