El día 6 de diciembre vuelve a celebrarse el aniversario de la aprobación, en referéndum popular, de la Constitución de 1978.

Hay un factor sociológico y político grotesco que jalona el actual sistema político: la veneración cuasi talmúdica hacia la Carta Magna; el denodado esfuerzo plañidero de todos los grandes partidos políticos por convertir a la Constitución en un texto sacramental, irrebatible, incuestionable, que “nos ha dado los mejores años de nuestra historia” según recitan las cacatúas y loritos de la corrección política de la izquierda y la derecha.

Y nada más lejos de la realidad.  Los mejores años de nuestra historia fueron los de la gloria imperial donde España escribía el destino del mundo comandado por nuestros Césares hispánicos Carlos V y Felipe II.
Los loritos del PP y el PSOE deberían dejarse de monsergas baratas, de felaciones constitucionalistas y de insultar a nuestra Historia y a nuestros ancestros.

Pero si nos ajustamos en tiempo y forma a las últimas centurias, o décadas, los “mejores años de nuestra historia” no serían los últimos 43 años correspondientes al régimen del 78 sino justamente los 40 anteriores, bajo la jefatura del General Franco que brindaron una España sin deuda ni déficit, novena potencia económica mundial, con la clase media erguida y esplendorosa, con plena soberanía energética y económica y con un Estado unitario y cohesionado sin politicastros separatistas ni taifas rupturistas.

El balance de lo que los peperos y sociatas llaman cada 6 de diciembre “los mejores años de nuestra historia” deja, sin embargo, un dibujo escabroso. España acaricia hoy un grado de división intestina y centrifugación territorial estimulado por una Constitución que en su infecto artículo segundo proclama la existencia de “nacionalidades”. Todas las regiones de España se han agarrado a este etiquetaje. Ejemplo de ello es el Reino de Valencia, tildado de “nacionalidad” histórica en el articulado de su Estatuto autonómico, reformado en 2006 por el Partido Popular, encantado de fomentar los mismos anhelos aldeanos del separatismo que Feijoo promueve en Galicia.

Ni que decir tiene que las formaciones políticas que plantean la destrucción abierta de España, desde los filoetarras hasta los golpistas catalanes, gozan de presencia institucional porque, a diferencia de todas las Constituciones de Europa, la Carta magna española no contempla artículo alguno que imponga la ilegalización automática de los partidos políticos que atentan contra la soberanía nacional del pueblo español.

La idea de “Dios” fue excluida de forma total del texto constitucional español. La derecha española encarnada en la UCD no hizo sino agachar la cabeza y contentar a la izquierda creando un texto jurídico meramente positivista, que renuncia a reconocer valores morales y cristianos, que niega la identidad histórica de España arraigada en 1500 años de cristiandad vertebradora de nuestra cultura e idiosincrasia.

La cesión sin tasa de la soberanía española a organizaciones supranacionales como la Unión Europea o la OTAN fue posible gracias al articulado constitucional que permite entregar, sin freno, las competencias soberanas de España a entes internacionales. Fruto de ello resultó el descabezamiento de nuestro Ejército, convertido en apéndice de la OTAN o la destrucción de la economía industrial y agraria legadas por el franquismo y desmanteladas a mayor gloria del “mercado común”, la competencia desleal y las cuotas limitativas contra nuestros productores.

España padece hoy una deuda pública del 125 por cien sobre el PIB que hipotecará con abrasivos impuestos y recortes sociales a todos los españoles gracias al monstruoso sistema autonómico urdido en 1978; mujeres y hombres están enfrentados por una aberrante Ley Integral contra la Violencia de Género que empodera al feminismo adoctrinador;  la vida inocente no nata es abatida en promedio de 90.000 abortos al año desde 1985. Los filoetarras del partido “Bildu” fueron declarados “constitucionales” por un órgano político llamado “Tribunal Constitucional” como tal configurado por el texto de 1978.

Con la clase media española destruida por salarios de miseria; con 90.000 abortos al año; desprovistos de Soberanía industrial y energética; con leyes de memoria histórica que amenazan con perseguir y encerrar a los patriotas amantes de la verdad; con taifas como la catalana o la vasca en rebeldía contra el Estado y que llegan al extremo de espiar a los niños en los colegios e imponer el exterminio del idioma español…Con todo eso, y con más, hay quiénes tienen los “güevos” de decir que estos últimos 43 años han sido “los mejores años de nuestra historia” gracias a la Constitución “que nos hemos dado”.

Con un par.