No es necesario escarbar demasiado en las razones que explican el 18 de julio para encontrar el elemento religioso como catalizador del alzamiento popular frente al régimen frentepopulista. Lo religioso, la defensa de la Fe, no sólo explica el 18 de julio: lo justifica.

El pueblo católico español soportaba desde 1931 la persecución de un régimen que, más allá de otras características disolventes, era sustancialmente antirreligioso, anticatólico. No sólo por legislar contra los derechos de los católicos en general y del clero en particular; también por el apoyo institucional a la violencia contra los católicos. Escarnio de lo sagrado, destrucción de los templos y asesinato de los fieles. Contra eso se levantó media España en el verano de 1936. También contra el separatismo, el desorden y la injusticia social. Pero, sobre todo, contra una persecución religiosa que, no obstante, se recrudecería en los siguientes meses en los territorios dominados por los rojos con una virulencia sin parangón desde las persecuciones romanas y a la que sólo la victoria nacional pudo poner fin.

Por eso no parece exagerado hacer una interpretación providencialista del alzamiento nacional. Más allá incluso de la consideración de cruzada que con justicia podemos atribuirle, recogiendo la expresión literal del obispo Pla y Deniel y el espíritu de lo expresado en la Carta Colectiva que suscribieron 43 prelados en julio de 1937.

El alzamiento cívico militar del 18 de julio revistió las características del katechon bíblico. Una barrera frente al Anticristo. Un freno para el mal. Una intervención providencial que detiene el avance del Maligno.

El término, de origen griego y que viene a significar “lo que contiene”, lo encontramos en la segunda Carta de San Pablo a los Tesalonicenses. Pero es Carl Schmitt el que lo desarrolló como concepto histórico político para señalar la importancia del soberano que aparece en momentos cruciales para restaurar el orden, la paz, la justicia y la libertad. Precisamente el pensador alemán le atribuiría esa condición de “humilde katechon” a Francisco Franco, en tanto que dique español frente a la ofensiva mundial del comunismo.

Otros autores no individualizan la encarnación temporal del katechon en un líder carismático, sino que le conceden dicho estatus a instituciones o procesos históricos colectivos. Creo que es más acertado, en este caso.  No por restarle méritos a Franco sino por reconocérselos a todos los que entregaron sus vidas por Dios y por España. El 18 de julio de 1936 irrumpió en la historia de España un “katechon colectivo”. En él, el liderazgo militar y político de Franco es evidente, pero sin el sacrificio generoso de miles de españoles no habría habido victoria.

La complejidad del concepto paulino estriba además en que la victoria frente al mal no es definitiva, sino temporal. El katechon no acaba con el mal. Sólo lo frena. Retrasa su venida. Y eso es lo que hace precisamente más exacta la comparación. El 18 de julio pudo frenar el mal frentepopulista, pero no acabó con él. 40 años después -aún con distintas formas- volvieron la persecución religiosa, el secesionismo, el caos y la injusticia. Y hoy nos encontramos nuevamente en espera de otra intervención de la Providencia que devuelva a España su Fe, su unidad, su libertad y la justicia social.