Hay verdades que por su naturaleza son tan evidentes y contrarias a la polémica, que una vez que el hombre las niega o las pone en duda apenas hay manera de que vuelvan a ocupar su lugar en una época determinada. Como ninguna de las razones que puedan darse para apoyarlas son tan claras como esas verdades en sí mismas, todo intento en este sentido no consigue devolverlas a su estado original. Pierden para siempre su principal defensa, la cual consistía en no necesitar ninguna, y es así como, por una desgraciada paradoja, cuanto más indudables son las verdades más vulnerables son a las dudas. Este inconveniente no es más que una consecuencia de su misma perfección, que las hace más sensibles a cualquier trastorno, y se parecen en esto a la belleza, que cuanto más manifiesta es, más le afecta la mínima alteración.

     El motivo que me ha resuelto a escribir estas páginas es precisamente ver a tantas personas abandonando la verdad de la doctrina católica. No es noticia ni nos sorprende que la Iglesia sea atacada, pues ha sido su estado natural durante dos mil años y lo seguirá siendo hasta el fin de los tiempos; pero quizá nunca hasta hoy se habían intentado negar las doctrinas morales más naturales y espontáneas al ser humano, y ello por algunas de las personas encargadas de enseñarlas y protegerlas. Este es el caso hoy en día en la cuestión de las relaciones homosexuales, que algunos pretenden hacer compatibles con la religión católica, a pesar de ser condenadas por las dos fuentes de la Revelación. Para hablar de ello, no nombraré a todos los sacerdotes que se han dejado arrastrar por la corriente del siglo para proponer en esta materia lo que ella prescribe, pues sería sobrepasar los límites que me he propuesto y también la capacidad de mis fuerzas; nombraré tan sólo a algunos que sirvan de ejemplo, para escribir después sobre el carácter general que les es común y sobre la razón principal que me ha parecido que podría explicar este fenómeno.

   El respeto que siento por el ministerio de la Iglesia me ha inclinado a nombrar personalmente a algunos de los que se han contagiado por la ideología del momento, para así no hacer en ningún caso extensible a todo el ministerio, ni a una de sus compañías en particular, la crítica dirigida tan sólo a los errores particulares contrarios a la doctrina y las enseñanzas de la Iglesia católica. Además, he creído que, no habiendo sacado las citas que utilizaré de conversaciones privadas, sino de declaraciones públicas, a las personas particulares que sostienen este error no podrá avergonzarles que escriba abiertamente lo que ellos no se avergonzaron de expresar de la misma manera. Es contra el error que escribo, y si en alguna ocasión algunos de los golpes que le dirijo llegan a rozar a las personas que lo abrazan, pido perdón de antemano; no es fácil arrancar a un hombre un puñal de las manos sin herirle, pero si pensaba matarse con él, se debe tener en cuenta lo que se ha evitado.

   Para comenzar por un caso que me resulta más cercano, hablaré en primer lugar del padre Ángel García Rodríguez. Este sacerdote, que dirige la iglesia de San Antón, en Madrid, se ha hecho muy popular gracias a sus polémicas declaraciones, y él mismo declara y hasta parece que se enorgullece de ir contra algunas doctrinas de la Iglesia. El padre Ángel está muy solicitado por los medios de comunicación, ya que no hay nada que a éstos les atraiga tanto como un sacerdote que confiesa desobedecer a la Iglesia. Siempre ha tenido el enemigo del cristianismo un especial interés por estos hombres, pues son para él como desertores sustraídos al enemigo, a los cuales puede utilizar para burlarse de la religión católica. De este modo, el mundo puede declarar sus máximas por boca de aquellos mismos que deberían condenarlas, lo que les confiere una especie de autoridad añadida, como demostrando con ello que hasta los que deberían oponerse a esas máximas las secundan. Este es el único motivo que lo tiene tan solicitado. Si este padre tuviera de repente la ocurrencia de

 

 

 

 

 

 

hablar conforme a la doctrina de la Iglesia, de estar de acuerdo con las Escrituras, la Tradición, el Catecismo y los Padres de la Iglesia, notaría inmediatamente un vacío a su alrededor, y entendería de pronto que todas esas personas que fingen estar interesadas en asuntos de la Iglesia no utilizaban ese fingido interés más que como pretexto para poder hacerle preguntas, lo cual con este padre parece ser garantía de escuchar alguna opinión descabellada. Pero esta misma popularidad del padre Ángel, si bien nos entristece por las razones que la provocan, nos aporta por otro lado material más que suficiente para descubrir sus ideas, lo cual no supone para él ninguna ventaja.

