La voz popular, la que se distingue por ser sana, trabajadora y experta, dice: «Con Franco, pan y tajo; con los rojos, hambre y piojos». El paro, con Franco, o no existía o era una excepción; ahora, con los frentepopulistas y sus cómplices, es un destino. Con realidades así, con verdades así, y con otras muchas similares, es fácil defender el franquismo, dejando en evidencia, de paso, a sus difamadores. VOX debería hacerlo. La cuestión que algunos se plantean es: ¿sabe hacerlo, puede hacerlo, quiere hacerlo?

 

Toda sociedad saludable debe reconocimiento profundo a quienes amplían su libertad. Al contrario de lo que han venido haciendo los políticos antifranquistas de la casta, VOX, partido en el que muchos millones de españoles confían con razón y esperanza, debiera dedicarse prioritariamente a proteger y ensanchar la libertad de los españoles, reduciendo en consecuencia la ignorancia. Porque el ignorante no es libre.

 

Para los parásitos, los incendiarios, los resentidos, los pervertidos, los antiespañoles… Franco es malo porque era malo para el delito. Manipulando u ocultando la historia, a las izquierdas resentidas les ha interesado un posfranquismo que, alargado indefinidamente en el tiempo, diera lugar a un permanente debate para poder agitar de este modo el residuo a conveniencia. Todo lo contrario que el deseo de los escasísimos defensores activos de aquel período histórico, cuyo objetivo consistía en conseguir una definitiva reconciliación, una finalidad que, a la vista está, es de una candidez pueril, porque no es posible reconciliarse con el odio y con quienes lo encienden todas las mañanas.

 

Paradójicamente, y yéndose por las ramas para disimular, los chekistas tildan a Franco de tirano porque no convocaba elecciones cada cuatro años. Pues bien, ahora que sí se convocan, ninguna mente razonable podrá rebatir que considerar a comunistas, socialistas, separatistas y terroristas como luchadores a favor de la democracia significa un vil sarcasmo, además de una tomadura de pelo. Sin embargo, este mensaje ha calado en buena parte de la sociedad, que los vota. Y VOX no puede permanecer indolente ante este desatino.

 

Quienes desde sus cuevas de reptiles conmemoran jactanciosos a sus líderes - coetáneos o históricos- o se dejan subvencionar por ellos, quienes reconstruyen la historia a conveniencia, promulgan leyes totalitarias, ambicionan la propiedad ajena, cometen feticidios y perversiones varias, quienes asaltan iglesias, arrancan cruces y prohíben escritos que les inquietan y desenmascaran, se llaman a sí mismo demócratas, tildando de lo contrario a quienes se les oponen, porque aplican la ley del embudo y miran la realidad con un solo ojo, mientras ocupan la calle de todos y destruyen los bienes de todos con la prepotencia de la impunidad.

 

Y VOX, que por mostrarse como un partido razonable en medio de la sinrazón ha sido votado por gran parte de la España más crítica, ha de oponerse a esa patraña, esclareciendo la verdad. Expresando que, al contrario que a Franco, a los hispanicidas ni les importa el obrero, ni la propiedad privada, ni la ecología, ni las mujeres, ni los ancianos, ni el futuro de las pensiones, ni la familia, ni el bienestar social, ni la patria; eso es la gran mentira de su abyecta propaganda, la excusa para alcanzar el poder victimario que ambicionan, y con él la imposición de leyes liberticidas, así como el control de la caja, el oro del Banco de España que  históricamente roban y reparten entre sus adictos y sectarios.

 

Es un ejercicio de cinismo que los delincuentes políticos, que han hecho de la democracia su negocio, y de las tiranías más atroces sus modelos, insistan en que el franquismo fue una dictadura. Y que su argumento básico consista en que no había elecciones cada cuatro años ni partidos políticos al uso. Como si las elecciones y los partidos, según la experiencia democrática de nuestra Transición, no nos hubieran mostrado su amarga realidad: ser fraudulentas, aquéllas, y nidos de parásitos y ladrones, éstos.

 

¿De qué legitimidad democrática pueden jactarse quienes hacen de la voluntad popular un mercado y de sus prebendas personales un programa electoral? ¿De qué democracia pueden presumir quienes exhiben hasta la saciedad conversaciones de pícaros, marrullerías barriobajeras, relaciones mafiosas y aferramientos deshonrosos a los sillones de mando?

 

Cuando los tres poderes carecen de independencia, cuando el ciudadano libre no puede acudir a las urnas con la seguridad de que su voto no va a trampearse o no se va a traficar impunemente con él, es obvio que no se puede hablar de democracia, sino de ilegalidad. Pero ésto, que es lo que enseña, no ya el derecho o la ética sino el sentido común, le resulta indiferente -o le complace- a la mayoría de los electores españoles. Y de paso, a la mayoría de quienes obtienen su salario integrados en las instituciones. VOX debiera condenar sin reservas este sistema corrupto que se mantiene y se afianza. Esta indecencia y este desafuero incomprensibles para cualquier persona normal, para cualquier sociedad sensata.

 

En la democracia que yo he conocido me he hartado de contemplar a los políticos besándose en la boca unas horas antes de arrastrarse de los pelos como verduleras, actitud que se recrudece en los días previos a la celebración de elecciones, donde unos y otros se afanan en quitar a compañeros y adversarios los momios de rigor. Estas vergonzantes evoluciones, estos ávidos chalaneos, evitadas durante el franquismo, se llevan ahora a cabo mientras la putrefacción sube desde el fondo de la sociedad hasta taparnos los ojos.

 

Y así llega un momento en que ya no vemos, pero olemos y gustamos. Y es mierda. Porque esta democracia que tanto patrocinan los antifranquistas que se lucran con ella, es una máquina que tritura excrecencias de todo tipo, desde archivos plagados de pactos inculpatorios y basura vecinal común, hasta carne de perros muertos, sin desechar los órganos indefensos de miles de nasciturus. A mis ojos es un horror, una representación terrible en un escenario abominable. Pero salgo a la calle, miro a uno y otro lado, y sólo veo a gente rutinaria que parece insensible ante el esperpento de este estercolero.

 

VOX no debiera participar en la demagogia partidocrática halagadora de la plebe, sino despertar las conciencias de la inerte muchedumbre, oponiéndose a que prosiga el espectáculo, porque la mayoría, salvo que alguien honrado desde las instituciones denuncie con firmeza la función, continuará votando a sus queridos demonios. La realidad nos dice que, en esta supuesta democracia nuestra no hay demócratas, sólo partidos políticos más preocupados por su propia subsistencia que por el engrandecimiento del país. Algo inexistente en el franquismo.

 

Durante este casi medio siglo de tramposa partidocracia, la convivencia se ha ido deteriorando paulatinamente, porque los sucesivos gobernantes han desprotegido o corrompido a la educación y a la justicia, mimbres esenciales en los que debe basarse el progreso y la seguridad de cualquier sociedad unida y solidaria.

 

La nación española, abducida por la ideología dominante, y con la sumisa aquiescencia de la supuesta derecha, ha ido elevando sus índices de pérdida de identidad, de paro, de corrupción, de fracaso escolar, de rupturas matrimoniales, de abortos, de violencia doméstica, de delincuencia, de drogadicción, de dependencia internacional, de desprestigio judicial, de humillaciones al idioma común, de balcanización, de incultura, de desánimo social, de insolidaridad…

 

VOX debiera difundir que este lodazal, que se ha venido formando a lo largo de casi medio siglo, ha sido creado por antifranquistas de pura cepa. Y sacar las correspondientes consecuencias.