Tras la anormal campaña electoral a la que hemos asistido cabría preguntarse si realmente en España existe plena normalidad democrática y si merecemos estar en el puesto que la prestigiosa publicación The Economist nos atribuye en su ranking de calidad de las democracias plenas existentes en el mundo.

         El profundo deterioro sufrido por el sistema democrático español desde que Pedro Sánchez alcanzó el poder tras la exitosa moción de censura al indolente Mariano Rajoy en 2018, para lo cual no tuvo el menor empacho en pactar con los comunistas encabezados por Pablo Iglesias y nacionalistas separatistas y filoetarras. A pesar de que la moción se justificó por su promotor en la necesidad de depurar al líder popular como paso previo para convocar nuevas elecciones, lo cierto es que Sánchez desde el día siguiente a su toma de posesión se dedicó con fruición a ocupar todos los reductos del Estado y de sus entes autónomos o empresariales, tejiendo así una compleja y poderosísima red de poder, complementada por los numerosos medios de comunicación públicos y privados con los que ya contaba y añadiendo todo el aparato de TVE con el nombramiento, en principio provisional, de Rosa María Mateo y que a la postre ha estado casi tres años al frente del Ente, quien al más puro estilo estalinista llevó a cabo una depuración entre sus profesionales, situando el prestigio y la audiencia en el nivel más bajo de su historia. El nivel de sectarismo ha alcanzado cuotas inimaginables. La entrevista de Mónica López a Rocío Monasterio con motivo de las elecciones fue propia de un interrogatorio de la Stasi e inadmisible en un medio público.

         Exactamente igual que con la codiciada presa que era TVE hizo con todas las instituciones a su alcance: Policía Nacional, Guardia Civil, Jemad, CIS, INE, Fiscalía del Estado, Correos, e incluso empresas como Paradores Nacionales, Renfe, Adif, Red Eléctrica, Aena, etc. En total colocó a más de 300 altos cargos en solo los primeros 10 meses de su mandato, a los que habría que añadir los cientos de asesores que ha ido acumulando en Moncloa. En definitiva un aparato inconmensurable de poder al servicio de la egolatría de un presidente del Gobierno que ha dado sobradas muestras de incompetencia y de falta de escrúpulos, como se ha podido comprobar a lo largo de estos tres años como inquilino de la Moncloa.

         Las consecuencias están a la vista de cualquier observador. Las instituciones y entes que han sido gestionadas por los turiferarios de Sánchez han sufrido un daño reputacional sin precedentes y del que tardarán años en recuperarse. Sirvan como ejemplo más ilustrativo alguno de los casos más escandalosos:   El CIS dirigido por el inefable Tezanos, hoy en el más absoluto descrédito en el mundo de la demoscopia y ante la ciudadanía, que ha venido dedicándose a fabricar encuestas en interés de la imagen del Gobierno, siendo el colmo lo acaecido estos últimos días de campaña electoral en los que han seguido haciendo entrevistas a pesar de estar expresamente prohibidas, para sin duda filtrarlas al mago de la Moncloa el Sr. Redondo. O el tremendo daño que se ha hecho a la imagen de una Institución tan respetada por los españoles como es Correos, también al filo de la sospecha por la posible manipulación de los votos emitidos por su cauce y no sin cierta razón al hacer constar en los justificantes de pago de los usuarios un voto que no había sido emitido. Pero quizás los casos más graves de estos últimos días hayan sido la aprobación por parte del Consejo Fiscal del  disparatado proyecto de Ley de Memoria Democrática (un atentado contra la libertad de pensamiento), trámite en el que ha sido necesario el voto de la Fiscal General del Estado, ex ministra de Justicia –incapaz de abstenerse en un gesto de dignidad y de ética-, pues no fueron suficientes los emitidos por los fiscales progresistas que han ido desembarcando en dicho Órgano a pesar de ser minoritarios en la carrera. O el intento de reducir la mayoría necesaria para la elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial, cuyo proyecto de ley se han visto obligados a retirar por la presión de buena parte de la Judicatura y la UE.Y ya el summum del proceso de degeneración de las instituciones y del carácter totalitario que inspira la acción del Gobierno de Sánchez y sus poco recomendables aliados, haya sido utilizar el BOE, a modo de panfleto partidista, para introducir un preámbulo con una crítica directa al PP, acusándole de recortar derechos y coaccionar las libertades públicas,  en la derogación por medio de ley orgánica de un punto del artículo del código penal que castigaba las acciones violentas de los piquetes sindicales. Algo sin precedentes que muestra de forma inequívoca hasta dónde es capaz de llegar este Gobierno en la utilización del aparato del Estado para perpetuarse en el poder. Un abuso que, para colmo, pone en un brete a la Corona al obligarla a sancionar una ley quebrando el principio de neutralidad política al que se debe, y acercándonos peligrosamente a una república bananera.

         Realizados los apuntes anteriores para situar al lector en la preocupante realidad que vivimos con este Gobierno Frankenstein y sus tics totalitarios empeñados en resucitar las dos Españas, considero es el momento de hablar de la anómala campaña electoral que hemos vivido: La izquierda tras el debate de Telemadrid se dio cuenta que lo había perdido por goleada y decidió pactar un cambio de estrategia que pudimos comprobar 2 días después con el premeditado y teatral abandono de Pablo Iglesias en el abortado debate de la SER secundado por el resto, PSOE y Más Madrid, tras un rato de paripé, y con la obscena complicidad de la moderadora que en todo momento exhibió sin rubor su parcialidad y su carencia de la más elemental deontología profesional, algo que, salvo excepciones muy contadas, parece haberse perdido este otrora noble oficio.

