El argumento se cae por su propio peso. Me refiero al de quienes entienden que la Monarquía es la institución que sostiene la unidad de España y da valor, en la parte que todavía tiene, a la Constitución del 78. Argumento que pone en desvalor a todo un pueblo, por cuanto lo que se  dice es que no cree ni tiene criterio para mantener y defender su propia unidad orgánica y su sistema de convivencia. No digamos nada si al argumento expresado se le une el razonamiento de un canelo (Luis Mará Ansón, el hombre que más odia a Franco después del odio que le tuvo Stalin), que argumenta, que sin Rey nos veríamos abocados a vivir una situación como la de Afganistán.

Con un Gobierno que lleva a España a la deriva, la Jefatura del Estado, absolutamente ineficaz, es incapaz de enmendar la situación más allá de oír de boca del Rey algún chascarrillo entre mordaz y gracioso, y siempre entre compañeros de viaje.

La prueba del algodón la tenemos en el 14 de abril de 1931. ¿Acaso pensamos que cuatro concejales se cargaron la Monarquía, haciendo huir al Rey? ¡Por favor, señores!

Recordemos entonces que el Ejército se acuarteló para no intervenir; que la Guardia Civil no movió un dedo en defensa del orden constitucional, vulnerado aquella jornada de forma y manera absolutamente fraudulenta; que a los monárquicos no se les vio por ninguna parte, y que los alabarderos decidieron dejar su juramento para mejor ocasión. 

Fue el pueblo, y sólo el pueblo quién liquido la Monarquía. El pueblo, bien fuera por animadversión, cansancio, desafección o convicción, quién llegó a la conclusión de que la Monarquía había devenido en una institución fenecida.

Apuntalar una forma de Estado impuesta, ineficaz, de pasarela y sin apoyos suficientes, no es la mejor manera de servir a los intereses de España. A menos, naturalmente, que se quiera seguir alimentando la farsa y se piense que en el próximo discurso de Navidad, el Rey va a poner las cosas en su sitio, leyendo lo que le escriben otros. 

Para mí lo primero de todo sería desprenderse de los prejuicios. Saber que la II República no fue defendida por quienes tendrían que haber fusilado a los alzados del 34. Seguro que la cosa hubiera sido diferente. Tan diferente, que se hubiera evitado la guerra. Una guerra civil generalizada en todo el territorio nacional, con implicaciones internacionales, que se produce tras el fracaso del golpe de Estado que se inicia el 18 de julio de 1936 ante una República totalmente a la deriva por su infestación masónica y por el control que hicieron de ella los partidos marxistas; situación que llega a su punto álgido tras el triunfo fraudulento del Frente Popular en las elecciones de febrero del 36, ante cuya situación no se pudo esperar más, a menos que no se hubiera querido hacer frente al propósito de implantar un régimen comunista en España. 

¿Por qué no somos valientes y evitamos otro error histórico? ¿Puede un pueblo estar sometido a un sistema institucional imperfecto que pone en peligro la misma existencia de la nación?