Tras la justificada defenestración de la cúpula del PP, constituida por ese miserable dúo de chantajistas que demostraron ser Pablo Casado y Teodoro García Egea, cabía la esperanza de que, con la llegada de un nuevo equipo dirigente, los populares fuera capaces de enderezar el rumbo, para acometer la exigente tarea de reconstruir una alternativa de centroderecha capaz de expulsar del poder a la coalición socialcomunista.

En ese momento -teniendo en cuenta la crisis interna por la que atravesaba el PP debido a la lucha fratricida acaecida en su seno- no parecía descabellado pensar que Alberto Núñez Feijóo, después de demostrar en Galicia tanto solvencia electoral como capacidad gestora, podía ser el líder que necesitaba la formación azul. De hecho, su postulación como candidato a la presidencia del PP nacional fue bien recibida no solo por los barones regionales sino también por el electorado conservador. Sin embargó, tras sus primeras declaraciones, el entusiasmo decreció de manera considerable, para convertirse en desesperanza al escuchar los comentarios del recién nombrado presidente del Comité Organizador del Congreso Nacional Extraordinario del PP, Esteban González Pons, eurodiputado popular un tanto repulsivo debido a esa arraigada costumbre suya de mostrarse ante la opinión pública con un semblante adornado por una falsa y meliflua sonrisa, con la que tan solo consigue desvelar una maliciosa propensión al cinismo.

Así, los respectivos discursos de ambos líderes populares han discurrido por unos derroteros sorprendentes por paradójicos, ya que los mensajes que en ellos se transmiten plantean una política de pactos que choca frontalmente con la que cabría esperar en virtud de su teórico posicionamiento ideológico. De esta forma, tanto Núñez Feijóo como González Pons en sus primeras manifestaciones públicas se ofrecieron a los socialistas para alcanzar eso que de manera grandilocuente denominaron un gran pacto de Estado, mientras que, a su vez, sosteniendo un relato esencialmente socialcomunista, se dedicaron a descalificar a Vox mediante una argumentación “ad hominem”, consistente en definir a la formación verde como un partido populista de extrema derecha.

A tenor de este planteamiento, todo parece indicar que este nuevo PP que se vislumbra en el horizonte cercano, -incapaz de superar sus complejos ideológicos y temeroso de verse excluido del “consenso progre”- ha optado por someterse definitivamente al “pensamiento políticamente correcto” elevado a la categoría de dogma por la izquierda totalitaria.

Difícilmente puede entenderse el hecho de pretender un entente cordial con un individuo como Pedro Sánchez que, desde el cenagal moral en el que reside junto a sus conmilitones comunistas, 1)está desmantelando la nación española con sus permanentes concesiones al separatismo catalán y vasco, 2)está subvirtiendo el Estado de Derecho al convertir al Ministerio Fiscal en un bazar persa donde la justicia se despacha como un negocio entre chalanes, 3)está destruyendo la economía nacional con una pésima gestión basada en un gasto público desmesurado, en buena parte ineficiente y clientelar, y en una política fiscal de carácter confiscatorio que retrae la inversión y el consumo, 4)está imponiendo una agenda ideológica irracional, mediante la promulgación de leyes que atentan contra los derechos y libertades individuales, 5)está deshaciendo la enseñanza pública, es decir, el mejor instrumento para paliar las desigualdades sociales, al sustituir la transmisión del conocimiento por el adoctrinamiento ideológico, 6)está permitiendo la explotación sexual de niñas tuteladas por los servicios sociales, mientras reparte más de 20.000 millones de euros entre chiringuitos feminazis y LGTBI, 7)está consintiendo la invasión del territorio nacional por hordas de inmigrantes ilegales abocados a la marginalidad y la delincuencia, mientras las mafias de tráfico de personas continúan enriqueciéndose y, en definitiva, 8)está abocando a España a convertirse en una de esas “naciones-gulag” donde imperan el miedo y la desesperación que la opresión y la miseria provocan.