   Veamos si no una muestra. En una de las muchas entrevistas que ha concedido, el padre Ángel afirmó que si bendecía a los perros, mucho más podía bendecir a un homosexual. La entrevista en cuestión fue realizada por el periódico El Mundo, y la pregunta que suscitó tan curiosa respuesta cuestionaba la sumisión de este padre a las reglas de la Iglesia. Cualquiera hubiera esperado que negara su insumisión a la Iglesia a la que debe su ministerio, pero él prefiere no defraudar a los que esperan alguna respuesta extravagante. No es nuestro propósito señalar la imposibilidad de pecar de los animales, lo cual hace la comparación del padre Ángel absurda, sino el equívoco que este padre se propone introducir aquí y en todas sus respuestas referidas al mismo asunto. Nosotros no ponemos en duda que todas las personas puedan ser bendecidas; pero cuando una ideología quiere identificar el pecado con el pecador, como sucede hoy, conviene no caer en su misma confusión, para poder discernir a qué parte se dirige la bendición y a qué parte no. Si lo que el padre Ángel quiere decir es que esas personas pueden ser bendecidas para que no pequen, no tendremos nada que reprocharle; pero si se refiere a que deben ser bendecidas para pecar, o porque pecan, entonces ya no estaremos de acuerdo.

     Alguien podría objetarnos que el padre Ángel no se refiere con estas palabras a los actos homosexuales, y que cuando utiliza la palabra homosexual, se refiere simplemente a la orientación. Pero dado el gran número de ocasiones que ha tenido para hacer esta distinción, sin proponérselo ninguna vez, debemos concluir que no la considera, y si este simple silencio no pudiera bastar para tomarlo como un consentimiento tácito, sus demás declaraciones nos servirían para demostrarlo. En la misma respuesta, justo antes de hablar de la bendición de homosexuales, el padre Ángel se preguntaba: ¿Cómo me voy a oponer a tratar igual que a los demás a dos hombres que se quieren? Es así como sabemos que cuando habla de homosexuales no se refiere a la simple orientación ni está pensando en la vida en castidad, sino que habla también de la unión.

   Debemos advertir que este padre hace una gran labor social con los pobres, y esto es algo que, lejos de reprocharle, le agradecemos, pues es una parte muy importante de la doctrina de la Iglesia. Pero lamentamos mucho que apenas le deje tiempo para leer las Escrituras. Porque si leyera las cartas de San Pablo, al que esperamos que todavía recuerde, encontraría dificultades para hacerlas compatibles con sus palabras, y lo mismo podemos advertirle que le ocurriría al leer Génesis 19, 1-11, Levítico 18, 22, Levítico 20,13, Deuteronomio 23,17, Reyes 14,24 y otros muchos pasajes de la Biblia. Tampoco la Tradición y los Padres de la Iglesia le aportarían mayor consuelo si buscara alguna autoridad para justificar sus palabras, sino todo lo contrario, acumularía una decepción tras otra al ver lo lejos que ambos están de sus opiniones.

   La Iglesia no considera pecado el hecho de que una persona se sienta atraída por personas de su mismo sexo, porque puede no estar en su voluntad dejar de sentir esa atracción, aunque muchas veces la voluntad ajena influya para comenzar a sentirla; lo que la Iglesia considera pecado es el hecho de consentir y secundar esa inclinación, en vez de resistir a ella. Si el padre Ángel se encargara de hacer esta distinción, no habría ningún motivo para incluirlo en este escrito.

