El 18 de octubre de 2021 quedará como una fecha histórica para Trieste. Será el aniversario de un día de furia. Sólo que la furia no ha sido la de un trastornado como William “Bill” Foster, personaje de la conocida película de Joel Schumacher, sino la de las instituciones republicanas italianas que se autodenominan democráticas.

Nunca pensé que en mi vida me vería obligado a ser reportero de escenas surrealistas, de las que fui testigo presencial.

Sobre las 10.00 de la mañana llegué al ya famoso muelle 7 de la puerta 4 del puerto de Trieste, que desde el 15 de octubre está ocupado por los portuarios que participan en la huelga contra el green pass. Ellos decidieron ejercer su derecho constitucional, sin impedir el acceso a sus compañeros que no compartían los motivos de la huelga, y sobre todo sin impedir el tránsito de los medios de transporte. Este es un punto importante porque todos los ciudadanos comunes provenientes de toda Italia que decidieron solidarizarse con los portuarios, no impidieron ninguna de estas actividades. Esta es una circunstancia que pesará en la conciencia de aquellos que dieron la orden de intervenir contra éstos con una brutalidad cuyo precedente es difícil de encontrar incluso en las dictaduras más atroces.

He visto con mis propios ojos a gente absolutamente pacífica, trabajadores absolutamente tranquilos, mujeres con carritos de bebé, personas mayores, gente sentada en el suelo, hombres y mujeres muy normales casi fuera de contexto en una manifestación de huelga. Incluso había un grupo de devotos de Medjugorje rezando cerca de otros que hacían meditaciones de yoga. A pesar de todo esto, había un despliegue desproporcionado de policías y de vehículos en las puertas del puerto.

En un momento dado, de repente, se oyó el sonido lúgubre de las sirenas de decenas de furgones policiales. Inmediatamente después, se lanzó el primer chorro de agua desde los cañones apuntando hacia arriba. Fue como si hubiera explotado una bomba de agua, una gigantesca ducha colectiva. Sólo después me di cuenta de que se trataba de un aviso. Unos segundos después, los agentes bajaron sus mangueras y dispararon a la altura de los ojos. Y fue entonces cuando se desató el infierno. He visto a gente que literalmente salía volando por la violencia del chorro de agua. Muchos cayeron al suelo sin sufrir daños importantes, pero tres o cuatro tuvieron que ser cargados en una ambulancia y llevados al hospital. Fue impresionante la escena de un hombre que consiguió permanecer sentado con las manos levantadas al cielo, a pesar de la violencia del agua. Quién sabe por qué me recordó al muchacho chino que logró detener el tanque en la plaza de Tiananmen. La diferencia es que él consiguió detener al soldado comunista, mientras que nuestro pacifista no llegó a conmover los corazones de los celerinos (agentes de un cuerpo policial) italianos. Porque después del agua vino la carga.

La escena que más se me quedó grabada es la de una mujer embarazada golpeada en la nuca. Una violencia gratuita que no se detuvo ni siquiera frente a una vida naciente. Me pregunto qué clase de sociedad es la que llega a legitimar semejante acto por parte de personas que se supone representan a las instituciones públicas. Pero eso no fue suficiente para la policía del puerto de Trieste. Tras la carga, llegó el turno de los disparos de gases lacrimógenos. Las descargas fueron mucho más largas de lo necesario y alcanzaron a personas que estaban más alejadas de los lugares de los enfrentamientos y que hablaban tranquilamente entre ellas. Incluso fueron alcanzadas algunas casas municipales, y hasta una escuela. Aquí la escena que más me impactó fue la de unos niños llorando y tosiendo a causa del gas.

 

Hay que considerar tres cosas. En primer lugar, lo que resulta incomprensible y absolutamente injustificable es el motivo de esta acción tan brutal. Repito, los ciudadanos que protestaban junto a los portuarios no impedían el acceso ni a otros portuarios que querían ir a trabajar, ni a los camiones u otros medios de transporte. Si se bloqueó la actividad del puerto, se debió única y simplemente a la abstención de los trabajadores portuarios, y no al pueblo indefenso que se solidarizaba pacíficamente con ellos. Ha sido una violencia absolutamente gratuita e innecesaria.

 

En segundo lugar, si un marciano hubiera presenciado lo que ocurrió en el puerto de Trieste el 18 de octubre de 2021, habría pensado que Italia está gobernada por una dictadura brutal, cuyo gabinete incluye a un despiadado y férreo ministro del Interior. Ciertamente no la Dra. Luciana Lamorgese, dócil cordero ante los bandidos de los Rave Parties, y temerosa de los personajes al estilo de Giuliano Castellino.

 

La tercera consideración se refiere a la Iglesia Católica. El silencio y la falta de condena firme de lo sucedido fueron clamorosos. Ciertamente, si en la época de Solidarnosc los sacerdotes y obispos polacos hubieran reaccionado a los sucesos de los astilleros de Gdansk como sus actuales hermanos italianos han reaccionado a los sucesos de Trieste, es probable que tendríamos todavía al general Wojciech Witold Jaruzelski en el poder. O uno de sus sucesores.

 

Nota sobre el autor: 

Gianfranco Amato, nació en Varese en 1961 y se licenció en Derecho en la Universidad Católica del Sagrado Corazón de Milán. Trabaja como abogado desde 1988 y participa activamente en el campo de la bioética. Columnista de Avvenire, colabora con Studia Moralia (revista científica del Instituto Superior de Teología Moral 'Accademia Alfonsiana' incorporado a la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Lateranense), y con la revista 'Orientamenti Pastorali' del COP Centro Orientamenti Pastorali. También colabora con el diario "La Croce", con CulturaCattolica.it, con "La Nuova Bussola Quotidiana", con la revista "Il Timone" y con otros periódicos católicos. Es el presidente nacional de la organización Giuristi per la Vita. Es miembro del Comité "Defendamos a nuestros hijos", organizador del Día de la Familia celebrado el 20 de junio de 2015 en Roma. Fue uno de los fundadores de la Asociación Ciencia y Vida, con sede en Grosseto, de la que actualmente es presidente. Es miembro del Comité Directivo de la Fundación Novae Terrae. Es Caballero de la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén y Delegado de la Delegación de Grosseto de la misma Orden. Es miembro y asesor jurídico de la organización británica CORE Comment on Reproductive Ethics, con sede en Londres, en cuyo nombre colabora en diversas acciones legales sobre cuestiones de bioética. A nivel internacional, colabora con la organización estadounidense A.D.F. Alliance Defending Freedom, de la que es abogado aliado, compuesta por abogados que se ocupan de cuestiones relacionadas con la libertad religiosa y la bioética. Es la representante italiana de la organización internacional Advocates International.

 

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