La impunidad lleva décadas instalada en nuestras instituciones. Sería conveniente que alguien capacitado nos explicara qué planes existen para regenerarlas, para hacer frente a la irresponsabilidad que se ha adueñado de un modo de entender y practicar la política y la administración del Estado. Como de la casta política y de sus respectivos y sucesivos gobiernos no pueden esperarse sino desvaríos y atrocidades, y la esperanza en ellos está agotada desde hace decenios, sólo nos queda la opción de la Corona o del Ejército, para que, de una manera clara, directa y sencilla, se dirijan a la ciudadanía y le ofrezcan un punto de aliento y de ilusión en aras de un futuro cívico y libre.

El pasado día 6 fue la ocasión para ello. Una más. Pero también una vez más fue desaprovechada por ambas instituciones. Con lo cual todos los españoles de bien albergan la sospecha, si no ya la convicción, de que los milagros no existen y que, esa red institucional, en su conjunto, del rey abajo, se halla corrompida y, en consecuencia, envuelta en el más absoluto desprestigio, en la más sombría inanidad. Y convencidos, así mismo, de que se encuentran solos, abandonados por quienes están obligados a protegerlos, y que la única convivencia entre el poder y el pueblo consiste en la relación fiscal: tú me pagas y yo te cobro.

Pero entre el pueblo sano, y entre sus elites críticas, debiera ir formándose urgentemente la idea de que en todo contrato son las partes que intervienen sujetos de derechos y de responsabilidades, y que no se le puede exigir civismo y paciencia social a uno de los intervinientes si quienes lo acompañan en el pacto son consumados delincuentes, que incumplen por sistema sus obligaciones. La Transición, la democracia, la Constitución… España toda, constituyen un compromiso roto y pisoteado por las oligarquías que, ahítas de codicia y poder, han transformado el país en una finca particular, explotada para su provecho.

Repasando nuestra historia contemporánea es fácil saber dónde tienen su germen el delito, la incompetencia, la traición y el crimen que hoy nos asfixian. Y aunque los amos hayan tratado de recubrir su propaganda de un contenido ideológico de apariencia progresista e innovadora, en realidad se han limitado a repetir las ideas más vulgares y mostrencas, y las acciones más detestables, en aras de afianzar la estrategia y el pensamiento previamente establecidos, y de degenerar las instituciones preliminarmente mercadeadas.

La monarquía desleal, los políticos corruptos, la justicia venal, la educación doctrinaria, la información basura, la intelectualidad áulica, la sanidad irresponsable… los fraudes, los chantajes, los engaños, el abandono de los deberes deontológicos, la asunción de que el derecho del más fuerte atropella e invade los del más débil, esa atmósfera enrarecida que nos sofoca y que ha transformado la patria en una enfermedad moral. Porque los corrompidos ejemplos de los dirigentes han sido el instrumento necesario para degradar de paso a las muchedumbres.

Entre la masa crítica, sus elites debieran de una vez por todas enfrentar al pueblo con la realidad y con su responsabilidad en esta hora. De lo contrario, sus bienintencionadas tertulias reflejarán el reconocimiento de que no están en condiciones de levantar a una masa que se ha hecho conservadora de migajas, cobarde, acomodaticia y triste, y cuyo lema es «seguir de esclavos».

Reconocer que, aquí y ahora, nadie, con un mínimo de poder financiero o ejecutivo y no tiznado por la corrupción institucionalizada, es capaz de entender o hacer entender al paisanaje que el verdadero progreso de los pueblos se halla en la corresponsabilidad activa. Que el ciudadano es ahora sólo una mano asida a un móvil, una tecla de ordenador, destinado a desaparecer como clase media -lo mismo que desapareció el proletariado-, devastado por la confabulación entre el capitalismo irracional y el socialcomunismo execrable, ambos deshumanizados y satánicos.

Reconocer que España es hoy un reino dominado por el abuso, el capricho y el error, pesadillas que lo gobiernan a su antojo, sin piedad ninguna, ayudados por la demencia y el delito, que no cesan de blandir su látigo. Reconocer que lo mejor que hay entre los ciudadanos no se abre paso sino a través de mil penalidades, que hemos vuelto al linchamiento de los disidentes y virtuosos. Que la verdad no halla ocasión de manifestarse, en tanto que la zafiedad, los atropellos y las perversiones, al tiempo que lo incoherente y lo falso en el ámbito de las ideas y de las leyes, rigen sin pausa ni oposición.

Es amargo comprobar cómo la ineptitud y el odio pueden destruir en unas décadas un orden floreciente, una nación esperanzada; cómo las arquitecturas de un pensamiento débil y una mentira permanente pueden alzar el muro de la venganza sangrienta hasta ocultar todo limpio horizonte. Es obvio que este rencor de las izquierdas resentidas, junto con su acompañamiento cómplice, necesita que el sudor y la sangre de la multitud corran en abundancia para llevar a feliz término sus inicuos fines o para expiar sus faltas, su deforme naturaleza.

Y es obvio, pues, que nos hallamos frente a los incendiarios de siempre, frente a la maldad en estado puro. Y ese diagnóstico debe ser proclamado, difundido sin cesar entre la ciudadanía. Porque son ellos o nosotros, y porque todo está en movimiento. Hasta ahora, en ese movimiento, mientras unos pocos se han dedicado a meditar y otros pocos -apoyados en su red clientelar- a obrar, la inmensa mayoría ha ido y venido sin llegar a ninguna parte. Eso tiene que concluir. Los que meditan han de preceder y realizar, pasando a la acción y aislando a los destructores. España no puede ser una nación poblada por seres inútiles y atormentados, bajo las botas del odio y la demencia.

Es obligado iniciar un nuevo camino, y nos espera una tarea espléndida, abnegada e ilusionante, pero ¿hay alguien ahí?