 

 

 

 

 

 

 

 

   De nada sirve que este padre nos recuerde todavía en la misma respuesta, y como para justificarse, que Jesucristo se rodeaba de pecadores y que él lo único que hace es actuar de la misma forma, porque dejando a medias esta verdad y ocultándonos el fin por el que Jesucristo lo hacía, tan sólo consigue demostrarnos que esos olvidos tan tajantes y medidos por su parte no pueden atribuirse a simples descuidos, siendo además tan frecuentes en él. Es cierto que Jesucristo se rodeaba de pecadores, pero lo hacía con el único objetivo de que dejaran de serlo. Lamentamos vernos en la situación de tener que recordar a un sacerdote esta verdad fundamental de nuestra religión, sin la cual carece de sentido la encarnación de Dios. Si es cierto que Jesucristo salva a la pecadora de ser lapidada por los judíos, también lo es que acto seguido le manda no pecar más, sin lo cual de nada hubiera valido salvarle la vida, porque el pecado es el origen de la muerte y es la muerte misma en potencia. Es de esta segunda parte de la que el padre Ángel se olvida siempre: él se rodea de pecadores, pero ha olvidado con qué intención.

   En otra entrevista, esta vez para la revista Vanitatis, al ser preguntado si era compatible ser católico y homosexual, el padre no duda en responder afirmativamente. De nuevo, no criticamos tanto lo que el padre Ángel dice como lo que deja de decir. Porque es evidente que nada le hubiera costado hacer la distinción debida entre la persona como tal y su pecado, y añadir que sólo en atención a la persona misma, y para alejarla de su pecado, es compatible ser católico y homosexual. Así, si se nos preguntara si es compatible ser católico y envidioso, responderíamos que sí, pero añadiendo a continuación que es del todo necesario que se confiese y enfrente ese pecado. De esta manera quedaría bien claro que la Iglesia admite a las personas a pesar de sus pecados, o para corregirlos, pero no para complacerse en ellos o negarlos. Cuando nosotros utilizamos el nombre del pecado por el del pecador, lo hacemos con plena conciencia de estar utilizando una sinécdoque, nombrando la parte por el todo. Es así como decimos que alguien es avaricioso, promiscuo o perezoso, pero sin dar a entender que esos pecados definen la identidad de la persona. Sin embargo, en el caso que nos ocupa, es del todo evidente que una ideología ha intentado y hasta cierto punto conseguido que se considere el pecado como parte fundamental del ser humano que lo comete, y que por lo tanto resulta imprescindible aclarar el sentido en el que lo utilizamos al nombrarlo. El padre Ángel, lejos de matizar o aclarar sus palabras de este modo, prefiere añadir en la misma entrevista, y son sus palabras textuales, que él «no es nadie para apartar a los homosexuales de Dios», sin darse cuenta que precisamente los está apartando de Dios por los mismos medios con que él cree estar acercándolos. De nada sirve atraer a los pecadores a la Iglesia si no se les declara que deben dejar de serlo.    

     Esto está muy lejos de parecerle bien al padre Ángel, porque, muy al contrario, afirma que los

sacerdotes que en sus homilías amenazan con el infierno a los que cometan ese pecado son malas personas. Estas palabras, como se comprenderá, no pueden dejar de causar gran impresión en las mentes modernas, que asocian inmediatamente a este padre con la compasión y la bondad, mientras a los otros padres a los que alude los tiene por crueles e inhumanos. Podemos comprender que personas sin ninguna fe en la otra vida piensen así; pero los fieles que viven para alcanzar la otra vida no deberían dudar en elegir al sacerdote que a despecho de parecer antipático señala sus pecados, antes que a otro sacerdote que, con conversación apacible y tolerante, trata de cohonestarlos. Mirando desde más alto, trascendiendo esta vida pasajera para imaginarnos ante el Juicio de Dios, sin duda que al mirar aquí abajo nos parecería que el padre Ángel fue el cruel e inhumano, y ese otro sacerdote que ahora parece odioso a los ojos del mundo, el más compasivo y solidario. Es sólo imaginándonos en esa situación como debemos valorar quién es más bondadoso con nosotros.   

