Leí por primera vez a José Antonio con dieciséis años, cuando cayó en mis manos un libro de cubierta naranja, Ediciones Rio. Tenía por título “Textos revolucionarios”, era una compilación de algunos de sus más célebres discursos.

Era por entonces yo un joven que, a la piedad por su patria, por su historia y tradiciones, unía una conciencia proletaria aguda; y que, en consecuencia, en el orden de lo político ansiaba encontrar una doctrina que hiciera complementaria la defensa de la identidad española con la protección de los trabajadores, en el contexto de la crisis económica de 2008 y sus dramáticas consecuencias para los españoles más humildes (no ha cambiado la necesidad de robustecer la nación, más menguada hoy que entonces, y de oponerse a la ruina económica del liberalismo globalista). Como no podía ser de otro modo teniendo en cuenta lo citado, quedé deslumbrado por las ideas joseantonianas. “Esto es, esto es”, pensaría yo al conocer su cosmovisión nacional y sindical a un mismo tiempo.

Al descubrimiento entusiasta de sus doctrinas se unió la fascinación que me produjo su figura personal: bello, dandy, de una apostura y rostro españolísimos, preservaba su retrato para mí un mágico y como ancestral encanto, dotado de una perenne juventud, de un clasicismo de bisabuelo platónico. Pronto me hice con tantos libros como pude sobre él y sobre su pensamiento, en el que fui descubriendo insólitos vislumbres de finura literaria, de sensibilidad poética, de genio publicístico e ideológico, de genuino arte para la composición de ideales sanos, edificantes, superiores. Recuerdo con especial cariño y viveza Un pensador para un pueblo, el clásico libro de Muñoz Alonso, genial prosista y filósofo, y también el del poeta Miguel Argaya Roca, Entre lo espontáneo y lo difícil: apuntes sobre lo ético en el pensamiento de José Antonio, verdaderamente profundo y recomendable para cualquier interesado en la savia, en la esencia de José Antonio; también recuerdo con cariño la novelesca Biografía apasionada de Ximénez de Sandoval, y el Hacia José Antonio, de Luys Santa Marina, uno de los ejercicios elegíacos más altos que han podido escribirse en la literatura española. Entre otros muchos textos a los que la estela de José Antonio me llevó. Qué decir del descubrimiento de Eugenio Montes, al que Salvador Dalí se refería en su tiempo como el mejor escritor vivo de España, y que hoy apenas nadie conoce; de Rafael Sánchez Mazas, cuyas poesías, artículos y novelas me fascinaron en sucesivos veranos; qué decir, en fin, de Giménez Caballero, el mejor heredero de D’Annunzio, el Ezra Pound español. Y del agudo Tomás Borrás, o del romántico y bellísimo Samuel Ros, del doncel Ridruejo, de Rafael García Serrano, de Luis Rosales, de Luis Felipe Vivanco, de Leopoldo Panero, de tantos líricos y estetas que nos dio la Falange. De haber nacido en Francia integrarían una sala aristocráticamente maldita del canon literario, en vez de, como aquí, habitar el más mediocre olvido.

En cuanto mi escaso dinero me lo permitió (cosa que llevó un tiempo considerable), acudí, poco después de mi dieciocho aniversario, a la sede de Plataforma 2003, en Alonso Cano -una fundación creada en el centenario de José Antonio-, para hacerme por fin con las obras completas de su editorial, sin duda la mejor y más flamante edición de estas. Las devoré como jamás he vuelto a devorar libro alguno, encontrando en esos dos gruesos volúmenes una ética y una estética que siguen delineando los contornos de las ideas que me seducen y de las formas que me identifican. En José Antonio aprendí tantas cosas de un modo tan profundo y cordial, que no puedo sino considerarle un amigo (qué pena no haberle conocido, no haber conocido hombres tan mayúsculos), pero también un maestro, un ejemplo de estilo y pensamiento consagrados a las latitudes más nobles del estudio y la acción.

En José Antonio aprendí que España no se justifica por ser una raza, ni por tener una lengua, ni por disponer de un territorio, sino por haber unido distintas razas, lenguas y pueblos en un destino universal; aprendí que la nación no es un contrato, ni un objeto patrimonial, ni un proyecto voluntarista ni democrático, sino una fundación irrevocable que hay que legar como depósito sagrado, y que la política ha de consistir en hacer entrega perfeccionada de esa heredad a los descendientes; que se puede decidir sobre lo tangencial y secundario, pero no sobre lo esencial y permanente; que el desmontaje del capitalismo es la más alta tarea moral a la que nos conmina nuestro tiempo, porque el capitalismo ha llenado el alma del mundo del amargo estupor del desengaño; que el nacionalismo es el individualismo de los pueblos, y que el patriotismo es una idea que ha de clavar sus puntales no en lo sensible, sino en lo intelectual. Aprendí que el catolicismo es más que un credo: una religión civil, una antropología, una forma histórica de estar en el mundo, y que ahora que el mundo se encuentra sin salida, asfixiado por los adelantos con que se humilla al hombre, la España clásica, la quijotesca, la solitaria antimoderna de los siglos XVI y XVII, vuelve a tener razón contra todos.

