Heridos de amargura y vergüenza una minoría de españoles se asoma cada día a esa realidad abyecta que llamamos presente. Hace décadas que al abrir las cancelas no son aires frescos y puros los que los saludan sino efluvios mefíticos. Las renuncias a la ética de quienes debieran ordenar la convivencia, las noticias aberrantes que nos escandalizan, dan una sensación viva de cómo la malevolencia puede destruir en un espacio de tiempo no muy dilatado los valores que ha costado siglos inscribir, cargándose de paso la prosperidad y la ilusión que un breve período histórico llamado franquismo consiguió realizar.

La pescadilla social se muerde la cola: un pueblo anestesiado por la propaganda del antifranquismo sociológico ha encumbrado -eligiéndolos y reeligiéndolos- a unos ventajeros; y estos aprovechados, salvando su impunidad, concediendo a la plebe pan y circo, y despojando al Estado en beneficio propio, han transformado la coexistencia en un basurero.

Los camaleónicos comunistas, que en sus orígenes se dedicaron a criticar ferozmente al consumismo -Marx lo definió como el «fetichismo de la mercancía»-, ahora llevan años sustentándose en él para tener embrutecida a la muchedumbre. Pero también el pienso se acabará.

Una constitución que literalmente garantiza la igualdad ante la ley, y el privilegio de la Corona y de las FFAA para solventar en última instancia conflictos que atañen a la libertad y unidad de la Nación, es incapaz de encarcelar a quienes han dedicado su vida a la delincuencia y al crimen, dirigiéndolos al secuestro de la soberanía popular y del Estado en beneficio particular y partidista.

Y es esta experiencia la que nos convence de que los cimientos del actual Estado -desde la monarquía constitucional abajo- son pilares resquebrajados, una fábrica a punto de derrumbe. Y que es suicida seguir en manos de los minadores. Unos pocos, con precaria esperanza, pero con firmeza y sin miedo, vienen denunciando el esperpento y la traición que se están representando en nuestra patria. Son aquellos que no se resignan a aceptar el ministerio de la sinrazón, el orden delictivo, el pensamiento único.

En esta incorrección, en esta rebeldía que los dementes mandatarios y los sesudos medios informativos tratan de convertir a su vez en pintoresquismo e ilegalidad, se juegan hoy las últimas bazas de nuestra dignidad. Y, en consecuencia, el futuro de España.

Sí, nos estamos jugando el futuro. Pero aún muchos, entre aquellos que les duele esta patria moribunda, no están convencidos, o no se quieren convencer -lo dicen las encuestas- de que en la actualidad la disyuntiva electoral es: VOX o Soros. Mañana ya veremos, y ya demandaremos a VOX sus hipotéticos incumplimientos programáticos, pero, hoy por hoy, VOX es la única opción frente a la catástrofe. Todo lo que no sea VOX son agendas y agentes de la plutocracia capital-socialista.

Todos, sin excepción, y el PP el primero. A los que les duela esta España agonizante y quieran que su decisión sea operativa, seguir votando al PP es seguir perdiendo un tiempo del que ya carece nuestra patria enferma. El PP actual, de Casado -Ceuta es la última prueba-, es pura excrecencia globalista. De ahí que toda condescendencia y todo apoyo hacia este partido resulte una actitud incoherente, una autoinmolación. Lo mismo que ocurre, por el contrario, con tantas intransigencias que, por cuestiones de escaso alcance, se tienen con VOX. Al que no se le perdona una.

Por eso, debemos insistir: o VOX o Soros. Que nadie se llame a engaño: El PP y VOX no suman. Su programa es, en la práctica, opuesto, y su actitud respecto a la corrección o incorrección política absolutamente antagónica. Quienes valoren la inigualable riqueza de ser libres persistirán en su denuncia contra esas voces buenistas, de lenguaje inclusivo, solemnidad impostada y global resonancia, que invocan el edénico futuro contenido en sus agendas de irracional diseño. Este porvenir idílico que nos tienen asignado no puede verse con confianza ni alegría, sino con tristeza y espanto. Y el PP, con su rol de policía bueno que el NOM le tiene atribuido, forma parte de la trampa.

Pero hay remedio, tiene que haberlo. Estas máscaras deformadas, con apariencia de seres humanos, han existido siempre. Actualmente es el Pensamiento Único quien les tiene a sueldo, pero aquellos ciudadanos avisados que se hallan en imparable movimiento los conocen bien. Y saben que al pisarlos en defensa propia, suenan como las cucarachas, un crujido que anuncia su oquedad humana. Es obligado mostrar ese vacío a la inmensa mayoría; a los votantes del PP y a los incautos que aún se creen el cuento de las izquierdas resentidas, para que sepan a qué atenerse, a qué monstruos eligen. De quiénes se están haciendo cómplices.

Sánchez y los de su índole, toda la horda de émulos y colaboradores en alianza con el Mal globalista, son gente oportunista, servil y rencorosa que se pirra por aherrojar a su prójimo en provecho propio. Todos tienen un amo. Vengándose de la humanidad se vengan de su propia miseria, de la miseria de su vida, que los ahoga, sin que ellos comprendan por qué.

Creo que fue Pío Baroja quien dividió la sociedad en siete clases de personas: 1. Los que no saben. 2. Los que aparentan saber. 3. Los que odian el saber. 4. Los que triunfan sin saber. 5. Los que viven gracias a que los demás no saben. 6. Los que quieren saber. 7. Los que sufren por no saber.

De las siete, sólo las dos últimas son respetables. Una sociedad sana y en verdadero progreso abundaría de ellas, reduciendo a las restantes a la mínima expresión. Y, así, la sociedad sabría a quiénes, por higiene moral y pública, no se puede votar. Ese es el reto, lograr una sociedad razonable que cierre el paso a las instituciones venales y a sus agentes corruptos. Mientras tanto, para dar el primer paso, sólo puede elegirse a VOX. La meta es proporcionarle mayoría absoluta. Lo demás es más de lo mismo. El desastre.