En mi último artículo traté de “RESPETO, JERARQUÍA Y AUTORIDAD” porque es evidente que, hasta los más lerdos han captado la realidad de  vernos rodeados de cafres (patean a los agentes del orden, los apedrean, los insultan y escupen a la cara, etc.) Muestras inequívocas de la carencia de autoridad y que el Gobierno español  los ha convertido en “peleles uniformados” y en “saco de boxeo” para uso de maleantes. Demostré cual es la forma de hacerse respetar y en qué consiste “tener autoridad”. (Si son “peleles”,  una gran culpa es suya: No “actúan” en su propia defensa; no han  encontrado la forma de “doblegar” al Gobierno, ¡siempre la hay!)

Hoy, me centraré en la obligación y modo de “parar” el abuso de poder  por los gobiernos –divinizadores de la Democracia liberal y partitocrática en la que no creen. .  Son  democráticos de “boquilla” pues, en realidad resultan los peores  enemigos de la verdadera libertad, Sólo buscan controlar un  rebaño de  siervos y,--si pueden--  de “esclavos”.

Era el caso de Cuba, --no  sólo de Fidel, sino la de Grau y la de Prío, y finalmente, la de Batista--. Todos los gobiernos democráticos del mundo pretenden controlar la enseñanza y, los cubanos,  no podían ser una excepción.  Así, por ejemplo,  se arrogaban el derecho de dar “validez al título de bachiller” únicamente al «cursado en Institutos oficiales”, La consecuencia era ésta: los estudiantes de Colegios privados, si querían entrar en las Universidad,  debían  ser examinados por profesores de los Centros oficiales.

Un abuso intolerable contra  los alumnos de esos centros, pues debían examinarse dos veces: uno,  por sus profesores verdaderos – quienes  les enseñaban las asignaturas-- y luego, otro día,  por los que venían de fuera.

Esto provocaba,  que algunos alumnos. “menospreciaran” el examen de su propio colegio, pues lo que daba derecho al título oficial, eran  las notas  de los profesores del Instituto al que estaba adscrito el Colegio privado. Eso equivalía a negar el derecho a sus verdaderos maestros.

Yo he sido siempre hombre muy práctico, a pesar de “teorizar mucho” y  he tenido por norma cierta, que “todo problema tiene solución”. Y,  en este caso, era evidente y sencilla. Tan pronto pasé a ser profesor de Bachillerato –muy joven— lo fui siempre de Matemáticas --en el “Bachillerato Ciencias”--  y de Lógica y Francés --en el de  “Letras”.

En primer contacto con la clase advertía a mis alumnos: “Como ya conocéis  bien, en cada asignatura tendréis  dos exámenes claves, el navideño y el final. Vosotros valoráis el llamado “oficial” --del Instituto-- y algunos pueden no dar importancia al examen del Colegio, en este caso, el mío. Pues bien, tened ya muy claro desde ahora que, para mí y para vosotros, la única “nota” válida  será la que yo os ponga. Y para que lo entendáis mejor: a nadie que suspenda mis exámenes, lo dejaré examinarse por el Instituto, (¡mientras yo sea vuestro profesor!)”

Pues bien, cuando llegué de profesor a Camagüey, --de matemáticas en los cinco cursos de bachillerato de “Ciencias”  y de  francés y lógica del quinto  de Bachillerato “Letras”, les informe de mi forma de trabajar. Algunos alumnos del “primer curso”  no captaron bien mi advertencia… y,  cuando llegaron los exámenes del primer semestre,  “apreté” un poco. Cualquier profesor sabe cómo  subir o bajar el número de aprobados, --si viene al caso--  y “suspendieron” un buen número, pues, --previendo lo que pasaría—serviría de “aviso” a todos los cursos.

Acostumbraba a  de examinar, dos días antes del “examen oficial”   y al darles los resultados,  les recordé: “Los suspendidos, no vengan mañana al examen oficial”… Y, como esperaba,  se armó la marimorena,  cuando los  padres se enteraron.

Daba la casualidad que las matemáticas del Instituto las impartía su Director, y fue él quien vino a examinar a mis alumnos.  Así, como quien no quiere,  al entrar en el aula me dice: “Veo muchos huecos, esperaré que lleguen todos” -- --No se preocupe, Doctor, porque no falta nadie, --¿Y los que  faltan de mi lista?  -- Esos no se examinarán -- ¿Por qué? – Porque no dominan la asignatura y no les dejo presentarse. –Pues si no examina todos  no examino a nadie. –Usted mismo; pero los únicos que usted podrá  examinar, en mi clase, están aquí.

El Director se fue “acelerado” y jurando que examinaría a todos.  Daba la casualidad que en esa clase estaba la “flor y nata” de la sociedad camagüeyana, --provincia considerada la “más noble” de la nación; allí  habían nacido los grandes próceres de la independencia de la Isla--. Y había suspendido al hijo del director del periódico de la ciudad, al de la Presidente del Club de Tenis, al campeón juvenil nacional de natación con  apenas 12 años, etc…(luego sería la  excelente “Promoción del 60”)

Los padres de familia exigían al Director que me hiciera rectificar la prohibición, acudieron al gobernador, también al obispo. Por supuesto mi respuesta fue la de Pilatos “quod scripsi, scripsi” y,  mientras no aprobasen conmigo,  que se olvidaran del examen del Instituto. Vino  a Camagüey, llamado por el director, el Superior Provincial --el Jefe de todos los colegios de la Isla--, y mi respuesta fue la misma: Mientras yo siga de profesor en este colegio, esos suspendidos por mí, no se examinarán. Hay otra solución, ¡prescindan de mí!

Cómo acabó todo: El director del Instituto,  ante la presión de todas las fuerzas vivas de Camagüey tuvo que ceder y examinó únicamente a los que yo había aprobado. Mi norma siguió rigiendo, y nunca más le ocurrió al director del Instituto volver a contar los que yo presentaba a su examen. Por otra parte, no necesité más suspender a nadie.

Cuando la Sociedad Civil--y los agentes del orden-- sepan actuar, se le acabará la chulería al Gobierno. El secreto de mis éxitos en la vida ha sido éste: Por encima de tus derechos, no dejes pasar a nadie.