En José Antonio aprendí que la síntesis de lo bello es lo que posee una forma clásica y un espíritu romántico (eso fue su pensamiento, ésa su obra), que la política y la poesía tienen lazos misteriosos y profundos que las unen estrechamente, siendo así que cuanto más alta sea la política, más lo será la poesía, y que si es mezquina la primera, lo será también la segunda (que la política puede y debiera ser poética, y que la poesía alberga una virtud política, como la tuvo en nuestro Siglo de Oro). Pero para que valga la pena, el maridaje ha de ser sutil y natural, hacerse desde abajo, acompasados amorosamente el pueblo y los tiempos, lo antropológico y lo político. En José Antonio aprendí que los poetas son los descifradores del corazón de los tiempos, y por él leí a los Machado, a Alberti y Lorca, que él admiraba en cuanto que intérpretes del habla y el sentir populares de sus días, pero también por él leí a todos los que le siguieron, a los que cantaron su muerte en la famosa Corona de sonetos que los mejores de entonces le trenzaron. Gracias a José Antonio leí a Agustín de Foxá, y luego a Umbral, y me paseé (aunque sin aprender mucho, claro) por la cultura ensayística que le regocijó, de Ortega a Eugenio d’Ors, de Croce a Belloc.

En José Antonio aprendí que la política puede ser católica sin necesidad de nombrar a Dios, que el genuino católico invita, seduce con sus actos y con su ejemplo, sin necesidad de amartillar a los demás con sus categorías. Aprendí de él que se puede ser perfectamente moral sin ser moralista, que se puede ser católico y festivo, y desear, como él deseaba, “una España alegre y faldicorta”. En José Antonio aprendí que la monarquía es una institución gloriosamente fenecida, que no son las instituciones las que dan tono y pulso al edificio comunitario, sino una tradición cultural asumida o repudiada por las élites y las gentes. Y aprendí que la pereza es la musa de todas las revoluciones, puesto que es mucho más fácil destruir todo que cribar minuciosamente lo bueno y lo malo; aprendí las honduras del concepto de “sacrificio” y de “servicio”, los más repetidos en su léxico, y aprendí que la vida no merece la pena vivirla si no es para entregarla, sacrificialmente, a una alta empresa que nos trascienda. Aprendí, en fin, que la vida ha de estar orientada toda por un patrón de conducta, por un estilo, que a la victoria que no sea caballerosa, limpia y ejemplar, es preferible la derrota; que la elegancia es un valor moral supremo, y que la pulcritud indumentaria es tan señorial como el mono azul de los obreros mecánicos, azul como la camisa humilde por la que él sustituyó, como un superhéroe de la polis, sus trajes de sastrería de la calle Alcalá.

En José Antonio leí una de las mejores sintaxis que he leído, de la que no he aprendido nada, pero que me ha servido para discriminar, en otros, al escritor y al emborronador de cuartillas. En José Antonio aprendí una forma romántica de viajar por las tierras y los campos de España, como consta en tantos testimonios de camaradas que cuentan cómo le gustaba recorrer con su Chevrolet los pueblos y las villas con los ojos de Azorín, del que fue amigo: Segovia, Sigüenza, Aranjuez, la Granja de San Ildefonso, Andalucía. Buscando en esas perlas civiles del hispanismo el lirismo de la geografía, de la filosofía hecha vida, material, arquitectura: lo intrahistórico.

En José Antonio no dejaré de aprender, probablemente, nunca: es su prosa un venero torrencial que no se apaga en mi deleite, porque tiene la impronta grave de los clásicos, y la vida y la muerte de los verdaderamente grandes, aquellos que vivieron con el espíritu tenso y el alma alegre. Quienes fueron, antes que nada, y por encima de todo, hombres. Véase, como una muestra de su fragancia, su Testamento, uno de los escritos más bellos, más emocionantes y perfectos que he leído y leeré nunca. Por eso, cuando me interpelan con esa típica pregunta: “¿y tú, políticamente, de qué eres?”, a mí lo que me gustaría responder siempre, si lo entendieran, es: “¿Yo? ¡De qué voy a ser! De José Antonio”.