Escribía el filósofo Franco Lombardi en 1960, que los historiadores del futuro podrían dejar sentado el que con la Segunda Guerra Mundial no sólo la historia de Europa en cuanto que historia universal llegó a su conclusión, sino que también tocó a su fin la forma de cultura que comenzara en Grecia hace más de dos mil quinientos años. Por supuesto, este juicio de Lombardi no es, en absoluto, representante de la “sensibilidad” de los hodiernos (y, muchas veces, hediondos) estudiosos de la cultura contemporánea.

Pero esa reflexión, pergeñada y desarrollada ya entonces, y compartida hoy por algunos pocos, nos indica que los certificados de autopsia —no ya decadencia— de Occidente no son, en absoluto, emanación particularista de nuestro presente, pese a que muchas veces se exhiba este género de pensamiento con el papel celofán de la novedad. Dos grandes generaciones, la de fin de siècle, y la de la segunda posguerra mundial, nos suministran munición a los pesimistas con el rumbo de nuestra época no sólo nutritiva para un discurso reactivo al presente, sino también instructiva para escapar del adanismo que implica percibirnos como los primeros que experimentan, en las entrañas de la propia consciencia, el fin de los tiempos.

Los hombres más lúcidos, a izquierdas y derechas, que asistieron biográficamente a ese espectacular crepúsculo del espíritu que fue la Segunda Guerra Mundial, perdieron toda esperanza futurible. El mundo no volvería a ser anímica, poética, filosóficamente habitable. Adorno rubricó la muerte de la poesía después de Auschwitz, mientras que Nicolás Gómez Dávila desarrolló una obra escoliasta en la que canta, como un Homero del siglo XX, el derrumbe de la muralla que sostenía en pie la vieja civilización, sólo ya defendida por un exiguo pelotón de troyanos. Pero aquel cataclismo total no podía sorprender sino a los incautos, pues los dos conflictos bélicos mundiales fueron el resultado terminal de la implosión de diversos eones (materialismo, cientificismo, capitalismo) que venían siendo propulsados en el teatro de la Historia desde que los ingeniasen los comediantes de la Ilustración (proseguidos y exasperados por sus sucursales herederas en la contemporaneidad, a saber, liberalismo y socialismo).

Ernesto Sábato se nos ofrece como perfecto paradigma de ese intelectual incauto, estupefacto ante las consecuencias/cadalsos de los tronos/causas que tiempo antes había apoyado. En su, por lo demás, magnífico texto Hombres y engranajes, de 1951, expresa en algunas memorables páginas un desengaño generacional, padecido por todos aquellos hombres de moral no absolutamente destruida que, no obstante, alimentaron sus ilusiones con los mitos del progreso, ese genuino cannabis del sacerdote laico, del intelectual moderno: “El mundo cruje y amenaza derrumbarse, ese mundo que, para mayor ironía, es el producto de nuestra voluntad, de nuestro prometeico intento de dominación. Es una quiebra total. Dos guerras mundiales, las dictaduras totalitarias y los campos de concentración nos han abierto por fin los ojos, para revelarnos con crudeza la clase de monstruo que habíamos engendrado y criado orgullosamente. Ha llegado el momento de decir adiós al siglo XIX, a ese maravilloso siglo XIX, con Stephenson y su máquina de vapor, su electricidad, su pujante economía capitalista, su optimismo cósmico. Ese siglo en que todos los males de la humanidad iban a ser resueltos mediante la Ciencia y el Progreso de las Ideas; en que se ponía a los hijos nombres como Luz y Libertad, y en que se constituían bibliotecas de barrio llamada Músculo y Cerebro. No me río de algo tan entrañablemente unido a mi infancia y adolescencia: más bien me sonrío con esa irónica ternura con que miramos las viejas fotografías de nuestros abuelos”.

