Pablo Casado tiene un problema que desde la burbuja del endiosamiento no es capaz de percibir: si bien no es aborrecido como el miserable aranero Pedro Sánchez, sí le ha visto el plumero gran parte del electorado con esas ganas de llegar a la presidencia incluso contra los intereses de España. Aliarse con las estrategias de la ultraizquierda para ocupar artificiosamente la poltrona de La Moncloa, compitiendo con bajeza para ocupar el sitio socialdemócrata que por ideología- más bien por honestidad colectiva del partido-no le pertenece, lo desubica de las expectativas electorales cuando la naturalidad y carisma arrollador, a todas luces honrado, de Isabel Díaz Ayuso ha dejado en evidencia a Teodoro García Egea, al propio Casado y al juego sucio contra todo aquél que haga sombra a líderes innaturales, desgastados e incongruentes. 
 
Es tan evidente la artificial pontificación del cabeza de lista que han convertido, para disimularla, en usual la persecución de todos aquellos que se han ganado con naturalidad las simpatías del pueblo. La disidencia en las filas es señal de que no existe democracia interna, sobre todo cuando la persecución, bajo premisas de disciplina de partido, se practica contra Cayetana Álvarez de Toledo e Isabel Díaz. El problema del PP no es que tenga versos sueltos a los que hay que controlar, sino que su tibia deriva hacia postulados de la izquierda radical ha corrompido la rima liberal y desnortado la razón de ser como inteligente oposición al permanente chantaje socialcomunista. 
 
No se sabe qué encaje puede suponer que el Partido Popular sostenga a sus votantes a pesar del liderazgo falsario de un veleta aspirante a la presidencia cuya popularidad en declive salva indirectamente las simpatías que despierta, no solo para los suyos, una líder que por sus obras es reconocida con mayor entusiasmo cuanto más ha tomado involuntario protagonismo con su excepcional trabajo al frente de la Comunidad de Madrid. La capital, frente a los embates encorajinados de una izquierda radical comandada por el parásito monclovita, se ha convertido en numantino ejemplo de lo que debería suceder en otros feudos de los populares. 
 
Mala idea, y resentida como envidiosa, tuvo Casado cuando inopinada y traicioneramente arremetió contra Santiago Abascal y VOX haciendo suyo el discurso artero y demagógico de la ultraizquierda que desgobierna España, tildando la normalidad ideológica y sociopolítica, moderada y conforme al juego democrático, de ultraderecha. Y craso error le supone la variación de sus principios políticos para amoldarse a los intereses y ambiciones personales esperando que sus obligados aliados, frente al populismo sanchista, se amolden con igual desfachatez. Ya lo han comprobado en Andalucía, VOX no se presta a la especulación tabernaria y marca su norte indubitable tal cual lo hace Isabel Díaz Ayuso, imparable hacia el liderazgo del residuo liberal que deja Casado confundiendo a su potencial electorado. 
 
Lejos queda la cura de humildad de Casado, que pudo aprovechar en vez de pretender restarle personal legitimidad a la aplastante victoria de Ayuso en Madrid. Porque se trató de una victoria personal de la que hoy por hoy es la verdadera gestora de la esperanza frente al canallesco, ocupa y traidor Sánchez. 
 
La vida da muchas y, a veces, rocambolescas vueltas. Quién sabe si de tanto confiarse el necio, termina por alcanzar su oportunidad quien verdaderamente la merece. Al margen de las posibilidades con tanto arribista declarado en el Partido Popular, Isabel Díaz Ayuso sería la perfecta candidata a la presidencia de España que atraería hasta el voto del socialismo moderado, sin retraerse de sus principios políticos y morales; a diferencia del que ha demostrado ser nada fiable y débil contendiente frente a la trampa y la amenaza que asuelan España.