Entrevista a Rodrigo Ballester, exfuncionario europeo y que actualmente dirige el Centro de Estudios Europeos del Mathias Corvinus Collegium en Budapest.

Usted trabaja en el Mathias Corvinus Collegium, ¿es una institución similar al Collegium Intermarium de Polonia?

Es parecida pero no idéntica, es una institución única. Es un colegio universitario en el que seleccionamos a estudiantes, les becamos y les damos una residencia. Y sobre todo, les proporcionamos una educación complementaria a la de sus respectivas universidades: seminarios, conferencias, clases y también oportunidades para hacer prácticas o viajar a otras universidades o think tanks. El Mathias Corvinus Collegium tiene centros en otras ciudades de Hungría y también de educación primaria y secundaria. En total tenemos 3.700 alumnos, en su mayor parte adolescentes que, además de ir a su colegio, participan en actividades del MCC. Es un ciclo largo, un estudiante puede empezar en el MCC a los 14 años y seguir hasta los 25.

Como en el caso del Collegium Intermarium, ¿el Mathias Corvinus Collegium se define como una institución de valores conservadores?

Si, sin duda, y basado en los valores de la enseñanza clásica. Y aunque acogemos alumnos que no son conservadores en absoluto, tenemos una línea definida más conservadora que la media en Europa, lo cual no es difícil. Nuestro valor principal es el espíritu crítico y cancelar la cultura de la cancelación (aquí todo el mundo es bienvenido y puede hablar libremente), y también promover nuestra visión que es mayoritariamente conservadora.

También he visto que ha participado en actos con el Centro de Derechos Fundamentales de Hungría, un think tank cada vez más importante de ideas conservadoras.

Si, los conocemos bien. Somos dos instituciones diferentes, son más un laboratorio de ideas, no tienen actividad docente mientras que esa es nuestra actividad principal, pero trabajamos juntos y organizamos muchas actividades. Estamos en una línea ideológica similar.

Lo cierto es que Budapest se está convirtiendo en la Meca del pensamiento conservador. Como hay tantos pensadores conservadores que están hoy, literalmente, perseguidos por sus ideas en Estados Unidos y en el mundo anglosajón, vienen aquí, donde pueden expresarse con libertad. Budapest es una especie de santuario, aquí se sienten protegidos porque, ahora mismo, el mundo académico tradicional es una esfera en la que escasea la libertad de expresión y la libertad de cátedra. Aquí, no.

Hungría lleva años tomándose en serio la batalla cultural, ¿se ve el efecto de este esfuerzo del gobierno húngaro en la sociedad?     

Si, se ve, aunque su efecto es menor que el que causa la izquierda por la sencilla razón de que la batalla cultural que está dando el gobierno húngaro es la del pragmatismo y la normalidad. Yo llevo un año y medio en Budapest y lo que me sigue sorprendiendo es un abrumador sentimiento de normalidad. Llevas a tus hijos al colegio con tranquilidad porque sabes que no les van a indoctrinar con la “teoría del género” y respetan su inocencia; también les enseñan la historia de forma cronológica y no les enseñan a odiar su país y sus raíces, sino a apreciarlas. Hay mucha seguridad y la gente es cívica. Toda esta revolución conservadora hace que se hable de la familia, que se hable abiertamente de religión, incluso en actos públicos, y nadie tiene que elegir entre veintisiete géneros. Cuando vienen universitarios occidentales (sobre todo de Estados Unidos) y cuentan lo que está sucediendo allí, los húngaros se quedan boquiabiertos con temas como la inmigración o la cultura de la cancelación, o cuando un francés te dice que no sabe si su país seguirá existiendo dentro de treinta años. En ese aspecto, tanto las políticas del gobierno como el contraste con Europa Occidental, el sentido de normalidad está calando. Los húngaros tienen como veinte o treinta años de retraso en políticas muy perniciosas y eso les permite no caer en los mismos errores y mantener esta normalidad y este pragmatismo. Eso es lo que más me llama la atención, ese sentimiento aplastante de normalidad del que son muy conscientes al compararse con el oeste.

