Cuando se propone, desde el pensamiento joseantoniano, la discusión del sistema capitalista, suele suceder que la alternativa (un anticapitalismo no marxista) sea considerada directamente imposible. El falangismo es, de raíz, un pensamiento revolucionario. Eso no quiere decir que no esté abierto a señales y movimientos en la dirección correcta. Y últimamente se han producido unos cuantos.

            El más importante de todos, el anuncio de Boris Johnson de renacionalizar el sistema de ferrocarriles británico. Poco sospechoso de veleidades revolucionarias, el primer ministro anunció la medida siguiendo criterios de pura eficacia y sentido de servicio público.

            ¿Pueden ser nacionalizados los sectores estratégicos? Sí, es posible. Si el Reino Unido ha podido renacionalizar la gestión ferroviaria, ¿por qué hemos de resignarnos a seguir padeciendo los efectos de las olas privatizadoras de los últimos gobiernos de González y de la era Aznar? Transportes, comunicaciones, energía, vivienda, crédito: el haber abandonado todo eso a manos del liberalismo de mercado ha ido en perjuicio de la clase trabajadora, en primer lugar, y de la juventud en especial, que afronta un futuro de precarización e incertidumbre.

            Nuestro gobierno parece querer limitarse al perfil bajo (Sánchez no está ni se le espera) y a decidirse a intervenir sólo para memeces de izquierda postmoderna (los niños, niñas y niñes), y las derechas, después del Tsunami Ayuso, se conformarán con relamerse pensando que el calendario juega a su favor.

            ¿Alguien quiere creer que una decidida política a favor del pueblo es aún posible? Porque sí, es posible.