Andan desgañitándose los progres y, en especial, los opinadores y contertulios de las televisiones por desentrañar el éxito de Vox y saber las razones de su espectacular subida en las elecciones de Castilla y León, donde pasó de un solo procurador a 13. Para ellos, que alguien pueda votar a Vox, y mucho menos tanta gente, es un misterio tan abstruso que no aciertan a encontrarle explicación, tal es su arrogancia y altanería. Como, en el fondo, somos buenas personas y nos compadecemos del mal ajeno, tanto es así que tememos que a los progres les explote la cabeza de tanto pensar (tarea a la que, reconozcámoslo, no están habituados) vamos a darles desde aquí unas cuantas claves para resolver el misterio.

Podemos dividir los motivos del éxito de Vox en dos grandes grupos, aquellos que operan en el corto plazo y los que lo hacen en el largo. En el corto plazo, las miserias cotidianas a las que nos someten nuestros políticos, con sus dimes y sus diretes, sin duda son capitalizadas por Vox en provecho propio, por el hastío que producen en el votante medio, que ve en los de Abascal una alternativa. En ese sentido, cuando Casado se puso de parte de Pedro Sanchez en la moción de censura de Vox y, luego, Vox triplicó al PP en las elecciones catalanas, parecía que Vox se iba a comer al PP. Luego llegó Madrid y el efecto Ayuso y las tornas cambiaron.

Vox resistió el vendaval mejor que Ciudadanos, que fue arrasado, pero, aun así, la líder madrileña puso de moda al PP y dio la sensación de que venía un invierno para Vox y una primavera para los populares. Pero esa situación volvió a cambiar ante las trifulcas de Casado con Ayuso, totalmente suicidas y autodestructivas para el PP, porque, sin duda, Ayuso es su mejor activo. La cagada del PP, no sabemos si voluntaria o involuntaria, con la astracanada del error en el voto de uno de sus diputados para sacar adelante la Reforma Laboral de Yolanda Díaz, pactada con la patronal y los sindicatos apesebrados a golpe de subvención y mariscada, bendecida por Bruselas y el IBEX35, que consolida el abaratamiento del despido y que solo los muy despistados pueden entender como un éxito del obrerismo proletario, contribuyó al desgaste de Casado y los suyos.

Esta situación resulta ideal para Vox, donde Abascal ejerce un liderazgo sólido, frente a las dudas que genera Casado. Vox también ha hecho una campaña muy buena en los campos de Castilla y en los de León, seduciendo al votante rural, frente a las payasadas del PP y de la izquierda, que parecían unos urbanitas progres domingueros, hablándoles a la gente del campo como si fueran idiotas. La gente de la tierra sabe cuándo les tratan con dignidad y les muestran respeto y cuando solo pretenden utilizarles.

Resulta lógico que el PP busque voto de centro, disputándoselo al PSOE, en lugar de pelearse por el voto más de derechas con Vox, porque así hace avanzar al bloque conservador frente al izquierdista. Lo que ya no resulta lógico ni comprensible es hacerlo tan mal. La manera correcta de conseguir el voto del centro es convencer a la gente de que tus tesis son las correctas, las “centradas”, pero el PP prefiere emular a Groucho Marx cuando decía “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros.”, y renunciando a la batalla cultural, como ya denunciara Cayetana Álvarez de Toledo, sin que nadie le hiciera mucho caso, simplemente optó por adoptar los postulados del PSOE como suyos, sin comprender que en esta lucha por ver quién es más progre tiene todas las de perder.

Así, este PP marxista (de Groucho, no de Karl) lleva 40 años deslizándose por la ventana de Overton hacia la aceptación de las tesis de la izquierda. Precisamente contra eso es contra lo que se revela el votante de Vox. Y aquí es donde llegamos a la clave de la cuestión. Y es que junto a estas causas del ascenso de Vox a corto plazo, que con un cambio de actitud del PP (que por otra parte no parece que tenga la menor intención de llevar a cabo) se podrían anular, existen otras causas a largo plazo que son más difíciles de invertir. Y es que los problemas contra los que reacciona el votante de Vox no tienden a solucionarse con las recetas manidas de PP y PSOE, sino que tienden a ir a peor.

La inmigración masiva (véanse las guerras a machetazos en Madrid), la ideología de género (véase el enfrentamiento entre feministas y transexualistas), los desmanes del sistema autonómico (sabemos que el separatismo catalán no ha dicho todavía su última palabra), la ruina de nuestro campo, que ve sus cultivos podrirse sin recoger mientras nos inundan productos agrícolas del tercer mundo, la perdida de bienestar de los españoles de clase media (con la inflación, la luz y la gasolina disparadas), la perdida de libertad entre la dictadura pseudosanitaria y la censura de la corrección política; todo eso, por desgracia, tiene a ir peor. El voto a Vox, que en gran medida reacciona frente a estas cuestiones, va a tender a reforzarse en el medio y largo plazo, por lo tanto.

Ese es el gran éxito de Vox, ese es el secreto que los progres de izquierdas y de derechas y los opinadores y contertulios mediáticos no aciertan a comprender mientras se dan de cabezazos contra sus falsas certidumbres. Eso es lo que provoca la cara de estupefacción y enfado de los reporteros de la Sexta, que tanto nos divierte en cada noche electoral en la que Vox bate, una vez más, a las encuestas. Al final, el único misterio es que, por mucha propaganda mediática y por mucha manipulación informativa que nos metan, a la inmensa mayoría no le gusta el camino por donde las políticas gemelas de PP y PSOE nos llevan los últimos 45 años. Y cuanta más gente despierte y se vuelva inmune a su cháchara incesante, más votos obtendrá Vox, para desesperación de los progres moralistas y biempensantes, que seguirán sin entender nada de nada.