Pues bien, es el tullido mental responsable de tan deplorables hechos el sujeto elegido por Núñez Feijóo como interlocutor válido para consensuar las líneas maestras por las que ha de transitar la política española. Como cabía esperar, los socialistas no dejaron pasar la oportunidad de humillar una vez más a los populares, exigiéndoles que se sumaran al antidemocrático cordón sanitario a Vox en el que ya participan sus socios comunistas, golpistas y filoterroristas, es decir, esa chusma infecta cuyo único propósito es destruir el orden constitucional y prostituir las instituciones democráticas.

Evidentemente el líder gallego del PP no ha leído “El arte de la guerra” de Sun Tzu, ya que excluir la posibilidad de llegar a acuerdos con Vox, más allá de la iniquidad que ello conlleva, pone de manifiesto una necedad estratégica antológica, derivada de una pusilanimidad casi patológica que le impide realizar un análisis realista del nuevo escenario en el que se desenvuelve la política española.

Pero como la realidad es obstinada y acaba enfrentando a cada uno con sus propias miserias, el PP de Castilla y León, tras fracasar en su patético intento de acercamiento a los socialistas, no ha tenido más remedio que llegar a un acuerdo de gobierno con Vox. De esta forma, no solo queda garantizada la continuidad del popular Alfonso Fernández Mañueco como presidente regional, sino que también sella la entrada de la formación verde en el Gobierno castellanoleonés.

Este hecho constituye sin duda un punto de inflexión en la política española, ya que supone el que Vox deje definitivamente atrás el apoyo incondicional al PP, para iniciar una nueva etapa marcada por la asunción de responsabilidades de gobierno, en lógica y democrática correspondencia con sus resultados electorales.

En cualquier caso, más allá del reparto de cargos institucionales, Vox ha planteado al PP la ineludible necesidad de alcanzar una serie de acuerdos programáticos con la finalidad de dotar de la necesaria estabilidad al Ejecutivo castellanoleonés. Así, lejos de posturas extremistas, ambos formaciones políticas han acordado una rebaja masiva de impuestos a pymes, autónomos y familias, así como la implementación de un programa de reindustrialización y aprovechamiento de los recursos agroalimentarios, con la finalidad de revitalizar la economía y combatir la despoblación. Asimismo, se ha pactado entre ambos partidos la aplicación de una serie de medidas de carácter social, las cuales están encaminadas, por un lado, a favorecer el crecimiento de la natalidad y, por otro lado, a garantizar la calidad de los servicios públicos. Finalmente, cabe esperar la eliminación de todas aquellas partidas presupuestarias que solo sirven para procurar una vida ociosa a esa legión de vagos y maleantes que han encontrado acomodo en alguno de los chiringuitos ideológicos existentes en la región, debiendo entenderse este hecho como la antesala de la derogación de las anticonstitucionales y protervas leyes de género y memoria histórica.

Obviamente, la izquierda ante este acuerdo entre el PP y Vox ha puesto el grito en el cielo, recurriendo, como siempre, a entonar frases vacías de contenido y llenas de odio, lo cual no ha venido sino a confirmar -como señalaba la revista británica “The Economist” en su informe “Democracy Index 2021”- que la calidad democrática de España se ha visto notablemente reducida desde la llegada al poder de la coalición socialcomunista.

Ante tan desmedida como supremacista agresión verbal, era de esperar una contundente respuesta por aquel llamado a liderar al PP en los próximos años. Sin embargo, Núñez Feijóo, en lugar de defender el acuerdo alcanzado, como era su obligación, ha optado por envainársela y farfullar una serie de excusas tan vacuas como pueriles, demostrando con ello una absoluta falta de coraje político y una escasa solidez de principios.

Decía el científico y filósofo Francis Bacon que “Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde”. Desde luego el socialcomunismo no puede echar de menos a fanáticos e idiotas, ya que en sus filas abundan tanto los unos como los otros, pero igualmente cierto es que -con escasas excepciones como Isabel Díaz Ayuso o Cayetana Álvarez de Toledo- los populares, sumidos permanentemente en un mar de complejos, tampoco se pueden quejar por la falta de cobardes.