Es cierto que, en esta época nuestra, prudencia y pertenencia política se hallan en una relación inversamente proporcional. A más partidismo, menor objetividad. Y, hoy día, todos los políticos, por pertenecer a un grupo, decaen en sabiduría tanto como adolecen de militancia. Por consiguiente, la inteligencia, el juicio, el sentido común, la lógica, la razón o como ustedes, amables lectores, lo quieran llamar, serán más auténticas cuanto más independientes.

Esta época de pensamiento débil o correcto, ha refrendado la sospecha de que carné de partido y ecuanimidad significan, en la práctica, términos irreconciliables. El buen juicio está reñido con el sectarismo. Gracias a la asfixiante partidocracia que nos envuelve y arruina, hemos contemplado infinidad de cambios de chaqueta, veletas expuestas al viento corredor, exhibicionismos de deslealtad, prestigiosos currículos con discursos intercambiables, intelectuales dejándose ver en la plaza pública a la espera del mejor pujador, sinceros oradores cuya verdad duraba pocas horas.

Un espectáculo de estómagos agradecidos pisando moquetas al grito de «¡viva quien vence!» o entregándose a la razón del más afortunado o poderoso. Estos doctores en alevosía, que no tienen empacho en someterse a la militancia política de cualquier color con tal de conseguir el momio correspondiente, han infestado las instituciones, entregando cuerpo y alma a la obediencia grupal a cambio de bienestar económico, y dedicándose a las intrigas de cloaca, a las insidias más deleznables a cambio de su dignidad.

Envueltos en falsa arrogancia se odian entre ellos mismos. Aun los que se hablan bien, se quieren mal; aun los que se halagan y encomian dejan ponzoña en los corazones. Así actúan siempre estos hipócritas: rostros dialogantes, joviales y risueños, como el que ponen los perros ante las avispas. Porque así es todo lo que funciona entre estos marrulleros del engañoso consenso.

Quien promete lo que no piensa cumplir es un ventajero que se mueve por la vida entreteniendo y buscando achaques. Esa es su función y no saben hacer otra cosa. Entre ellos no hay nadie capaz de jurar verdad. Y si les da por perseguir, encarcelar o matar serán perjuros mil veces mil. Ya ni siquiera guardan recato al cometer sus delitos. Están tan seguros de su impunidad que no les importa abusar libres de máscaras, sólo les importa hacer el mal.

La red tejida por la casta política tiene atrapada a España. Además de por sus milmillonarios privilegios, la patria se desangra en manos de los respectivos familiares y amigos colocados al rebufo de unas comunidades autónomas que han convertido al Estado en un elefante con patitas de jilguero; en manos de los clientes y subsidiados, y de toda esa reata de parásitos que acude al despojo en espeso tropel. Al expolio acude un número infinito de aprovechados y malvados que se convidan a sí mismos para el mal, pues en él se hacen amigos los enemigos. Y entre tanto el pueblo trabajador sigue alimentándolos con sus impuestos.

La experiencia nos dice, hoy, que el integrante de la casta política, perdida su dignidad, carente de objetividad, falto de opinión propia sobre la cosa pública, ausente de rectitud, vacío de sensatez y de conciencia, ha abdicado de su condición de ciudadano para caer en la deshonra más absoluta. Pero está tan extendida la especie y se ha instalado en puestos tan elevados, que la degeneración ha adquirido carácter nacional, transformándose en Sistema. La partidocracia, bajo cuya égida se ahoga España, ha demostrado amplia y reiteradamente su incapacidad intelectual y moral para dirigir nuestros destinos.

El caso es que tenemos una casta de políticos profesionales, llegados con el aluvión partidocrático de la Transición, que, salvando a VOX, han hecho y hacen de España y de los españoles un delictivo negocio. Sabedores de sus atropellos y arropados por su impunidad, no han dejado de profundizar en los vicios y abusos, mintiendo, ocultando, degradando hasta el extremo, enfangando el sentido del Estado, llevando a la sociedad confiada la corrupción y el crimen y, sobre todo, envenenando la esperanza de las gentes de bien, de aquellos que soñaban con una España en ininterrumpido progreso tras su llegada.

Así como los estoicos dicen que el mal existe en última instancia para valorizar al bien, así podemos decir nosotros, a la vista del derrumbe de la partidocrática Transición, que las circunstancias nos han procurado esta época crítica para honor y servicio de una futura regeneración social, de una nueva y fructuosa etapa cívica. Mientras que la Transición es un cadáver ya descompuesto; su partidocracia es una momia, un cuerpo aún embalsamado, a expensas de que los totalitarios de partido único determinen dejar de aplicar ungüentos y aceites a esta bicha conservada entre bálsamos.

Ese momento, que esperan llegue muy pronto, será la apoteosis frentepopulista largamente soñada. Pero la conciencia pública encarnada por las gentes de bien, para cuya mayoría VOX resulta imprescindible, no está por la labor. Y va a seguir pugnando para que ello no ocurra, como pugnó en su día. Y aunque de momento siguen sin removerse las grandes piedras representadas por las instituciones, el objetivo restaurador pasa por sacudirlas hasta que, saliendo a la luz los gusanos y sus larvas más ilustres, puedan ser conducidos a los laboratorios apropiados y recluidos en justicieros sublimadores.