Disfrazado de política y con los mismos usos y estrategias que ejercería un delincuente común. Los complejos impiden que nuestra democracia sepa distinguir el delito si proviene de la voluntad de las urnas. Con el fraude integral Sánchez, ni eso. 
 
Que nos falta mucho por ver de la putridez de este grupúsculo que arrasa con engaños desde el gobierno secuestrado es evidente, cuando han sido capaces de ocultar un informe desfavorable del Consejo de Estado para manipular la decisión de la llegada de los fondos europeos con expreso engaño a la oposición. Nada escandaloso si han ocultado con absoluta carencia de conciencia el método de aniquilación eutanásica y el número de fallecidos. Si repasamos el listado de aberraciones desde que se apoltronaron con fullerías, no poseen límite moral. 
 
Estamos equivocados aceptando que las innúmeras trapacerías de un evidente estafador adueñado de los recursos del Estado, forman parte del lógico devenir de la política. Somos responsables por aceptarlo. Más responsables todavía que nosotros, como ciudadanos de a pie incapaces de organizarnos en multitudinaria protesta, son los que lejos de velar por el juego limpio han aceptado las nuevas reglas del juego sucio sanchista. Los hay más responsables, aunque bajo nuestro influjo la pasividad forma parte del instinto autodestructivo, viendo cómo destrozan todo sin mostrar un ápice de dignidad solidaria para con nosotros mismos. No evitemos exonerarnos de la culpa por no saber reaccionar ante una invasión lesiva de todos y cada uno de los aspectos de supervivencia como ciudadanos y conjunto de país, antes bien deberíamos repartirla con nuestros representantes políticos que no hacen bien su trabajo. La primera premisa para enmendar los errores encadenados debería ser la unificación de una resistencia inteligente y solidaria, priorizando como urgente parar la demolición y la segunda, en la misma línea de importancia, no confiarse y tratar a Sánchez e Iglesias como si fueran consumados estafadores, con tretas delictivas, cuya impunidad estriba en el control judicial y la intoxicación de los estamentos tal y como haría cualquier delincuente común si pudiera disfrazar de política la intención criminal. Meros delincuentes comunes.