         La estrategia de los gurús de los partidos de izquierda a partir del minuto uno del abandono del debate en la SER fue montar una campaña soez y artificiosa contra el fascismo que sin empacho atribuyen a VOX y demonizándolo hasta el paroxismo, para así tratar de erosionar su expectativa electoral y condicionar al PP de cara a impedir un posible pacto posterior. Un intento burdo y desesperado por fomentar las bajas pasiones de parte de su parroquia y con ello apelar al voto emocional, puesto que ni pueden ofrecer un programa serio y bien construido y mucho menos exhibir una gestión salvable allí donde han tenido responsabilidades de gobierno. Por no poder ni siquiera pueden presumir de un mínimo de coherencia entre lo que prometieron y lo que han hecho. La hemeroteca para Pedro Sánchez y Pablo Iglesias pesa como una losa y si tuviesen el mínimo de decencia y de ética que la actividad política exige deberían haber dimitido hace bastante tiempo.

         Lo cierto es que la izquierda vomitando su odio ha conseguido desnaturalizar lo que es una campaña electoral. Y habría que preguntarse si ello no es una muestra de cómo entienden la democracia los partidos que la integran y hasta qué punto permanece en los mismos el espíritu de las palabras del fundador del PSOE, Pablo Iglesias, que nunca mostró su entusiasmo por el sistema democrático al considerarlo un mero instrumento para alcanzar el poder. Y también viene al caso la cita del actual Pablo Iglesias Turrión cuando en el pasado febrero montó una polémica cuando afirmó que “en España no existe plena normalidad democrática”, pues creo ha sido la única verdad que ha pronunciado desde que está en política.

         Esta es la situación que atraviesa nuestro sistema democrático, a la que habría que añadir el gravísimo problema de los separatismos en varias entrañables regiones y una crisis económica que viene de muy largo y agravada por la pandemia, con una deuda pública y externa, que ponen en peligro la integridad territorial y la propia soberanía nacional cuando el BCE deje de comprar nuestra deuda de forma masiva y se dispare la prima de riesgo.

         Y con este preocupante panorama nos acercamos al día 4 de mayo en el que tendrán lugar las elecciones para la Asamblea de Madrid. Unas elecciones que tienen una lectura en clave nacional, porque una clara victoria de la derecha puede marcar un cambio de ciclo de cara a las generales que ya se vislumbran muy próximas. De ahí la lucha desesperada que han organizado los gurús de la izquierda conscientes de lo que hay en juego.

         La derecha muestra músculo gracias al protagonismo nacional, incluso a nivel europeo, que ha alcanzado Isabel Díaz Ayuso, que se ha enfrentado con gallardía a las constantes zancadillas del Gobierno y su poderoso aparato mediático. Una apuesta valiente que le ha salido muy bien al haber logrado un control razonable de la pandemia con el mantenimiento de buena parte de la actividad económica y un mayor grado de libertad de movimiento de los ciudadanos de Madrid. Pero no debe olvidarse a la hora de votar que Isabel García Ayuso es afiliada del PP. Un partido desnortado desde hace bastantes años y que su actual presidente, el Sr. Casado, en ningún momento ha dado muestras de querer enmendar errores, refundar el partido y estar dispuesto a librar la batalla ideológica a la izquierda –recuérdese el desafortunado cese de Cayetana Álvarez de Toledo o la puñalada a Santiago Abascal- que viene imponiendo su agenda sin ninguna resistencia por parte de la oposición. Un partido que tiene que esconder discretamente en los procesos electorales a su líder en Madrid o sus siglas en Galicia, y que no mantiene un discurso uniforme en todo el territorio nacional, no parece que sea fiable en unos momentos tan trascendentales para el futuro de nuestra gran Nación.

         La otra candidatura de la derecha es la de VOX encabezada por Rocío Monasterio. Se ha mostrado sólida y ha mejorado mucho en sus intervenciones, aunque quizás su mensaje haya incidido demasiado en la seguridad ciudadana y en la inmigración ilegal, dejando en el limbo un verdadero programa de gobierno para los próximos 4 años. Si bien esta carencia creo se puede imputar a todos los partidos concurrentes. Ha sido una campaña tan emponzoñada por la izquierda, que el ruido ha impedido hablar y confrontar  sus diferentes programas como hubiera sido razonable y democrático. Pero, en mi opinión, VOX –con todas sus luces y algunas sombras propias de su juventud- ha dado muestras inequívocas de honradez ideológica, siendo en este momento el único partido político dispuesto a luchar por sus principios y atreverse a cuestionar lo políticamente correcto que la izquierda y el NOM, en incompresible sintonía, han impuesto a machamartillo en estos últimos años.

         Por eso creo es muy importante que VOX obtenga un gran resultado en estas elecciones tan decisivas. Es la mejor garantía para que Casado vire su equivocado rumbo y no interfiera demasiado en una Ayuso que ha ido a más y que nos demuestre si su cambio es una evolución a mejor o si simplemente es táctico y fruto del azar circunstancial y emocional de esta dura pandemia.

         Todos a votar el martes.

         ¡¡Dios salve a España!!