No obstante, existieron en ese mismo siglo darwinista, positivista y secularizado, algunos hombres despiertos de mente y de intuición que no participaron de esa “Agenda 1945”, cuyos pines se lucían desde las décadas finales del diecinueve. Fueron los visionarios de la época, todos aquellos que la prensa bautizó burlescamente como “decadentistas”, y es que a las élites culturales siempre les ha gustado reírse de quienes no comulgan con ellas. “Decadentista” jugaba más o menos, para 1880-1914, el papel semántico que hoy opera el de “negacionista” en un contexto muy distinto en algunas cosas y esencialmente semejante en otras: decadentista era aquel descerebrado que negaba una realidad oficialmente divulgada y popularmente suscrita, en apariencia impepinable. Y es que, en lo visible, sí que parecía empezar a domeñarse a la naturaleza como jamás se hubiera soñado, y el maquinismo y la pluralidad de inventos y de recursos para una superior confortabilidad doméstica, higiénica y laboral surtían, desde luego, fundamentos innegables a la sospecha desdeñosa para con quien no viera todo aquello con perspectiva entusiasta. Pero el negacionismo de estos hombres consistía, precisamente, en no admitir que en eso consistiera el progreso. Y vieron en tal equívoco un síntoma de desarreglo espiritual peligrosísimo, una degeneración moral que principiaba tímidamente la destrucción del propio concepto de hombre a la que asistimos hoy. Había que ser muy audaz para no extasiarse ante la inminente salvación, a merced de la ciencia positiva, del individuo y de la sociedad en conjunto (la sociología emergía por entonces como una auténtica “física social” que pretendía solventar, imitando el proceder de la ciencia tradicional, cualquier desequilibrio colectivo), para no compartir el optimismo político de la democracia liberal y económico del liberalismo capitalista, para mirar con escepticismo los “avances” maquinales y el “cambio” en las mentalidades populares, ya tendentes a consumir cualquier producto ideológico que se les arrojase desde el poder o la influencia de turno. El decadentista trocaba el asombro y la esperanza imperantes por repugnancia y negación, presintiendo la noche oscura que se cernía sobre el alma europea, y en poemas desolados y turbadores, o en pinturas evasivas y, no obstante, plenas de recursos nuevos y antiacadémicos, o en novelas-río que hacían crónica de la miseria invisible de los tiempos daba cuenta de la corrupción de la ciudad, de la virtud y de la religión.

Hogaño, la crítica cultural admira a algunos de estos que fueron tachados en su tiempo de excéntricos y desnortados, pero no sabe colocarlos justamente en las coordenadas que explican y fundamentan sus imaginarios, que no son otras que las del pensamiento antimoderno. Así, por ejemplo, Baudelaire es habitualmente presentado como un padre de la modernidad, pues su amoralidad estética ha bastado a los estudiosos woke para sostener que representó un avant la lettre del libertinaje de temas y formas, un justiciero por la libertad de expresión artística (recordemos que Baudelaire tuvo problemas con la justicia por su estetización de las lesbianas, de la prostitución y del consumo de hachís).

Hay en esto una confusión muy postmarxista y, en general, postmoderna, entre lo estético y lo político: ciertamente, Baudelaire fue un vanguardista de lo primero, pero no hay contradicción con ser, en lo segundo, como en su caso, un completo regresivo. A mi parecer, lo que hay es un acierto de primera magnitud, una capacidad de integrarse en el meollo de la época para destruirla desde dentro. Baudelaire fue simultáneamente el más fértil discípulo de Joseph de Maistre y un hombre que se tiñó el pelo de verde. No imaginamos a De Maistre haciendo eso, ciertamente, ni escribiendo poemas lesbianos; pero no hay doblez ni esquizofrenia en ello, sino una coherencia de genio. Joseph de Maistre era un hombre del mundo dieciochesco, y Baudelaire era ya un hombre irremediablemente moderno. Su pelo verde quería ilustrar, en un gesto que se adelanta a la performatividad de la vanguardia más avanzada, la disconformidad radical que albergaba respecto de su propio tiempo, aprendida de su maestro Gerard de Nerval, que paseaba a una langosta por las calzadas de París para desesperación de los conductores y de otros transeúntes, como gesto de protesta ante la tiranía de la prisa.

Su teoría y vivencia de la vida bohemia representa en la historia de lo estético la inauguración de lo punk y contracultural, pero hay que redescubrir que los orígenes ideológicos de esa actitud ante lo establecido son, frente a lo que pudiera pensarse, netamente reaccionarios: la creación de respiraderos de libertad imaginativa y creadora es la contraparte necesaria de la voluntad de dar la espalda a la mediocridad y planicie de un mundo que ha sido desacralizado y convertido en una jaula de hierro, en metáfora de Max Weber.