 

 

 

 

 

 

   Pero he aquí el problema. El padre Ángel no considera que los actos homosexuales sean pecado en absoluto, y la falta de contundencia de sus respuestas cuando es preguntado sobre una hipotética

apertura de la Iglesia hacia la celebración de matrimonios del mismo sexo, deja bien claro cúal sería su deseo. Siendo su responsabilidad alejar a los fieles a su cargo del pecado, y negándose por otro lado a clasificar así las relaciones homosexuales, se comprenderá que no puede hacer ningún bien a las almas que sufran esa tentación. ¿Cómo convencer al padre Ángel de su error? Esta es la dificultad a la que nos referíamos al principio a la hora de defender verdades evidentes. No queremos convencer aquí de la verdad de las Escrituras y la Tradición, porque se saldría del tema del presente escrito; lo que intentamos poner de relieve es que las personas que aceptan las Escrituras la Tradición y ejercen un ministerio que toma su origen de ellas, deben admitir también como verdad las enseñanzas que contienen en cuanto a los actos homosexuales, porque tanto su ministerio como esas enseñanzas provienen de la misma fuente. Esta es la verdad que clasificamos entre las incontrovertibles. De modo que incluso las personas que no creen en la verdad de las Escrituras y de la Tradición, y aun con independencia de lo que piensen sobre la licitud moral de las relaciones homosexuales, se verán obligadas a reconocer, por poco sinceras que sean, que un sacerdote será incoherente al aceptar el origen divino de esas dos fuentes de la Revelación sin aceptar sus enseñanzas.

     El mismo padre Ángel se encarga de decirnos en la misma respuesta para la revista Vanitatis que él no entiende mucho de teología, cosa que nosotros ya habíamos sospechado. ¿Cómo no hacerlo, cuando se atreve a decir que él no defendería su institución con sangre, porque defiende más a los hombres que a las organizaciones? Cualquier hombre con conocimientos rudimentarios de nuestra religión sabe que el catolicismo considera a la Iglesia como la Esposa de Cristo, cuya misión es llevar a los hombres hasta El en el mayor estado de inocencia que pueda, mientras Dios mismo le asiste con su presencia hasta el fin de los tiempos. Que un hombre que tiene el honor de ocupar un lugar en ese ministerio llame organización a la Iglesia, como si de una empresa puramente humana se tratara, demuestra que no es consciente de la naturaleza de su cargo.

   Para un católico, la más alta manera de defender a los hombres es enseñarles a no despreciar la obra de la Redención, y esto implica necesariamente no desviarles de las enseñanzas de la Iglesia católica, que es la única que nos ha transmitido esta verdad. Por lo tanto, nos gustaría saber cómo cree este padre que podría defender a los hombres sin la Iglesia fuera de la cual no hay salvación, y cómo existiría esa misma Iglesia sin la sangre de los mártires. Pero siempre nos podrá responder que él no entiende de teología, o como dice en otra respuesta de la misma entrevista, que no tiene por qué saber toda la doctrina de la Iglesia. Reconocemos que esto es algo nuevo para nosotros, porque siempre habíamos creído que, si bien no todo teólogo es sacerdote, todo sacerdote debe ser en cierta forma teólogo.

     ¿Pero cómo convencer a este padre, que ha asumido por completo el pensamiento del siglo, de las verdades de su religión y de las consecuencias que conlleva aceptarlas, si hasta las palabras que utiliza para defender sus opiniones tienen siempre la acepción que le da el siglo mismo? Así, él siempre nombra el amor para justificar este pecado del que hablamos, pero se guarda muy bien de definirlo. Y es precisamente no definiéndolo que lo está empleando en su sentido moderno, que es el de admitir todos los sentidos y no tener definición. San Francisco de Sales escribía: «Muchos,

dotados de espíritu vil y terrestre, valoran el amor como si fueran monedas de oro, que cuanto más pesan, más se estiman y se aprecian». De igual manera, este padre piensa que cuantas más relaciones sean consideradas como formas de amor, más valor tendrá el amor mismo. Este es en resumen el pensamiento del mundo moderno, que habiendo abandonado a Dios y por lo tanto la fuente de toda unidad, no puede tampoco discernir qué uniones separan de la unidad y cúales aproximan. Con la palabra amor el padre Ángel cree resolver cualquier escrúpulo que se le pueda

 

 

 

 

 

 

 

oponer; pero como lo que está en cuestión es el concepto de amor mismo (pues la Iglesia lo considera según un orden jerárquico y ordenado, mientras nuestro siglo lo hace anárquicamente), resulta que volvemos al principio sin que nos haya aclarado nada, y así el padre Ángel tiene la capacidad de responder sin contestar, porque nunca se ocupa de definir los términos que están en disputa. He aquí la tónica a la que nos veremos abocados el tiempo que utilicemos en comentar las palabras de estos ministros: siempre la misma falta de distinción, siempre ideas confusas e indeterminadas.

