Llega la Navidad y con ella esas fechas en las que nos obligan a salir, comprar y ser felices. Una felicidad que muchos no podrán sentir porque les va a faltar la compañía de un ser querido, la alegría infantil de un hijo, de un nieto, de un sobrino (de ambos sexos, por supuesto, no vaya a ser que alguna se sienta ofendida). Niños que han sido arrebatados al padre y como daño colateral, a toda su familia extensa (abuelos, tíos, primos…). Seres inocentes que pagan por los caprichos de una ley asimétrica, desigual, sexista, cruel y diabólica que defiende las frustraciones de toda aquella mujer que quiera hundir la vida del hombre que haya sido su pareja sentimental con la que haya tenido (o no) hijos, que sólo piense en sí misma y que cuanta mayor maldad desprenda mejores ayudas recibirá: podrá quitar la vivienda al padre de sus hijos, tendrá una pensión compensatoria, podrá educar a sus hijos a su antojo sin que nadie le diga que no puede hacerlo, podrá meter en prisión al que fue su pareja sin necesidad de demostrar la veracidad de su denuncia ni la pertinente aportación de pruebas que así lo acredite.

Se han celebrado las elecciones generales y lejos de darnos estabilidad, los partidos políticos una vez más hacen gala de su falta de honestidad y ansia de poder. Nos engañan con sus programas electorales y después nos demuestran su falta de compromiso con las personas. Una muestra más de esa falta de empatía y de dignidad de representación de las personas que componemos ese gran territorio denominado país.

Nos hablan continuamente de progreso. ¿Pero progresar significa destruir? Porque en la actualidad, todo partido que presume de progresista lo único que consigue es la destrucción: Para hacer carreteras destruye n el ecosistema, que provoca el enfado de la Naturaleza; para cambiar la sociedad destruyen empleos con el fin de generar mayor pobreza y así poder dominar mejor a la población; para conseguir lo que ellos denominan igualdad destruyen las familias, dificultan la conciliación laboral y familiar logrando mayor esclavitud creando empleos con una remuneración miserable. En la actualidad, progresar es ser mujer y no hombre; ser gay, lesbiana o transexual y gritarlo a los cuatro vientos, para ser mejor valorado, no por la valía personal y profesional, sino por la condición sexual (que por otro lado, a nadie importa). Progreso es aborregar a nuestros hijos con móviles y tablets de última generación que puede llegar a provocar en ellos serios problemas de adicción. Lo que ellos consideran un avance es la creación de pobreza mediante guerras y saqueos en otros países para luego enviar a sus habitantes empobrecidos y mancillados a los Estados que la han generado o que han colaborado en ese acto, provocando a la vez malestar entre los aborígenes por darles mayores ayudas y beneficios que a ellos en las mismas condiciones económicas y laborales, siendo tildados de racistas. Progresar es que nos manipulen institucional, política y mediáticamente. El progreso ha creado una sociedad cada vez menos empática y solidaria provocada por las políticas sociales y de igualdad emprendidas por los gobernantes.

Pedro Sánchez y Rajoy han hablado hoy sobre la formación de gobierno. No han llegado a ningún acuerdo y ha habido frialdad entre ambos. La conclusión es bien sencilla: sólo les importa el poder y no los ciudadanos que les han votado.

La igualdad se construye desde abajo, ladrillo a ladrillo, procurando no perjudicar a nadie y mucho menos discriminando a unas personas para beneficiar a otras, porque se vuelve a caer en el desequilibrio . Ese es el verdadero progreso, que no debe de confundirse con el negocio de la destrucción e intolerancia.