La ciudadanía occidental y la española en particular, se encuentran inmersas en un preocupante proceso de pérdida paulatina de libertades individuales, víctimas de una amenaza de la que la mayor parte de la población no es consciente.

Deliberadamente se fuerza a la sociedad a consumir exclusivamente determinada información, teóricamente ya contrastada para evitar al receptor la tentación de reflexionar, confiado en que los verificadores de noticias supuestamente creados para proteger la verdad, hagan su trabajo. Hoy ya es de sobra conocido el verdadero propósito de estas agencias, precisamente a sueldo de las mismas élites que diseñan, programan y dirigen las campañas de desinformación generalizada. 

Un ejemplo muy reciente lo encontramos en la desinformación dosificada que de manera premeditada ha sido remitida a los hogares durante los últimos meses, logrando que una inmensa mayoría de la población se dejase inocular voluntariamente  un suero experimental y solo autorizado en emergencia, nunca aprobado por las autoridades sanitarias precisamente por no haber seguido los protocolos estándar en medicina y por existir tratamientos alternativos eficaces y económicos que curasen la enfermedad. La sospecha de la intencionalidad última ha quedado patente en la inquina con la que se ha perseguido inocular también a los niños con este experimento, cuyo riesgo de padecer la enfermedad siempre ha sido mínimo y a pesar de los graves efectos adversos que ya se conociesen.

Pero quizás lo más llamativo haya sido que esta seducción generalizada haya tenido lugar bajo una férrea censura a todo debate científico, etiquetando rápidamente como negacionista a cualquier experto que hubiera osado alzar su voz con la intención de alertar a la población en base a su reconocida experiencia profesional. La misma prohibición fue aplicada a cualquier intento de controlar la calidad de los viales. Ya es reconocido que ni a nivel europeo ni estatal se esté llevando a cabo control alguno, confiando ciegamente en la opaca documentación escrita ofrecida por las farmacéuticas.

En esta estrategia por teledirigir el consumo de información, hemos asistido en los últimos días a un brusco salto de página, sustituyendo en todos los telediarios el miedo a un virus sintético por el miedo a las consecuencias de la guerra en Ucrania. Un conflicto cuyas raíces profundas deliberadamente se ocultan para sospechosamente proteger los nombres de quienes realmente están obteniendo beneficio en este sangriento enfrentamiento.  Por supuesto, una vez más, forzando a que toda la sociedad focalice su ira contra un único culpable, que sin duda lo es pero no el único.

La eficacia en la manipulación mediática está impidiendo que la ciudadanía pueda percatarse de cómo simultáneamente se van desmontando los pilares del Estado, que lo eran de la civilización cristiana, con ataques a la familia, al derecho a la vida, a la libertad de expresión, al propio Estado de Derecho, a la defensa de nuestras fronteras, etc. Mientras se vacían las arcas del Estado, hipotecando ya el futuro de nuestros nietos, si llegaran.

Todo ello debería hacer reflexionar a más de uno antes de que fuera demasiado tarde.

Preguntémonos por ejemplo, como se ha podido producir ese abrazo masivo y confiado de los ciudadanos a las vacunas covid. El psicólogo belga Matías Desmet, aporta varias claves en su obra “Psicosis de formación de masas” sobre el fenómeno de la neurosis colectiva. Explica cómo se puede llegar a hipnotizar a toda una sociedad a través de unos sencillos pasos, siendo el primero lograr dividirla física y moralmente. No cabe duda de que con el aislamiento sufrido durante el confinamiento se logró desvincular a la sociedad, provocando rotura de lazos familiares y abandono de nuestros mayores. Pero la división más profunda vino de la mano de leyes ideológicas que han fomentado la radicalización de la sociedad y el consiguiente enfrentamiento del pueblo al que previamente se le ha ido vaciando de valores durante años. Todo ello ha permitido desarrollar entre los ciudadanos un creciente sentimiento de falta de propósito y sentido en sus vidas. En estas circunstancias, donde los niveles de miedo y ansiedad latentes llegan a ser alarmantes precisamente por la pertinaz labor de los medios de comunicación dirigidos, según Desmet, solo faltaría un último paso para lograr el estado de hipnosis colectiva: fijar toda la atención de la sociedad en un mismo foco de terror.  Si la vida de los ciudadanos gira día tras día en ese único punto de preocupación compartida y hábilmente se les señala un causante o provocador del problema  - los no inoculados, en este caso -  donde poder canalizar la ira, es muy fácil que quien aparezca vendiendo una solución mesiánica en forma de vacunas sea acogido con toda confianza.

