Señora Calvo, paisana, como la veo a usted muy preocupada buscando la "formula legal" para cerrar la Fundación Franco se me ha ocurrido una idea que le puede servir para conseguir su democrático objetivo.
               Le envío la carta que el fascista Agustín de Foxá le escribió a su hermano desde Francia contándole lo bien que se vivía en el Madrid demócrata y la pena que le había producido tener que dejarlos solos en plenas vacaciones y con el Manzanares abarrotado de bañistas.
             Le ruego que la lea con atención y después me diga.
 
 Querido Jaime:

Guéthary, 12 de septiembre de 1936

 

Querido Jaime: Al fin he pasado la frontera después de 48 días de infierno en Madrid. 

El día 21 de julio estuve a punto de ser fusilado. Eran las cuatro de la tarde cuando oí gritos y blasfemias en la escalera y empezaron a golpear la puerta con las culatas. Di orden al ama que abriera y entraron ocho facinerosos que me apuntaron. El jefe me puso el revólver en el pecho y dijo que me habían visto disparar por el balcón y que iba a ver lo que me pasaba. Cuando estaba en esta situación trágica subió una mujeruca desgreñada, con un lazo rojo, gritando: «Este es, camarada, yo lo he visto». Naturalmente me di por muerto. 

Afortunadamente llevaba mi nombramiento de cónsul en Bombay con la firma de Barcia, y les dije que yo era un escritor que había conocido a Barcia en la redacción de El Liberal y que se me daba aquel sueldo de 75.000 pesetas para premiar mis servicios al Frente Popular. Aquello les impresionó algo y empezaron un registro que duró cuatro horas. Figúrate mi espanto cuando llegaron a nuestro cuarto y vi que sobre el armario quedaban unos cien «No importa» y otros folletos de Falange. Si los llegan a encontrar a estas horas tu honorable hermano estaría criando malvas en el húmedo terreno de la Casa de Campo. 

La vida en Madrid es espantosa. Ya han fusilado a más de 12.000 personas. Aparecen los cadáveres en las tapias del cementerio, en los alrededores de la plaza de toros de Tetuán, en los altos de Maudes y en la Moncloa, como en 1808. Se oye comúnmente decir «ayer en el solar de al lado de mi casa aparecieron dos. Debían ser señoritos porque tenían los dientes de oro». En la pradera de San Isidro, las hijas de los chisperos y las manolas acuden a las cuatro de la mañana para ver los fusilamientos rodeadas de sus críos. Cuando el reo dice una frase arrogante, le aplauden como si diera una bella verónica. Al hijo de Güell le dieron una gran ovación porque murió gritando «Viva Cristo Rey». A los cobardes les silban como a los toros mansos. 

Se han apoderado de todos los palacios y los han convertido en radios comunistas o en ateneos libertarios. En el Círculo de Bellas Artes funciona la gran checa roja (qué bien vendría una bomba de aviación). Un tribunal grotesco, en mangas de camisa —risotadas y cajas de cerveza—, juzga sobre la vida y la muerte en medio de un bazar de hogares violados (allí alfombras, armas antiguas, joyas, mantones de Manila y Cristos de marfil). 

Las primeras noches todos los grandes palacios tenían encendidas las arañas, como si dieran un gran baile trágico. 

Por las calles los coches de la FAI, terribles, ocupados por bandidos, flameando la bandera pirata, roja y negra, sobre los faros. 

Me he mudado cuatro veces. Unos días los pasé en casa del tío Juan hasta que una madrugada vinieron por él. Fue una salida trágica a la luz verdosa del alba entre grupos que nos daban el alto y en un coche de la policía. Lo detuvieron porque un amigo estúpido de Córdoba dijo, por radio, que se comunicara al número de su teléfono que la fábrica de esmaltes funcionaba normalmente. Creyeron que esto era una clave. Estuvo un día, y como las milicias habían metido pistoleros entre los detenidos, pasaron una noche de horror esperando el tiroteo. Muchos se confesaron con los curas que había detenidos. Al fin lo soltaron y ahora está con tía Sara y José Luis en casa de la tía Martina. 

Allí viví también unos días logrando hacer una especie de ficción jurídica, pues conseguimos que a José María le dieran en el Ministerio un carnet de agregado diplomático, con lo cual izó la bandera argentina y puso la placa de la Embajada. Una noche, sin embargo, las milicias tirotearon su coche y quisieron asaltar el hotel. Mientras pugnaban por entrar, yo telefoneé a la Dirección de Seguridad y al encargado de negocios argentino. Al fin les convencieron y nos dejaron. 

