Las piezas empiezan a caer. Era cuestión de tiempo.

Cuando en política se vive de forma convulsa, precipitada y con poca o nula reflexión, tarde o temprano se mete la pata y, lo normal, es que tarde o temprano también, se terminen por pagar esos errores.

Es lo que está ocurriendo con algunos personajes, acaso personajillos, que se creyeron importantes en su día y decidieron vivir su época gloriosa, y aunque no hay que hacer leña del árbol caído o de los que van a caer, es humano, e incluso sano, alegrarse.

Es de sobra conocido que no es oro todo lo que reluce, y en el panorama político español se empieza a ver la chatarra desvencijada y cutre que pulula por ahí.

Algunos hacen mutis por el foro. Otros callan como esperando que nadie repare en ellos. Esos gallitos de hace unos meses han enmudecido. Pero hay quien insiste en seguir metiendo la pata, aunque por fortuna, ya les van quedando pocas patas a ciertos bancos.

España es un país único en el mundo. El español es un tipo de ciudadano que aguanta y aguanta y aguanta, hasta que deja de aguantar. Algo que empieza a suceder pues se respira en la sociedad cierto aire de hartazgo ante tanta incompetencia, mentira y cara dura.

Son tiempos extraños. Tiempos revueltos donde son pocos los que todavía creen en ese poder marchito y en decadencia. Tiempos en los que el diablo pasa la factura. Tiempos de pagos… Y en esta guerra hay muchos diablos. Son muchas las facturas que tendrán que pagar. ¿Quién en su sano juicio envidiaría a los políticos actuales?

Irene Montero se ve contra las cuerdas, y a pesar de que insista en celebrar sus hipotéticos triunfos, lo cierto es que su panorama se adivina poco envidiable y nada prometedor.

Insiste en utilizar su ridículo, absurdo e innecesario lenguaje inclusivo y califica a las personas como: los demócratas, las demócratas y les demócratas:

 ¿Se referirá con este último término a alguien que considera diferente a los colectivos que, en su cabeza, englobarían a los otros dos? ¿Acaso no es una forma de hacer distinciones entre ellos? Esa es la cuestión. ¿Por qué utilizar un tercer nombre para referirse a alguien? ¡Parece una paradoja! Es decir, lanza el mensaje de que todos tendrán los mismos derechos y dado que todos serán iguales ante la ley, pasa de inmediato a referirse a ellos de forma diferente. ¡Extraña manera de entender la igualdad!

Aunque los ciudadanos no pueden conducir, ni consumir alcohol ni votar con 16 años, sí podrán cambiar de sexo en el Registro. ¡Y solo con un mero trámite administrativo! Eso sí, en caso de arrepentimiento y querer revertir el proceso inicial, se requerirá pasar por un procedimiento judicial 

Ahora, un violador podrá registrarse como mujer. ¿Qué opinan? ¿Qué clase de juicio tendrá después de violar?

¿Cree la ministra que con esta ley saldrá impune? De momento, le ha acarreado enfrentamientos con algunos de los suyos o suyes.

Asociaciones feministas han pedido su dimisión.

¡A ver si hay suerte y las escucha!