En la ansiedad por recuperar cuanto antes la “nueva normalidad” nadie recapacitará acerca de que las elites que provocaron el problema, manipularon la información y controlaron nuestras mentes, pudieran ser las mismas que nos ofrecieran la solución.   

En resumen, una sociedad entera llega a caer en un estado de neurosis colectiva cuando los individuos totalmente enajenados y habiendo renunciado a su capacidad de razonar, le piden en masa a sus gobernantes que instauren una tiranía. Mientras su ira quede apaciguada descargando contra los no vacunados, aceptarán todas las dosis de sueros experimentales que las televisiones propongan, sin pararse a meditar las múltiples evidencias que no encajan en el  relato.

Tomar conciencia de este engaño colectivo que lleva años produciéndose es fundamental para vencer esta guerra, así como despertar y recuperar nuestros valores como sociedad y una mínima capacidad de análisis. Para romper esa esclavitud es primordial conocer la verdad, la realidad. Como afirmase Fernando del Pino[1], la libertad va unida a la verdad y esta es sinónimo de realidad. El ser humano no se desarrolla en plenitud si no conoce la realidad que le rodea. Para que una persona crezca en valores, primero necesita tener la opción de elegir libremente entre el bien o el mal. Dios Creador nos dio esa posibilidad para que el mérito de sumarse a su Obra fuese de cada individuo. Y esa libre elección lleva también pareja una responsabilidad que es de cada uno y no puede adjudicársela el Estado. Las agendas globalistas intentan sustituir las responsabilidades individuales por una responsabilidad colectiva que paulatinamente vaya restringiendo al ciudadano su libertad de poder elegir.

Pero no solo las libertades individuales están en juego; la propia soberanía nacional quedaría amenazada si la Organización Mundial de la Salud, financiada por las grandes farmacéuticas, logra su objetivo de implantar un certificado digital controlado y monitorizado desde un sistema centralizado fuera de nuestras fronteras. Automáticamente los ciudadanos verían restringidos su margen de actuación en el ámbito privado,  sin libertad de acceso a cuentas bancarias, prestaciones, servicios sociales etc. y quedando sometidos a un robotizado sistema  de puntos de buena conducta. Esto significaría el final de nuestra democracia al quedar eliminada toda libertad de expresión, disensión o posible crítica al sistema. 

Hay que impedir que una minoría controle a la inmensa mayoría de la humanidad y para ello es urgente que exista una masa crítica de ciudadanos que tomen conciencia de esta situación y, libremente con valentía, decidan pensar por sí mismos; recuperar su capacidad de reflexión y análisis. Es necesario romper con el conformismo que nos hace comulgar con ciertos postulados a sabiendas de que sean injustos, solo porque  estén socialmente aceptados por una mayoría.

Necesitamos igualmente recuperar nuestro verdadero compromiso con la sociedad y con los valores que hicieron grande el proyecto España. Respeto infinito por la memoria de nuestros antepasados que con su esfuerzo, ilusión y sacrificio construyeron la gran nación que hemos heredado. Y por último, al menos para los hijos de María, compromiso con la Fe de nuestros padres, que lo es y será de España hasta el final de los siglos, como le fuera prometido al Padre Hoyos en 1731. Sencillamente, todo se resume en impedir que se siga ofendiendo a Dios.

Una sociedad manipulada no es una sociedad libre. Afortunadamente el juramento que hacemos los militares de defender a nuestra sociedad no es manipulable. Recuperando el espíritu de nuestras Reales Ordenanzas, siempre es oportuno recordar que “mandar es servir, que no servirse” y cuando se pierde el honor, no se recupera jamás.

[1] Fernando del Pino Calvo-Sotelo, “La libertad, ¿un lejano recuerdo?”. Conferencia pronunciada ante la Asociación Madrileña de la Empresa Familiar (AMEF) 23 de sep. de 2021.  p.1: “Esta libertad está indisolublemente unida a la verdad, esto es, a la realidad, porque si no conocemos la realidad, si no conocemos y reconocemos la verdad, ¿cómo podremos elegir libremente? De ahí que quienes buscan esclavizar al hombre busquen también oscurecer y tapar la verdad”.

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