Apenas conozco retrato más duro de los tiempos modernos que el que hace Baudelaire en sus Diarios íntimos. La cita es larga, pero merece la pena enmarcarla: “El mundo va a terminar. La única razón que tendría para durar, es que ya existe. Qué débil es esta razón, comparada con todas aquellas que anuncian lo contrario, principalmente con ésta: ¿Qué tiene que hacer el mundo de aquí en adelante bajo el cielo? — Porque, suponiendo que continuara existiendo materialmente, ¿sería su existencia digna de tal nombre y del Diccionario histórico? Yo no digo que el mundo quedará reducido a las razones y al desorden grotesco de las repúblicas sudamericanas, ni que volveremos al estado salvaje, yendo, fusil en mano, a buscar el alimento, a través de las ruinas y malezas de nuestra civilización. No, porque estas aventuras supondrían aún cierta energía vital, eco, de las primeras edades. La mecánica nos habrá americanizado de tal modo, el progreso habrá atrofiado tanto en nosotros toda la parte espiritual, que nada, entre las fantasías sanguinarias, sacrílegas o antinaturales de los utopistas, podrá compararse a sus resultados positivos. Pido a todo hombre que piensa me muestre lo que subsiste de la vida. La imaginación humana puede concebir, sin esfuerzo, repúblicas u otra clase de Estados comunales, dignos de alguna gloria, si están gobernados por hombres ungidos, por ciertos aristócratas. Pero la ruina o el progreso universales no se manifestarán por medio de las instituciones políticas, sino por el envilecimiento de los corazones. ¿Tengo, acaso, necesidad de decir que lo poco que quede de política se debatirá entre los brazos del embrutecimiento general, y que los gobernantes, para sostenerse y crear un fantasma de orden, se verán obligados a recurrir a procedimientos que harían estremecer a nuestra humanidad de hoy, ya tan endurecida? — Entonces, el hijo huirá la familia, no a los diez y ocho años, sino a los doce, emancipado por su precocidad ambiciosa; la huirá, no para ir al encuentro de aventuras heroicas, no para libertar una beldad prisionera en una torre, ni para inmortalizar con sus pensamientos sublimes una pobre buhardilla, sino para poner un comercio, para enriquecerse y hacer la competencia a su infame papá, fundador y accionista de un diario que derramará las «luces», haciendo que se considere a El Siglo de esa época como un soporte de la superstición. (…) Condenará todo, excepto el dinero, todo, incluso los sentidos. Entonces, lo que se parezca a la virtud, ¿qué digo?, todo lo que no sea entusiasmo por Plutón será considerado como cosa ridícula. La justicia, si en esta afortunada época puede existir aún una justicia, sancionará a los ciudadanos que no sepan hacer fortuna”.

Baudelaire, por antimoderno, adelantó en cien años a Sábato. Sábato, que había sido marxista, se liberó de la ideología, como tantos otros, sólo después de ver las carnicerías morales y físicas que dejó la guerra, y la cultura reducida a un erial con tantas humaredas y rotos como Dresde. Son legión los que siguen viviendo en términos mentales de aquella mitología progresista que empezó a construirse en el XVIII, y lo que es peor, son muchos los que siguen haciendo negocio y tiranía de ella. Pero los nostálgicos, los neorrancios (acaba de tirarse en España un libro con ese nombre, que busca estudiar tal perfil, su composición de insecto ideológico), son los que presentan oposición a esa chatarra anticuada y refutada una y mil veces por los acontecimientos, los que se niegan, en fin, a celebrar los avances técnicos totalizadores de la maquinaria destructiva de una vida buena. Baudelaire no es nostálgico porque no ha conocido un mundo al que merezca la pena regresar. Sábato, en cambio, contempla con melancolía su pasado lleno de equívocos, y en el fondo, desearía no haber perdido la virginidad de su fe profana. Está peleado no tanto con esa fe, sino con la Historia, por habérsela arrebatado. La nostalgia es el sentimiento que le queda al progresista cuando ve fracasar la revolución. El antimoderno, como Baudelaire, es necesariamente vanguardista porque no ha conocido lo no-moderno.

 Pero, ¿cuál es entonces el progreso, en qué debiera consistir un programa progresista? Porque, ¿quién en su sano juicio repudia semejante palabra, que hace resonar en la cabeza acordes cálidos y benéficos, de evolución y superación de un estadio inferior previo? Baudelaire, ese gran espíritu, nos da la pista: “la teoría de la verdadera civilización no está en el gas, ni en el vapor, ni en las mesas giratorias. Está en la disminución de las huellas del pecado original”.