     Seguramente este padre ignora las perversiones que el mundo moderno está legitimando con esta palabra, pues no significando nada, cualquier cosa que se haga puede estar referida a ella y entrar en su definición, que abarca tanto cuanto no tiene límites. Yo quisiera informarle que hay una mujer casada con el Muro de Berlín, que hay otra casada con una serpiente, y en fin que hay quien hoy en día se casa consigo mismo, con objetos e incluso con personajes virtuales. Este es el concepto del

amor que tiene el mundo, y este es el que tiene él. No aseguro que el padre Ángel esté de acuerdo

con esta clase de matrimonios, aunque tampoco me atrevo a negarlo; lo que digo es que mientras él comparta la definición o falta de definición del mundo sobre el amor, estará aceptando tácitamente sus consecuencias.     

   Sin duda que el padre Ángel se ha dejado llevar por un error a que están expuestos los que como él se dedican a la gran tarea de ayudar a los pobres, y es el de acabar creyendo que esa es la única ayuda que el hombre necesita. Intentando aliviar constantemente sus necesidades materiales, corren

el peligro de volverse materialistas, porque su atención se dirige constantemente y en exclusiva hacia la esfera material. Los grandes santos han sabido mantener siempre un gran equilibrio en ese sentido, ayudando a los pobres y predicando la caridad que se les debe, pero sin caer nunca en el error de creer en la primacía de esa justicia. San Juan Bosco, San Cayetano, San Francisco de Asís, por poner sólo algunos ejemplos: todos ellos mantuvieron siempre el orden del amor, y sabían aliviar las necesidades materiales de los pobres sin por ello descuidar sus almas.

   En las palabras del padre Ángel puede verse que no guarda ese equilibrio, que ha caído en la tentación de pensar que lo único que debe procurarle al hombre es alivio material, y así esta doctrina de la Iglesia, que es excelente por su vecindad con las demás doctrinas, pierde su sentido al ser practicada en exclusiva, porque sólo reporta un alivio pasajero y no el eterno al que estamos llamados. Nosotros no deseamos que decrezca en el padre Ángel este amor por una sola de las doctrinas de la Iglesia, pues la compartimos con él, sino que esperamos que manteniendo íntegro ese amor comparta con nosotros el amor por las demás doctrinas.

   Como hemos escrito anteriormente, en cuanto aceptara las demás enseñanzas de la Iglesia vería disminuir su fama. Puede que él crea que ésta se debe a su trabajo con los pobres, pero le debería

infundir sospecha saber que hay miles de sacerdotes con un celo por los pobres igual o superior al

suyo, viviendo y muriendo en países remotos para socorrer a los más necesitados, y que sin embargo discurren su vida en el anonimato, sin despertar ningún interés por parte del mundo. No se

asombre: es que aceptan todas las doctrinas de la Iglesia. Deduzca de este ejemplo lo que le ocurriría a él en el caso de aceptarlas como lo hacen ellos, y convénzase así de que el mundo no reclama su presencia por cumplir fielmente con una doctrina, lo que podría encontrar en muchos otros sacerdotes, sino por negar las demás doctrinas, lo que ya no es tan frecuente.

   Nuestro deseo es que el padre Ángel comprenda el daño que puede hacer a los fieles que están a su cargo y a todos los que sin estarlo oigan sus palabras, y que comprenda asímismo la responsabilidad de sus actos y la amenaza que pende sobre los que provocan el escándalo. Puede confiar en nuestras oraciones tanto como en nuestra oposición a su error, pues si dejáramos de hacer una de las dos cosas estaríamos faltando a la caridad.