La paloma de la que escribió Rafael Alberti era un completo desatino. Absolutamente desorientada como si, perdido el control de su propio vuelo, se hubiera caído desde lo alto de un campanario, confundía el día con la noche, el cielo con el mar y el calor con el frío. Ni siquiera sabía si iba o si venía, o adónde dirigirse, porque en su mente distraída los cuatro puntos cardinales jugaban traviesamente a intercambiar sus roles dejando su destino al albur de los vientos. Tal vez esa paloma indefensa solo sabía que la ventana en cuyo alféizar se posaba pertenecía a la casa de un poeta y buscaba en ella la primavera que no podía encontrar por su instinto; tal vez se había visto retratada en las manos de su dueño cuando sostenía el dibujo de una paloma picassiana y se acercaba, aturdida como estaba, con la esperanza vana de escuchar un arrullo que acompañara al suyo. Ignoro si encontró en aquel jardín el paisaje y el aroma que determinaban su ruta o si, frustrada su ilusión al no corresponder nadie a su bronco canto, remontó otra vez el vuelo en su viaje hacia ninguna parte, ignorante como era de hallarse totalmente equivocada. Quizás fuera esa misma la paloma a la que el poeta creía desesperada y cuyos gorjeos interrumpían su siesta desde una rama lejana, que él nunca lograba vislumbrar. Pero esa paloma de Alberti, fuera como fuera, no era la mía. Yo tengo otra que sabe muy bien de dónde viene y hacia dónde va y que es plenamente consciente de que somos todos nosotros los que, confinados en nuestras casas por decisión de la autoridad, nos estamos perdiendo esta maravillosa primavera que florece en los parques y los jardines de nuestras ciudades, y que despunta como el alba en los bosques, las praderas, las montañas, los ríos, las lagunas y las playas. Esta primavera pasará y el próximo año nos visitará otra de la que podremos gozar, pero no será la misma que ahora nos contempla desde la distancia. No nos traerá consigo la alegría de las personas que nos abandonaron, nos encontrará maltrechos en nuestras economías y nos verá sumidos en la angustia viendo desaparecidas las pocas esperanzas que aún nos quedaban de salvar a España de ese abismo al que se encaminaba, víctima del mal hacer de unos políticos ineptos que dilapidaron sus recursos en los tiempos de abundancia porque nunca creyeron en la verdad contenida en el sueño del faraón que nos narra el Génesis, que advierte a todos los pueblos que tras un periodo de vacas gordas llega siempre otro de vacas flacas, porque es un designio de la Providencia que la prosperidad y la pobreza se alternen como fases de un mismo ciclo que se repetirá incesantemente formando el bucle eterno de la historia

Sí: mi paloma conoce bien todo esto. Para ella todas las primaveras serán igual de hermosas. Solo verá es te año las plazas de nuestras calles vacías y no sentirá la cercanía de los niños ni comerá migas de pan de sus manos, pero ningún candado impedirá que disfrute de nuestros parques y jardines. No habrá controles policiales que detengan su paso, que la encarcelen tras unos muros, que frenen la potencia de su vuelo. A ella, a esa paloma a la que imagino posarse en mis manos y que lleva en sus alas la llave de la libertad que a los humanos nos ha sido denegada, le dedico este soneto. No puede leerlo ni entenderlo cuando estoy despierto, pero sí cuando sueño con ella.

Mi paloma

No se equivoca nunca mi paloma,

no confunde la noche con el día,

que me viene a ofrecer su compañía

en cuanto el alba a mi balcón se asoma.

 

Un rumbo equivocado no lo toma,

sabe bien elegir su travesía,

que al tomar el camino en que porfía

sigue el más corto que le lleva a Roma.

 

Reconoce muy bien en su provecho,

por su forma o su tacto, o por su aroma,

todo ser que a su arrimo la convoca.

 

Sabe bien que su casa está en mi pecho

y que mi corazón habla su idioma;

no se confunde, no, no se equivoca.