Si siempre la monarquía ha representado la salvaguarda de la unidad nacional contra el peligro de la anarquía feudal, eso no ocurre ahora en España, donde las desleales autonomías -nuevas taifas o feudos centrifugadores- y sus hordas de sectarios políticos y ablandabrevas burocráticos, sin identificación alguna con el sentimiento patriótico, han resucitado el desorden y la ambición tribal, demostrando de paso que la corona, sin sustento ético, personalidad ni eficacia política, es sólo un florero expuesto a que la más ligera mudanza o la más sencilla redecoración de la escena lo arrojen a la buhardilla polvorienta o al vagón de los sobejos.

 

La rutinaria o folklórica adhesión al rey, que puede verse favorecida en épocas de prosperidad económica o de prestigio internacional, se viene abajo en coyunturas desfavorables, como la actual, en la que España es un títere en manos no sólo de las potencias mundiales, sino incluso de estados de tercera fila; sin duda porque la absoluta corrupción de su estructura estatal la convierte en una nación débil frente a los intereses extranjeros, que ven ocasión de apropiarse de su patrimonio, asaltar sus fronteras y aprovecharse de sus prerrogativas geoestratégicas.

 

Con esta monarquía, ausente de ejército, de justicia y de vigor educativo y social, vapuleada por la confusión institucional, por la indefinición de las jurisdicciones, por los privilegios de la casta política y por la propia inoperancia de sus coronados, no cabe extrañarse de que diariamente se entreguen a los adversarios toneladas de dignidad, es decir, de soberanía, y que dichos enemigos, socapa de aliados, puedan decir que el rey de España es el «rey de los traidores, de los clanes y de los borregos».

 

Si las monarquías o repúblicas occidentales, unificadas y conocedoras de sus objetivos y de su destino en la comunidad de naciones, pueden imponer a la política internacional o europea nuevas escalas de poder, las formas de Estado débiles y de tendencias centrífugas, como es hoy el caso de España, están incapacitadas para aportar nociones decisivas, de trascendencia ecuménica. Y no sólo ecuménica, sino incluso doméstica, como hemos comprobado estos últimos días -CNI y Gobierno mediante- con las inexplicables «escuchas».

 

En primer lugar, el arte de la diplomacia. Porque en un ambiente áulico venal, como el que se respira en nuestras cámaras ministeriales y palaciegas e incluso en las caballerizas clientelares, no caben las negociaciones patrióticas, que precisan de organización, vigor y sutileza, además de un conocimiento entrañable y profundo de la propia historia, y de la Historia.

 

Para realizarlas, los embajadores y su círculo de expertos no pueden deberse a ideologías de partido ni a intereses foráneos, sino estar rodeados de agentes, investigadores y observadores devotos de la patria, que traten de ganar partidarios en el campo enemigo, justo lo contrario de lo que nos ocurre, que, por tener la hostilidad, el resentimiento y la codicia en casa, somos nosotros los espiados y los atacados, incluso mediante la violencia de atentados sangrientos.

 

Es obvio que con los dirigentes que venimos padeciendo durante décadas, y con sus asesores correspondientes, elegidos gracias a méritos sectarios, amiguismos o nepotismos varios, es imposible estar preparado ni dispuesto a iniciarse en este juego en el que la profesionalidad, la habilidad y la inteligencia son primordiales.

 

Para coordinar una estrategia, para explotar eficazmente todas las informaciones recibidas y para redactar las instrucciones consecuentes se necesita una organización burocrática a prueba de minadores, oportunistas y enchufados. Y, sobre todo, hay que tener en cuenta el sentido que en cualquier Estado serio tiene la palabra «patria», inseparable del espíritu de sacrificio y de la idea de independencia y libertad frente a los oponentes.

 

Virtudes que hoy por hoy no se hallan al alcance de los traidores que ocupan las altas jerarquías institucionales españolas, más preocupadas por los intereses foráneos, personales y de partido que por el progreso y la libertad de España. Es obvio que la política no es sólo un problema de medios, de formas, de estilos o de ética, sino también de fines. Hoy parece que el camino a seguir es el del globalismo, dentro de un liberalismo capitalista y de un socialcomunismo en el que no cuenta justificación moral alguna. Algo así como la disolución de toda razón superior, de toda ética.

 

Pero, ahora que en los marcos de convivencia no entra la justicia ni la razón, entendidas desde un orden humanista y cristiano, las gentes de bien se oponen a esa visión castrante de la humanidad y del mundo. Los espíritus libres discrepan radicalmente de tal horizonte y se niegan a destruir o a alejarse de los tiempos en que los valores morales resultaban imprescindibles para cualquier proyecto de futuro.

 

Ese proyecto de futuro, ese prestigio y progreso verdaderos, exigen un Cuerpo diplomático y consular y un Centro Nacional de Inteligencia profesionales y patriotas, es decir, nacionales de verdad, e inteligentes. Todo lo opuesto a lo que ahora, con el PSOE, el PP y el resto de la casta política, padecemos y que, en consecuencia, nos está arrastrando al ridículo internacional, a la humillación y al desastre.