Hace veinte días una radio comunista se incautó de la casa de Atocha. Llevaron a Bellas Artes las joyas de mamá y armaron la gran juerga emborrachándose con el vino de Lanciego. Subieron unas putitas (llamadas enfermeras o milicianas) a las que vistieron con los trajes de noche de mamá. Uno de ellos se puso mi uniforme diplomático y bailó con él. Luego se acostaron con ellas en nuestras camas. Aún siguen allí; han abierto todos los armarios, leído todos los documentos y, hace poco, se incautaron también de la casa de Ibiza. 

Iban a matar a papá y a uno de nosotros. Se hartaron de decir que ya sabía aquel marqués lo que se hacía al irse al extranjero, porque tenían una ficha terrible contra él y uno de sus hijos, que era fascista. 

Los últimos días dormí en el Ministerio. El aspecto de Madrid era trágico, por miedo al bombardeo. Los faroles de gas estaban pintados de azul, así como las luces de los tranvías. Al atardecer venían los aviones. No te puedes imaginar lo que ha contribuido esto a bajar la moral del pueblo. Lo importante es que se intensifique. Los sitios mejores de bombardeo serían la plaza de toros de Tetuán, el Círculo de Bellas Artes, el palacio de Villapadierna, frente a Correos, y el Teatro de la Ópera, donde han almacenado enorme cantidad de explosivos. 

No ha quedado un cura ni una iglesia. La nuestra ardió en los primeros días. En la iglesia de San José han vestido al Niño de la Bola de miliciano; en Santa Cruz hay un centro gastronómico. Es todo un símbolo del marxismo materialista; sacos de patatas y jamones en los altares de los arcángeles. En la iglesia del Carmen se exhiben las momias de los frailes en posición obscena sobre las de las monjas. 

Hay, al día, de ochenta a cien fusilamientos. 

Necesito que me hagas un favor. Ya sabes que, antes de la revolución, me destinaron a Bombay. Después me dejaron «en comisión» en el Ministerio y últimamente, encontrándome muy en peligro, pedí al ministro que me dejara marchar a mi puesto. No puedes figurarte las intrigas que he hecho. Al fin me trasladaron a Bucarest y gracias a esto he podido salir de Madrid, vía Valencia-Barcelona. 

Ningún diplomático de Madrid ha presentado la dimisión. Hacer esto, en aquel infierno, era ser condenado a muerte. Al salir seis de Madrid, los compañeros nos exigieron palabra de honor de no dimitir, ya que ellos quedaban de rehenes. No podemos, por tanto, dimitir, pero es necesario que hagas llegar a la Junta de Burgos que de esos seis, cuatro, cuyos nombres daré oportunamente, vamos con el decidido propósito de boicotear por todos los medios al Gobierno de Madrid. Únicamente dimitiríamos si se nos mandara comprar armas. 

Ten cuidado con esta carta, no sea que te comprometa. Si es necesario, quémala. Ten mucho cuidado. Escríbeme al Hotel Guetharia. Aquí me enteré por monsieur Silvent de tu paso hacia España. Ten mucho cuidado y piensa que papá está enfermo, que eres su favorito y que cualquier herida que tuvieras a él le mataría. Ricardo ha corrido un terrible peligro. Yo lo saqué de su casa y lo llevé a la Embajada de la Argentina, donde está tranquilo. Han fusilado al padre Miguel, de los marianistas, y a los dos hermanos de Andrés Sáenz de Heredia. Supongo que Campos será uno de los héroes del Alcázar. 

¿Se sabe algo de José Antonio? Voy a intentar ir a Lisboa antes de llegar a Bucarest. 

Dale un fuerte abrazo al tío Felipe; sus requetés se han portado en Irún. 

Escríbeme largo y tendido sobre lo que pasa por ahí y dame noticia de los amigos. Mi impresión es que el triunfo militar es indudable. Ten mucho cuidado; cumple, pero no hagas tonterías. 

Un fuerte abrazo. 

Agustín

P. D. Los otros diplomáticos afectos son: Ramón Sáenz de Heredia, R. Martínez Artero y Ángel Sanz Briz."

 

 Por la transcripción JULIO MERINO