El 21 de abril del 2002, la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas daban el tono de las dos décadas 2000-2020: el presidente del Frente Nacional, Jean-Marie Le Pen, se enfrentaba a Jacques Chirac, el enterrador del gaullismo social, un vasallo de la burguesía adinerada “orleanista”, llamada así por su apoyo sin fallo al reinado medio progre de Louis Philippe d’Orléans (1830 – 1848).

            Las asociaciones antirracistas – o más bien “racistas progres” – desfilaban por todo el país protestando en contra de Le Pen padre. Un hombre que supo estar en contra del tratado federalista europeo de Maastricht en el 1992 y también en contra de la inmigración masiva a partir de los años 1970. Pero que igualmente tuvo posiciones impopulares y polémicas; dicho esto, el tono de Jean-Marie Le Pen no era el de su hija y sucesora a la cabeza del Frente Nacional S.L. Está claro que ni uno ni otra han tenido voluntad de llegar a gobernar, y su servidor lo sabe de primera mano por haber sido asesor de Marine durante poco menos de un año.

            El entierro del Frente Nacional en su congreso refundador de marzo del 2018, donde cambió de nombre a Agrupación Nacional, también fue una oportunidad para cambiar de estrategia. Tras la salida de Florian Philippot del Frente Nacional en septiembre del 2017, ya se sentía un cierto cambio en el Carré[1]: criticar el sistema financiero y la sumisión de las naciones eurolatinas[2] a la Unión Europea se consideraba como un testimonio de marxismo-leninismo en el seno del partido en plena mutación. Florian Philippot, ex vicepresidente del Frente Nacional, era un personaje muy difícil con quien tener tratos cotidianos; no obstante, su posicionamiento abiertamente populista le daba un toque antisistema y social al Frente Nacional. Su salida condujo al fin de una cierta libertad interna para los que defendían un modelo soberanista y social.

            Tras esta salida, Marine Le Pen abandonó totalmente su oposición a la Unión europea federalista. El lepenismo ha pasado a ser un partido pro-euro (€), tal como lo justificó Marine Le Pen en enero del 2019: “Somos pragmáticos, no ideólogos”[3]. Cuando cualquier francés bien informado sabe que apoyar el euro no es ser pragmático, sino apoyar un sistema económico socialmente injusto bajo dominación alemana[4].

            A nivel internacional, Marine Le Pen y los suyos se convirtieron en lacayos del nuevo orden mundial cuyo único objetivo es desmantelar las naciones. El último 9 de marzo, el grupo de Le Pen en el Parlamento europeo llegó incluso a votar a favor de la inmunidad a Carles Puigdemont[5]; cuando este mismo día muchos diputados progres y liberales se abstuvieron ante tal asunto. Algo incomprensible.       

Hoy en día, el analista político auténticamente gaullista Pierre-Yves Rougeyron considera a Le Pen como “la única esperanza que tiene Emmanuel Macron” para llegar a ser elegido para un segundo mandato, lo cual es difícilmente negable. El odio a Le Pen es muy claro; desde la izquierda se la considera una antisocial y desde la derecha se la ve como una proletaria y una incompetente.

Diecinueve años después del 21 de abril del 2002, el identitarismo social francés busca otras figuras. La empresa Le Pen S.L. ya no cuela con las aspiraciones francesas. Marine considera que “el Islam es compatible con la República” y no participa en las manifestaciones con los chalecos amarillos. La fractura está consumida. El Frente Nacional new generation ha dejado de ser un partido populista para satisfacer a las élites económicas y periodísticas. Para los patriotas españoles, más allá de los pirineos, es Terra Nullius.

 

[1] Sede actual del Frente Nacional

[2] Italia, España, Portugal, Grecia y la parte Sur de Francia

[3] https://www.efe.com/efe/espana/portada/el-partido-de-le-pen-abandona-la-idea-que-francia-salga-del-euro/10010-3870273

[4] https://www.lavanguardia.com/economia/20190303/46794395472/cosecha-germana-euro-alemania.html

[5] https://www.elmundo.es/internacional/2021/03/09/60473f2cfc6c835f0e8b478c.html