La obsesión del crecimiento económico es una de las más extendidas en el sistema capitalista, pero hoy el objetivo del crecimiento económico es muy difícil de mantener. Todo nos habla de que lo que se acerca es un cierto decrecimiento. Se puede discutir cuándo y cómo será ese decrecimiento. Si será algo bastante inmediato o todavía tenemos un poco de tiempo para prepararnos. Si llevará a un colapso brusco o será un decrecimiento paulatino. Si supondrá grandes sacrificios o podrá ser, como algunos sostienen, un decrecimiento feliz. Lo que es incuestionable es que el decrecimiento económico es totalmente inevitable. Cuando un cambio climático brutal se nos echa encima a pasos agigantados, y una serie de recursos, algunos tan fundamentales como el petróleo, se acercan a su agotamiento, negar que un cierto decrecimiento se impone es una total insensatez. O un planteamiento criminal, como es pensar y planear que las consecuencias del decrecimiento recaigan en la parte más débil de la humanidad, que abarca miles de millones de personas, y que ellas sufran el peso de los cambios y las calamidades. Desastres que pueden acarrear millones y millones de víctimas.

Pero también podemos pensar en un decrecimiento liberador. Un artículo publicado recientemente por Ignacio Ramonet nos habla de este decrecimiento. Cada vez está más claro que a la felicidad no se llega por el consumo. Cada vez más gente se va dando cuenta de que la sociedad de consumo es un modelo económico asociado al capitalismo depredador, y es sinónimo de despilfarro irresponsable. Los objetos innecesarios no nos dan el bienestar prometido, sino que llegan a asfixiarnos. Por ello en nuestras sociedades desarrolladas, un número cada vez mayor de ciudadanos se plantea modificar sus modos de consumo.

El consumo se presenta para muchas personas como una solución, o por lo menos un alivio, de los muchos problemas psicológicos que esta sociedad crea. Pero está muy claro que el consumo nunca puede ser solución de esos problemas. Y el alivio que proporciona es un alivio muy momentáneo, que nos deja cargados de cosas pero con nuestras inquietudes y nuestros desasosiegos intactos.

Ramonet nos presenta casos de personas que han emprendido la liberación del consumismo, y su actitud ha llegado a ser ejemplar en las redes sociales. Como uno que decidió hace nueve años, con su esposa, reducir drásticamente el número de bienes materiales que poseían, para vivir mejor y lograr la calma mental. Luego escribió su experiencia: “Limpiamos el desorden de nuestra casa y de nuestra vida. Fue un viaje en el que descubrimos que la abundancia consiste en tener menos”. Y afirma que “las mejores cosas de la vida no son cosas”.

La toma de conciencia ecológica, la preocupación general por el medio ambiente, el temor al cambio climático y en particular la crisis económica del 2008 que con tanta violencia golpeó a los Estados ricos, empujaron hacia una austeridad que realmente representa un camino de liberación.  

El consumo en general: la vestimenta, la decoración, el aseo, los electrodomésticos, los fetiches culturales, libros, devedés, cedés, etc. Todas aquellas cosas que se van acumulando en nuestros hogares como señales más o menos mediocres de éxito social y de opulencia, ahora mucha gente empieza a darse cuenta de que realmente más bien nos agobian.

Y asfixian al planeta. Algo que la Tierra ya no puede consentir. Porque se agotan los recursos. Y se contaminan. Hasta los más abundantes (agua dulce, aire, mares...). Y ante la ceguera de muchos gobiernos, llega la hora de la acción colectiva de los ciudadanos. En favor de un decrecimiento radical. Un decrecimiento liberador.