Santidad: en su misión de guía de la Iglesia de Jesucristo ha tenido la ocasión de escuchar a la teóloga Cristina Inogés en su discurso de inauguración del Sínodo de la Sinodalidad sentenciar con toda claridad que el celibato sacerdotal debería ser opcional, aunque haya que aceptarlo por ahora.

Dada la habitual y profusa manipulación del lenguaje, presentar el celibato como opcional encierra una gran mentira pues si se puede optar por un estado de vida, lo que no se puede es optar por las exigencias de cada uno de ellos, pues no la hay para el celibato sacerdotal como no la hay para la fidelidad conyugal. En el Huerto de los Olivos la pasión no fue opcional, sino que Cristo aceptó la voluntad del Padre.

No sé cómo no se da Vd. cuenta de que dividir a la Iglesia es imposible, ya que en tal caso una sola, la que asumiera toda la Tradición, seguiría siendo la verdadera. Y tampoco se trata de que tengamos que obedecer ciegamente, porque santos ha habido en la Iglesia que en su día fueron excomulgados.

No crea que saliendo a las periferias resolverá el problema de los sacerdotes infieles. Del mismo modo que la doctrina de la fidelidad opcional ha destruido ya el matrimonio, el celibato opcional destruirá el sacerdocio católico. Porque la fidelidad opcional en el matrimonio empezó con la tolerancia de la anticoncepción y ha conducido al adulterio opcional y ya no sabemos ni siquiera qué es el matrimonio. Día llegará en que los hijos que ya no pueden ni siquiera conocer a su padre se alzarán contra esta generación y la condenarán. Y el sacerdocio opcional está corrompido por el mismo veneno que se utilizó para corromper el matrimonio.

Amar no es buscar la felicidad sino dar felicidad. En teoría Vd. parece decirlo también así, pero parece que no cree que eso se pueda poner en práctica. El sacerdocio, igual que el matrimonio, se arruina cuando uno opta por buscar su propia felicidad. Dice san Francisco de Sales que el estado conyugal requiere más virtud que ningún otro y que es un perpetuo ejercicio de mortificación. Conviene predicar esto y no engañar ahora a los sacerdotes como se ha engañado ya a los que se van a casar.

El error de base está, en los dos casos, en pretender vivir la fe en Cristo a medias y no poner de verdad en práctica el total desprendimiento y la radicalidad de la decisión de servir a Cristo –en todos los casos- de tal modo que sea Cristo y no el amor propio de cada uno el que viva en nuestro interior. Tanto casados como sacerdotes, si quieren ser cristianos, tienen que poner en práctica lo que san Pablo nos enseña al decir que todo lo puedo en Aquel que me conforta.

Pero ahora según parece, en la Iglesia católica eso no es así, sino que se pretende que el cristiano lo pueda todo él sólo, eso sí, acompañado de otros tal y como aconseja la doctora de la sinodalidad Sra. Inogés. Pero esto convierte a Cristo en un mero “ayudante” nuestro como dijo certeramente el P. Rupnik, en una conferencia sobre La vida consagrada camino de belleza. Porque el P. Rupnik apuntaba certeramente al punto crucial del tema del compromiso del cristiano al preguntarse por la falta de vocaciones afirmando que hay ciertamente algo en nuestras comunidades de vida religiosa que no atrae, sino que repele. Los consagrados, tanto mujeres como hombres, estamos radicalmente comprometidos con el hombre de hoy, trabajando muchísimo, pero en todo esto no emerge la belleza. A las buenas personas se les aplaude, pero no se va tras ellas. Alguna cosa hemos perdido en el camino. Cuando se contempla el rostro de Cristo, se es insertado en unión con una persona que es divina, el Hijo de Dios. He aquí la belleza. No es una idea, no es la fuerza de alguna energía, ni una ley, ni un sistema, sino que es una persona con su amor. Esa es pues la única manera de comprender por qué es esa belleza y no nosotros con nuestras innovaciones, la que salvará al mundo.