Algunos amigos me siguen recriminando mis escritos sobre la Corona. Se extrañan que procediendo de una familia monárquica por ambas ramas de parentesco, me meta con tanto afán con la institución, a la que en estos tiempos que corren consideran de importancia capital para España y de una enorme gravedad unirme (según ellos creen) a los que pretende abrir este nuevo frente a la situación que ya tenemos. No advierten dos cosas: que en mi familia ambas ramas fueron monárquicos legitimistas; y que hoy la Corona en España no es garantía de nada, más bien de lo contrario.  

A mi  Felipe VI ni me cae bien ni mal porque su persona me es indiferente. Lo que afirmo, y pruebas me sobran, es que su presencia al frente de la Jefatura del Estado de España es calamitosa para el bien de la Patria. Consideración que ni mucho menos me hace apostar por la Niña, pese al intento de ciertas encuestas en publicar que una “clara mayoría confía en la princesa Leonor”, cuando lo cierto es que un 76% de la población no quiere ver a la Niña de Reina, y no precisamente por temor a que en su momento escoja por esposo a un desigual a ella, como ha hecho su padre, que esto en la población española es indiferente. Siendo que sería indiferente que escogiera a un negro o a un tipo que regentara un club top-less. Que además se vería como más democrático.

La Jefatura de un estado es cuestión muy sería. Muy seria, porque el jefe de un estado tiene que representar con hechos y actuaciones no sólo la imagen del pueblo al que representa, sino lo que ese pueblo es y quiere ser. De lo que se deduce que el Jefe del Estado, de cualquiera, tiene que tener no sólo autoridad sino poder de mando, este su poder más o menos limitado por imperativo legal. Ahí tenemos a las repúblicas presidencialistas, donde quienes las representan dicen y deciden, y esto no las convierte en dictaduras.

¿Qué poder de mando tiene Felipe VI más allá de lo simbólico? ¡Ninguno! Felipe VI va y  viene, ahora allí y mañana allá; se ríe o se disgusta según la ocasión y el escenario en el que actúe; lee lo que se le manda que lea y en sus actuaciones, programadas por el gobierno de turno, no se sale del guión. Con todo, no es un caso extraño al resto de los reyes y reinas que en Europa son, porque así actúan todos ellos, salvó los africanos y musulmanes, que éstos mayormente son sátrapas. Aquí, en Europa, por el contrario, los reyes han perdido el sentido de lo que fue ser rey o reina de una nación, por eso a la hora de escoger a la persona con la que quieren compartir la vida escogen a personas que estuvieron al otro lado del que ellos estuvieron desde la cuna. Que es por lo que no extraña que la consorte o el consorte no profesen la misma fe que el Rey o la Reina reinante, o que las familias de ambos no puedan relacionarse porque todo sea disparidad, contrariedad y desengaño.

En esto de la Monarquía no podemos obviar el simbolismo que formando parte del pasado se sigue arrastrando como forma y manera de confundir, manteniendo una institución “gloriosamente fenecida”. Pasado, decimos, porque los reyes simbolizaron la primacía sobre los demás mortales, fuera cual fuera el objetivo; y más hermenéuticamente, las ambiciones incipientes y no realizadas de la comunidad. El Rey o la Reina reinante, al igual que el héroe, el sabio o el santo, eran arquetipos de perfección. De esta forma, el Rey o la Reina reinante eran coronados por su condición de perfección, uniendo de alguna forma el cielo y la tierra. Simbolismo que ha valido igual si es de referirnos a aquellos soberanos o soberanas que arrastraron a sus pueblos a la perdición. Incluso a monstruos (que los hubo y puede que los haya) con tendencias dominadoras que corrompieron toda relación humana y sexualidad caprichosa.

Por eso la Monarquía en la actualidad no es más que una quimera que simboliza una creación imaginaria; una creación que refleja todos los íntimos deseos exasperados por la frustración de la vida real…. Si el Rey, que está muy preparado y sabe mucho lo ha dicho, será como dice.  Es curioso que en los sueños, el rey simbolice al padre, así como la reina a la madre, personas de las que dependemos hasta que llegamos a cierta madurez, incluso siempre; siendo que si soñamos que nosotros somos reyes, simboliza que hemos alcanzado el punto culminante de nuestra existencia.

Personalmente a los únicos que mantendría de ser monegasco sería a los de Mónaco, porque no han falsificado su imagen: no valen para nada, nunca han hecho nada de provecho y siempre están de fiesta.