Una revolución del sentido común.

Es exactamente eso, una revolución del sentido común.

El parlamento húngaro ha decidido realizar un referéndum sobre la ley de protección de la infancia que tanto ha enfurecido a Bruselas. A priori, parece que los húngaros apoyan esta ley.

Completamente. Lo más probable es que este referéndum constituya una verdadera bofetada democrática. El apoyo es tan fuerte que hasta la oposición se ha abstenido por no parecer que están a favor de enseñar la teoría del género en guarderías y colegios. Creo que el voto a favor será superior a un 70% y además las preguntas son bastante claras.

Tengo que señalar que en Hungría la homosexualidad se vive con mucha normalidad y tolerancia, si una persona decide ser gay lo es y punto, no pasa absolutamente nada. Existe un marco jurídico para parejas del mismo sexo y jamás el Gobierno lo ha cuestionado. Lo que los húngaros no quieren es que eso se convierta en una religión laica para menores de edad en detrimento del derecho a los padres a educar a sus hijos.

Recuerdo el caso del libro del cuento de hadas que inició un procedimiento de infracción.

En ese caso, el gobierno obligó a la editorial a poner un pequeño aviso al principio del libro para indicar al lector que en el texto no se hablaba de modelos tradicionales de familia, pero el libro se puede comprar sin ningún problema. Aun así, la Comisión Europea inició un procedimiento sobre la base del artículo 28 sobre la libre circulación de mercancías. Retorcer de esta manera las bases jurídicas del tratado para empujar una agenda ideológica y sin tener las competencias para hacerlo es una barbaridad jurídica y también política.

Volviendo al referéndum, ¿será un refuerzo para Orbán de cara a las elecciones del año que viene?

No necesariamente. Supondrá un refuerzo de cara al pulso con Bruselas. Mucha gente votará a favor de esta ley, pero luego no votará necesariamente a Orban en las generales, son dos votos distintos.

Por último, ¿quería preguntarle su opinión sobre lo que está sucediendo en la frontera de Polonia, Lituania y Letonia?

La Unión Europea, incluida la Comisión, parece que está siendo más pragmática, reconoce la gravedad de la situación y está dando algunas flexibilidades y fondos a estos países. La Comisión ha hablado de guerra híbrida y se ha quitado un poco el discurso de ONG perpetua e ingenua que suele tener. Ha sido más pragmática en el mensaje político, aunque siguen insistiendo en que Polonia llame a Frontex y que sea esta agencia la que se ocupe del problema, algo completamente absurdo. La UE tiene muchos menos medios para ocuparse de una crisis como esta. Frontex podría mandar como mucho a 500 personas, cuando los polacos han desplegado 25.000, 13.000 antidisturbios y 12.000 soldados. ¿Quién ayuda a quién entonces? Además, los polacos desconfían de la UE, porque las ayudas europeas cada vez vienen más con una “condicionalidad” que cada vez es más ideológica. Pero al menos esta vez han aportado algo de dinero, en sus declaraciones han sido firmes con Lukashenko, y han tenido un éxito diplomático hablando con las aerolíneas y deteniendo los vuelos entre las capitales de Oriente Medio y Minsk. Pero no seamos ingenuos: una situación como ésta ya ocurrió varias veces (en Ceuta, por ejemplo) y puede ocurrir en cualquier momento. Los inmigrantes irregulares se han convertido en un arma de desestabilización que nuestros vecinos no dudan en usar. La migración es una cuestión mucho más geopolítica que humanitaria, y así hay que analizarla y tratarla. Por ejemplo, urge que la Unión cambie sus reglas, deje de estar obsesionada con las mal llamadas “devoluciones en caliente” y proteja mucho mejor sus fronteras, incluido con vallas y fuerzas de seguridad. Y este paso, me temo que ni la Comisión, ni el muy “ayatolizado” Parlamento, estén dispuesto a darlo.