Cervantes escribió una novela corta con el título de “El curioso Impertinente”, en la cual una curiosidad impertinente acarrea la desgracia del protagonista. Sí, es cierto, hay curiosidades impertinentes, pero hay otras muy pertinentes y muy necesarias, pero que se fomentan muy poco. Más bien parece que quieren taparse a toda costa.

En nuestra sociedad nos encontramos con una gran desigualdad, hay grupos privilegiados que nadan en la abundancia, grupos excluidos que malviven como pueden y una gran masa que se ve poco a poco empujada hacia la precariedad y la exclusión. ¿Por qué? Una curiosidad muy pertinente nos debería llevar a preguntarnos la razón de esta situación. Claro es que para los grupos privilegiados eso sería una curiosidad impertinente: las cosas están así porque eso es lo natural, tan natural como el día y la noche o el invierno y el verano. Según ellos vivimos en el mejor de los mundos posibles y es antinatural, absurdo tratar de cambiar las cosas.

Lo que me parece natural es que ellos traten de justificar como pueden su situación de privilegio, pero no es lógico que aceptemos sus interesadas explicaciones. Que aceptemos como algo natural e inamovible lo que es el resultado de una evolución social y unas decisiones tomadas por los seres humanos.

Tendríamos que seguir preguntándonos cómo hemos llegado a esta situación. Cómo hemos llegado a esa división a la que se refería un comentarista de este diario en un reciente artículo. La división entre la España oficial, del todo va bien, la economía prospera, la macroeconomía va a mejor, el desempleo se reduce, etc., y la España real, que basta con salir a la calle, escuchar las conversaciones ajenas, acudir a bares, preferiblemente de barrios, o a una oficina del INEM, y encontrarse con la triste y cruda realidad.

Una cosa que llama la atención es la sintonía entre la postura de los grupos privilegiados y la de la España oficial, la España política, la España gubernamental. Pero lo curioso es que a esa España oficial la hemos votado la gran mayoría de los pertenecientes a la España real, la del paro, la precariedad y el hijo ingeniero en Inglaterra.

Algo nos ha ofuscado la mente para actuar de una manera tan poco lógica. ¿Qué ha sido? Yo sostengo que ha sido porque los grupos privilegiados han tenido la habilidad de introducir su mentalidad, sus valores, su cultura y su ética en el conjunto de la sociedad. La primera ministra inglesa Margaret Thatcher, una de las abanderadas de la revolución neoliberal, mantenía que su aspiración era una sociedad de consumidores satisfechos. Y durante unas pocas décadas la mayoría de la sociedad europea fue una sociedad de consumidores satisfechos (todo lo satisfechos que se puede estar a base de consumir, que no es mucho). Una vez que nos han convertido en consumidores, que el afán de consumo se ha convertido en el objetivo de nuestra vida, ya pueden manipularnos a su gusto.

Es verdad que necesitamos consumir unos bienes imprescindibles, pero dejarnos atrapar por el consumo, calificarnos como consumidores, que eso sea lo que nos defina en la vida, eso nos degrada como personas, que somos mucho más que consumidores. Somos seres libres, racionales y con una responsabilidad moral y ética. Una responsabilidad moral que nos exige no quedarnos de brazos cruzados ante situaciones de flagrante injusticia e inhumanidad.

Recuperarnos como personas, abrir los ojos a la realidad, liberarnos de engaños, y reavivar nuestro sentido moral es la única forma de llegar a una sociedad más justa y humana. Y eso no debería ser difícil en una sociedad que, en gran parte, se reconoce como cristiana