La conciencia que se tuvo durante siglos de la efeméride del 2 de enero de 1492 fue la de restaurar un accidente histórico. Aquel año, donde además tuvieron lugar acontecimientos clave como el descubrimiento de América y la primera gramática de la lengua castellana, ha sido considerado como la fundación de la España moderna, si bien la integridad territorial previa al 711 no se lograría hasta la posterior incorporación a la monarquía hispánica del reino de Navarra en 1515 y la temporal de Portugal entre 1580 y 1640. Pero la toma de Granada marca un antes y un después debido a que todos los reinos cristianos peninsulares, a pesar de sus querellas territoriales, se tenían por herederos del reino visigodo. Esa continuidad histórica es lo que ha justificado el término Reconquista, devaluado por quienes, obsesionados con destruir la España actual, necesitan demolerla desde los cimientos y, para ello, caricaturizan un periodo de siete siglos como un mito facha. Obviamente, los cristianos peninsulares no lucharon ininterrumpidamente durante esos siete siglos contra los diferentes poderes islámicos, porque hubo etapas de guerra y otras de paz; como tampoco eran el mismo pueblo, o la misma comunidad política, los hispanorromanos y visigodos posteriores a la Hispania romana y los diferentes reinos surgidos del declive de los anteriores, del mismo modo que ha ocurrido en otros países de Europa occidental y sin necesidad de sufrir invasiones islámicas. Hasta hace relativamente poco, los españoles tenían claro quiénes eran históricamente los suyos y quiénes los otros; ahora, por desgracia, no interesa que una cuestión tan fundamental quede clara, y mucho menos para los más jóvenes.

 

Si algo puede enseñar la Historia a quien esté dispuesto a aprender de la misma es la importancia de valorar los acontecimientos con una perspectiva amplia. Ciertamente, la vida de un ser humano es muy breve en comparación con los acontecimientos que vivirá y, por ello, es muy habitual que las tragedias le resulten el fin del mundo conocido al que las presencia. Es muy posible que para los hispanos emigrados al norte peninsular para no renunciar a su fe frente a la invasión mahometana, el año 711 marcase el comienzo de algo similar al Armagedón. Y algo parecido debieron sentir quienes vieron caer sus países bajo el control del comunismo a partir de 1917; en aquel momento, a muy pocos se les ocurriría pararse a reflexionar sobre si ese sistema político, económico y social sería una condena perpetua o caería implosionado por su propio peso varias décadas después. Viene bien recordar estos episodios cuando dejamos atrás el segundo año de la pandemia y, frente a nosotros, se alzan las enésimas voces apocalípticas de todo signo, desde las que lamentan que jamás volveremos a la normalidad hasta las de quienes ven inminente el establecimiento de una dictadura global amparada en la gestión sanitaria; todas ellas, a juzgar por las lecciones de la Historia, están erradas aunque en algún aspecto de su discurso puedan llevar razón.

 

Es muy conocido el refrán que alude a que no hay mal que cien años dure. Por desgracia, un mal puede llegar a durar más de cien años pero no hay estructura levantada por el hombre que pueda suprimir los errores y defectos de éste, y mucho menos las consecuencias colaterales de sus actos, como viene a plantear esa filosofía hegeliana que se estudia en los institutos pero que, para comprender con exactitud, se necesitan años de experiencia en la vida. Ahí tenemos a la Francia revolucionaria de 1789, masacrando campesinos católicos en nombre de la libertad y alumbrando con la cesárea de la guillotina a la democracia tal y como la conocemos hoy, enseñoreando a la masonería en el poder estatal al mismo tiempo que abonaba el terreno de la contrarrevolución que pondrá en aprietos el liberal siglo XIX. Ahí tenemos a la Unión Soviética, cuyo Telón de Acero sirvió de profiláctico contra la degeneración moral promovida por los partidos comunistas en el mundo libre, asimilada sin ningún obstáculo por el modelo capitalista, a las poblaciones que hoy habitan en la Europa del Este. Y ahí tenemos, junto a muchos ejemplos más, a los hoy abuelos del mayo de 1968 francés, quienes, además de haberse convertido en elemento fundamental del sistema que aseguraban querer abolir, tienen que tragar con los nuevos rebeldes oficiales acusándoles de pertenecer a generaciones racistas, machistas, homófobas y un largo etcétera. Todos ellos cayeron, entre otros motivos, por las propias contradicciones que engendraron. La posmodernidad no supondrá ninguna excepción a la regla, quedándonos por responder a la cuestión de si el salto del proyecto globalista en ciernes a otra etapa histórica estará marcado más por los factores internos, como la debilidad mental provocada por las estupideces políticamente correctas, o por factores externos, como la dificultad de homologar a millones de chinos e indios bajo los estándares antropológicos del Occidente liberal.