Normalmente siempre me ha dado vergüenza ajena ese acomplejado y cateto tratamiento con que los medios de comunicación españoles siguen las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Toman partido como si los parámetros políticos useños pudieran trasladarse sin más a España. Grotesco observar cómo los opinadores “progres”, desde El País o la SER, ahora todas las televisiones, se lanzan cada cuatro años a ensalzar las bondades del candidato demócrata. Da igual que el más radical de los demócratas en materia fiscal esté a la derecha del PP. En las actuales elecciones, Kamala Harris, del ala más izquierdista del partido demócrata y candidata a la vicepresidencia, sólo propugna una subida impositiva a las rentas superiores a los 400.000 dólares anuales. Qué envidia. Ya podían tomar nota los mamporreros de EL País, La Sexta y la SER para pedir a Pedro Sánchez que se parezca un poco a esos candidatos demócratas que tanto parece que admiran.

La carcajada ya se hace inevitable cuando se escucha sus opiniones sobre los candidatos republicanos. Da igual quien sea, Reagan era un actorucho con ínfulas y alzheimer, Bush un tonto de baba y Trump, madre mía Trump, qué defecto no tendrá Trump.

Generalmente quienes opinan no tienen ni repajolera idea sobre política exterior ni interior estadounidense. No saben que los republicanos tradicionalmente siempre fueron aislacionistas y que siempre han sido los demócratas, al menos desde 1914, los que han metido en guerras a los Estados Unidos. Trump ha sido el primer presidente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial que no ha involucrado durante su mandato en un nuevo conflicto militar a los Estados Unidos. Pero el chachi es el premio nobel preventivo Obama. Su gran mérito, ganar a Bush, el amigo de Aznar. Yes we can. Claro que Podemos. Pudo meter y mantener a Estados Unidos en 7 conflictos diferentes, aumentado el gasto militar a cerca del 20 % del PIB. Pero nuestros progres de aquí, los del No a la guerra, aplaudiendo con pies y manos, aplaudiendo junto al complejo industrial armamentístico yanqui, así de bobos e ignorantes son. Claro que esta Carter para compensar. Jimmy fracasó como presidente, pero triunfó como pacifista amigo de componendas y negociaciones con dictaduras y grupos terroristas, eso sí, siempre que fuesen de izquierda, faltaría más, a ver si vamos a meter en el mismo saco a comunistas y fascistas.

Nuestros opinadores progres tampoco recuerdan que el partido demócrata era el dominante en el Sur, los Estados que pertenecieron a la Confederación, siendo el racismo una de sus notas características.  De sus filas salió el Ku Klux Klan y el famoso gobernador de Mississippi, Ross Barnett, que defendía con uñas y dientes la segregación racial, era demócrata. En sus cerebros de chorlito solo cabe George Floyd y Black Lives Matter, no dan para más. Da igual, los tiempos cambian. Nos contaban que el modernísimo Clinton, aunque era un “pichabrava” que se aprovechaba de las becarias, era fetén por su liberalismo social y sus programas raciales de integración, es decir, de discriminación positiva por no ser blanco.  No estaba de moda el Me Too. Con el perdón de la madre abadesa progre, Hillary, la cornuda afectada, pelillos a la mar. Lástima que se quedasen con un palmo de narices cuando Trump la derrotó, qué injusticia más grande. Todo por culpa de esos paletos blancos, analfabetos que no son hípsters y no saben votar lo bueno para la humanidad. Ahora llega la hora de la revancha y Biden puede vengar a la madre abadesa. 

Cualquier europeo con un poco de vergüenza torera debería sentirse abochornado al tener que reconocer que la elección del presidente useño va a influir de manera determinante en sus vidas. Tras la Segunda Guerra Mundial la defensa de la Europa Occidental frente al bloque comunista era imposible sin el concurso y liderazgo de los Estados Unidos. Pero es que, acabada la guerra fría, Europa ha sido incapaz de soltarse de la mano de Estados Unidos. Ni a Alemania, ni al resto de países de la Unión Europea, se les cayó la cara de vergüenza cuando tuvieron que venir los americanos a sacarnos las castañas del fuego y poner fin al conflicto yugoslavo, ni han hecho nada desde entonces para que no se repita semejante humillación.

Para De Gaulle, la independencia de Europa ante Estados Unidos era primordial, aunque hubiese que aumentar el gasto militar europeo y hubiera que impugnar los Acuerdos de Bretton Woods, que cambiaban el patrón oro por el patrón dólar, inaugurando la política monetaria que ha favorecido desde entonces el endeudamiento de las naciones y que dio a Estados Unidos una poderosísima herramienta de poder, al dispensarlo de todas las reglas habituales de gestión de su déficit. Nunca volvió a darse otro político europeo que sostuviese ese punto de vista. Tampoco en España desde la muerte de Franco ha habido líder alguno que no se apuntase al europeísmo servil con la globalización. Ahora parece que Abascal está dispuesto a no agachar la cerviz.

Si en los tiempos de la guerra fría la victoria electoral de Reagan en los años 80 posibilitó la derrota del bloque soviético, a despecho de sus críticos progres, que hubieran preferido unas tablas, ya saben, ni vencedores ni vencidos, en la actualidad las elecciones norteamericanas pueden suponer, bien un acelerante o bien un cortafuegos para los planes de la agenda mundialista, según gane Trump o Biden. No se engañen, ese es el único interés que puede tener para nosotros el resultado de las elecciones estadounidenses, por lo demás, al menos a mí, como español me importan un bledo tanto Biden como Trump.

Si ustedes pertenecen a esa clase media que quiere más bienestar en sus sociedades, más y mejores empleos, mayor poder adquisitivo y no perder sus ahorros, en vez de tantas mandangas sobre el empoderamiento de la mujer, más impuestos para pagar discriminaciones positivas a minorías, tanta sopa de letras LGTBIJK…, tantos cuentos sobre los inmigrantes que vienen a pagarnos las pensiones o tantos jetas haciendo cola para apuntarse a las subvenciones a chorro para la economía verde del cambio climático, sin duda simpatizaran con Trump. Pero de lo que se trata es de que nos enfrentamos a un cambio socio-cultural a nivel internacional que, a diferencia del comunismo, se edifica, no sobre un enfrentamiento entre sistemas políticos y económicos, sino sobre la destrucción de los Estado-Nación para ser sustituidos por los Estados-Corporación de la nueva gobernanza mundial.